Meditaciones Dominicales

En Dios confío, no temo (Lucas 12, 32-48)
Semana XVI del Tiempo Ordinario - 7 de agosto de 2022

“No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino”. Esta es una exhortación clara de Jesús a deponer el temor, es decir, ese estado psicológico a que está expuesto el ser humano a causa de su pequeñez y debilidad y que le quita la paz y la alegría. Todos querríamos vernos libres de temor. ¿A quién se dirige Jesús y qué motivos da para excluir el temor?

Sabemos que Jesús se definió en relación a sus seguidores diciendo: “Yo soy el buen pastor”, y agregó: “Tengo otras ovejas que no son de este rebaño...”. Los que pertenecen a su rebaño están definidos de esta manera: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,11.14.16.27). Una primera condición, entonces, para pertenecer a ese “pequeño rebaño” es escuchar la voz de Jesús y seguirlo. Una segunda condición surge del modo como Jesús se refiere a Dios: “vuestro Padre”. Miembros de ese “pequeño rebaño” son los que llaman a Dios “Padre” y viven como verdaderos “hijos de Dios”. Éstos son los que están libres de temor. Nada puede temer quien tiene a Dios como Padre.

Ya en el Antiguo Testamento los fieles de Israel decían: “Yo sé que Dios está a mi favor... En Dios confío, no temo, ¿qué podrá hacerme un hombre?” (Sal 56,10.12). Con mayor razón podemos afirmar esto los que sabemos que Dios nos ama como hijos suyos. Esta es la certeza que expresa San Pablo en su carta a los Romanos: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31).

“Ha parecido bien a vuestro Padre daros a vosotros el Reino”. Jesús expresa su plena aprobación a este modo de proceder del Padre. Lo que el Padre da a ese “pequeño rebaño” es el Reino. Con esta expresión Jesús indica el Bien supremo. Quien está en posesión del Reino ya no puede temer nada, pues el temor radical consiste precisamente en la posibilidad de perder ese Bien, sobre todo, de perderlo eternamente. San Pablo sigue razonando: “Quien no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él gratuitamente todas las cosas?” (Rom 8,32). El Reino, que pertenece a Cristo, ahora el Padre lo da en herencia también a sus hijos: “Si sois hijos, sois también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cris-to... para ser también con él glorificados” (Rom 8,17).

Ante esta perspectiva, los bienes de la tierra aparecen insignificantes y nuestro corazón ya no debe estar entregado a ellos. Por eso Jesús continúa: “Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en el cielo...”. San Pablo comenta esta enseñanza exhortando: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra” (Col 3,1-3). Allí debe estar nuestro corazón. Y lo corrobora con su propia experiencia: “Perdí todas las cosas y las tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fil 3,8).

El que tiene su corazón en los bienes del cielo está siempre anhelando la venida de Cristo: “Sed como hombres que esperan a su Señor... para que en cuanto llegue y llame, al instante le abran”. Sabemos que Jesús volverá con gloria. La actitud de espera fiel debe caracterizar nuestra vida en esta tierra.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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