Las elecciones han terminado. Entonces, ¿a dónde vamos a partir de aquí?

No soy el único en haber observado que este largo tiempo de campaña expuso varias divisiones profundas existentes en nuestra sociedad y una ansiedad real acerca de la dirección hacia la que se dirige nuestro país en el futuro.

Yo también diría que esta es la primera elección en la que podemos ver muy claramente que estamos viviendo en unos Estados Unidos “post-cristianos”.

Desde hace mucho tiempo sabemos que las élites que gobiernan y determinan la dirección de nuestra sociedad están profundamente secularizadas y son hostiles a las instituciones religiosas y a los valores y creencias tradicionales. En estas elecciones, pudimos percibir que su visión secular es la que ahora configura las prioridades y preocupaciones del electorado.

Vivimos en una sociedad que actúa como si Dios no existiera, y una consecuencia de esto es que hemos perdido el sentido de lo que es la vida humana. Hay una crisis generalizada de sentido en nuestra sociedad, que se refleja en la cultura popular, en la política, en el derecho y en la educación. Somos una sociedad que ahora está confundida y en conflicto con respecto a las realidades básicas; respecto al significado de la vida y respecto a lo que produce la felicidad verdadera y la plenitud del ser humano.

Estas son cuestiones que no pueden ser resueltas sólo por el cambio de administración política.

A diferencia de cualquier otra elección de la que yo tenga recuerdo, en esta ocasión se habló muy poco acerca de valores. A excepción de uno: la “civilidad”. Y es un hecho que la retórica y las tácticas usadas en esta temporada electoral a menudo fueron vulgares e incivilizadas.

Pero, lamentablemente, parece que con demasiada frecuencia definimos la civilidad sólo como ser más corteses.

La verdadera civilidad se origina en nuestra condición común de ciudadanos que son responsables por la vida que vivimos juntos en la sociedad. En la práctica, la verdadera civilidad significa demostrar un verdadero respeto por las demás personas, incluso si nos oponemos profundamente a sus “posturas” sobre determinadas cuestiones o incluso a su visión total del mundo.

Para tener significado, la civilidad debe reflejar nuestra búsqueda común de lo que es verdadero y de lo que es bueno, y esto tanto por lo que respecta a los individuos como a la sociedad. Y después de estas elecciones, la búsqueda de la verdad y de la bondad se ha vuelto aún más preciosa y más crucial.

Estamos viviendo ahora en una sociedad que ha perdido el contacto con la verdad; no sólo con la verdad acerca de Dios, sino también con la verdad acerca de la naturaleza humana y de lo que es bueno para la gente. Lo que vemos en los casos extremos es la noción de que no hay verdad, ni naturaleza humana. Sólo opiniones, sólo decisiones que hacemos en el proceso de “auto-crear” nuestras propias verdades, durante nuestra auto-definición de lo que es bueno “para nosotros”.

De modo que la verdad es importante y vital. Y la Iglesia tal vez sea la última institución en nuestra sociedad en creer en la verdad.

Después de estas elecciones, no podemos desanimarnos ni ceder a la inclinación a la ira y al resentimiento que vemos por todas partes en nuestra sociedad.

El Evangelio sigue siendo todavía la buena nueva que toda persona anhela escuchar. La buena nueva de que cada quien nace con una dignidad sagrada y con un destino trascendente. La buena nueva de que toda persona es importante para Dios y de que todos fuimos creados para vivir en el amor y en la amistad con él y también unos con otros.

La verdad es que Dios es real y que todavía está a cargo de su creación; todavía está a cargo de la historia y sigue a cargo de nuestras vidas. Esta es nuestra esperanza. Y nuestra esperanza no nos decepcionará porque nuestra esperanza está puesta en Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida.

Entonces, ¿hacia dónde vamos a partir de aquí?

Mantengamos nuestros ojos fijos en Jesucristo y continuemos siguiéndolo. Recordemos quiénes somos, de dónde venimos, y qué es lo que Dios nos llama a ser. Eso significa que hemos de vivir como católicos antes que nada. Como cristianos ante todo. Esta es nuestra identidad.

No somos republicanos o demócratas, liberales o conservadores. Antes que ninguna otra cosa, somos seguidores de Cristo, hijos de Dios, hechos a su imagen, llamados a ser santos y a trabajar por su reino, que es la familia de Dios en la tierra.

Para seguir a Jesús, hemos de continuar proclamando la verdad y oponiéndonos a los falsos caminos hacia la felicidad humana que vemos en nuestra sociedad. Tenemos que seguir la lucha por la dignidad y por oponer resistencia a todo lo que amenace con disminuir la nobleza del ser humano como hijo de Dios.

Necesitamos hacerlo todo con amor, como un pueblo lleno de compasión y de misericordia. Y en este tiempo de división y confusión, tenemos que promover la solidaridad y la reconciliación.

Si queremos que Estados Unidos tenga una dignidad mayor, necesitamos entonces de hombres y mujeres como ustedes y como yo, que estemos comprometidos a servir a Dios y a vivir las verdades en las que creemos, en cada aspecto de nuestras vidas.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y que nuestra Santísima Madre María cuide de nuestro país y nos ayude a unirnos para enfrentar los grandes desafíos que se nos presentan en este momento.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)