Estamos entrando en los dos últimos meses del Año de la Fe, que concluirá en la fiesta de Cristo Rey, el 24 de noviembre.

Por lo tanto, este es un buen momento para que examinemos cómo hemos estado viviendo este año de renovación y qué hemos estado aprendiendo acerca de Jesús, de la Iglesia, y de nosotros mismos. Pienso que el redescubrimiento más importante que podemos hacer durante este Año de la Fe es que nuestra fe es algo más que “información”.

Tenemos una tendencia natural a dejar que nuestra fe se convierta en un hábito o una rutina. Entonces, hemos de tener cuidado con eso. Porque la fe es más que un simple conjunto de creencias y prácticas.

Lo que creemos como católicos es algo que definitivamente tiene gran importancia; importa lo que creemos acerca de Dios y acerca de la manera como deberíamos vivir.

No podemos crear nuestras propias respuestas a estas preguntas. Lo que creemos tiene que ser verdad; de lo contrario vamos a terminar viviendo una mentira. Entonces, es importante que conozcamos los contenidos de nuestra fe. Es importante que conozcamos las verdades contenidas en las Escrituras y en el Catecismo. Es también importante que practiquemos nuestra fe con verdadera devoción a través de la oración y de la recepción de los sacramentos.

Pero nuestra fe es más que todo eso. A quién creemos tiene precedencia sobre qué creemos.

Nuestra fe tiene su origen en el encuentro con Jesucristo. La fe es un don. La fe es el don de Jesús que nos revela su verdadera identidad, que nos dice quién es él realmente y que nos da la gracia de creer esa verdad.

El don de la fe abre nuestros corazones para comprender que Jesús es más que un hombre especial que vivió hace mucho tiempo, que pronunció hermosas palabras y realizó obras en las que manifestó su poder. A través del don de la fe sabemos que este hombre es, al mismo tiempo, el Hijo de Dios vivo.

Cuando decimos que tenemos fe —que somos cristianos— estamos diciendo que hemos conocido a Jesús y que hemos creído que él es el Hijo de Dios. Estamos diciendo que a través de nuestro encuentro con Jesús hemos conocido el amor que Dios nos tiene. Y que este amor ha cambiado nuestras vidas.

La fe nos lleva a la conversión. La fe orienta nuestras vidas por un nuevo sendero, el sendero que nos lleva a seguir a Jesús y a compartir su vida. Entonces, ponemos nuestras vidas en sus manos. Nos fiamos de sus promesas, aceptando su voluntad para nuestras vidas y permitiendo que sus enseñanzas sean el camino trazado para nosotros. Amamos a Jesús porque él nos ha amado primero.

Nuestra vida de fe se convierte en un peregrinar que hacemos con Jesús, caminando a su lado, en compañía de otros que también lo están siguiendo.

Es un camino de comunión porque estamos unidos a Jesús en el amor y nos acercamos a él cada día más. Es un peregrinar de alegría porque participamos de la relación que Jesús tiene con Dios. Con Jesús, conocemos a Dios como nuestro Padre que nos ama. Con Jesús, vivimos como hijos amados de Dios y como hermanos y hermanas unos de otros.

Es importante recordar esto en nuestra cultura, que pone tanto énfasis en la independencia y en una especie de individualismo acentuado, que nos hace sentir como si estuviéramos todos “abandonados a nuestras propias fuerzas”.

No nacemos solos y tampoco vivimos solos nuestra fe. Entonces, hemos de resistir a la tentación de hacer de nuestra fe algo que sólo es “espiritual” y privado. Tener fe significa siempre creer “en” la Iglesia, que es la familia de Dios.

La Iglesia es el lugar en que nos encontramos con Jesús: en las Sagradas Escrituras y en los Sacramentos, y también en las tradiciones que nos transmitieron los Apóstoles. En la Iglesia, Jesús sigue entregándose a nosotros. Él nos habla en su Palabra. Él nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre.

Durante este Año de la Fe, he estado pensando mucho acerca de cómo nuestra fe no es sólo cuestión de nuestra propia voluntad y sentimientos. Nuestra fe es algo que siempre hemos de “profesar”.

Nuestra fe nos hace querer hablar con otros acerca de Jesús, nos hace querer compartir el amor que hemos encontrado en él. Queremos que otros sepan lo que sabemos: que la vida comienza nuevamente cuando nos encontramos con Jesús.

Nuestra fe nos impulsa a salir de nosotros mismos para servir a los demás y para construir una sociedad y una cultura que refleje el admirable amor de Dios y su plan para cada persona.

¡No hay nada más hermoso que el encuentro con Jesucristo que nos lleva a la fe! Entonces, ¡hagamos una buena resolución esta semana para cerrar este Año de la Fe con broche de oro!

Y pidámosle a María, Nuestra Madre Santísima, que nos ayude a aumentar nuestra fe y a profundizar nuestro amor por Jesús como nuestro amigo y hermano.

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