Meditaciones Dominicales

La cosecha es mucha y los obreros pocos (Mt 9,36-10,8)
Semana XI del Tiempo Ordinario - 15 de junio de 2008

El Evangelio de este domingo tiene dos partes claramente delimitadas. La primera parte es un resumen que concluye la sección narrativa de diez milagros; la segunda parte introduce el discurso apostólico que es el segundo de los cinco discursos en que Mateo organiza en su Evangelio la enseñanza de Jesús.

Al concluir la sección precedente el evangelista hace un resumen de la actividad de Jesús: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, procla-mando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 9,35). Se insiste en la totalidad: “re-corría todas las ciudades y aldeas... sanaba toda enferme-dad y toda dolencia”. Da la impresión de que no queda nin-guna aldea sin recorrer y ninguna enfermedad sin curar. El evangelista quiere decir que, mientras Jesús está en el mundo, la salvación está operando y alcanza a todos los ne-cesitados. Esta misma convicción había sido expresada ante-riormente por medio de otro resumen: “Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo... le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mt 4,23-24). Surge la pregunta: ¿Qué ocurrirá cuando Jesús ya no esté en el mun-do?

Esta misma parece ser la preocupación de Jesús. Por eso el Evangelio nos transmite sus sentimientos íntimos al considerar la multitud abandonada: “Al ver a la muchedum-bre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. La muchedumbre que Jesús vio y por la cual sintió compasión no se reduce a sus contemporáneos sino que abraza a la humanidad de todos los tiempos y lugares. Ante este espectáculo de desolación y desorientación –“como ovejas sin pastor”- que se presen-taba a sus ojos Jesús dice a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los obreros son pocos”. Esta afirmación expresa la desproporción entre la magnitud de la tarea –mucha cosecha- y la escasez de los medios para realizarla –pocos obreros-. Jesús entonces recomienda a sus discípulos: “Rogad, pues, al Dueño del campo que envíe obreros a la cosecha". El cam-po es ciertamente la humanidad entera, toda la historia hu-mana. El Dueño es entonces Dios mismo. A él hay que rogar que envíe obreros en número suficiente.

Por primera vez Jesús nos informa que esta cosecha abundante deberán hacerla otros, a quienes llama “obreros”. Por eso decíamos que él se pone en la perspectiva de que él ya no esté. Aunque la característica de estos “obreros” es que son pocos, de todas maneras, son un cierto número. Ellos son los que deberán prolongar la misión de Jesús. A ellos sigue diciendo Jesús también hoy: “Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20,21). ¡Admirable misión que asumen hoy día los ministros del Señor! Jesús confía esta misión a quienes él elige y llama. Por medio del sa-cramento del Orden son configurados con Cristo y reciben poder para gobernar, santificar e instruir al pueblo de Dios. Debemos seguir la recomendación de Jesús de orar para que aumente el número de los presbíteros y que nadie apa-rezca a los ojos de Jesús como “oveja sin pastor”.

En la segunda parte del Evangelio de hoy se nos relata el momento en que Jesús llamó a los primeros que habían de prolongar su misión: “Llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia”. Es la primera vez que aparece el número “doce”. El Evangelio nos había relatado la vocación de Simón y Andrés, su hermano, la de los hermanos Santiago y Juan y la de Mateo. Pero ahora se nos indica el momento en que Jesús constituyó el colegio de los doce. Lo hizo movido por la compasión que sintió ante la multitud, al verlos “vejados y abatidos como ovejas sin pastor”. Sabemos así que el ministerio pastoral en la Igle-sia nació de la compasión de Cristo. Quienes lo abrazan comparten esa misma compasión.

El Evangelio nos da a continuación el nombre de esos primeros doce que Jesús envió: “Los nombres de los doce en-viados (Apóstoles) son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, Santiago el de Zebedeo...”. Y sigue la lista completa. El Evangelio, que es sumamente parco en es-te tipo de informaciones, considera necesario consignar el nombre de estos doce. Ellos son los primeros que prolonga-ron la misión de Jesús y dejaron a su vez otros sucesores hasta hoy. Lo que hizo Jesús después de llamarlos fue dar-les poder. Es el mismo poder que tenía Jesús: “sobre los espíritus inmundos... y para curar toda enfermedad y toda dolencia”. Dotados de este poder podrán cumplir la misión que Jesús les encomienda: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios”.

En esta primera misión, cuando Jesús todavía estaba en el mundo, los doce son enviados solamente dentro de los lí-mites de Israel: "No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Dios había prometido un Me-sías a Israel, y Jesús fue fiel a esa promesa. Por eso él no salió de Israel y no se dirigió, por ejemplo, a Roma o a otro pueblo gentil; y tampoco manda allá a sus discípulos. Pero con su muerte en la cruz él obtuvo la salvación de to-da la humanidad. Por eso en el momento de abandonar este mundo, la misión que encomienda a sus discípulos es univer-sal, se destina a todos los pueblos sin limitación alguna: "Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizandolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y ense-ñandoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)


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