Meditaciones Dominicales

María ha elegido la parte buena (Lc 10,38-42)
Domingo de la XVI Semana del Tiempo Ordinario - 22 de julio de 2007

El Evangelio de este domingo es breve, pero sumamente importante. Como suele hacer Jesús, tomando pie de una situación concreta de vida, va a proponer una enseñanza fundamental; va a declarar con mucha solemnidad, cuál es la única cosa necesaria por la cual hay que afanarse en esta vida. Veamos cuál es esa situación y cúal es esa única cosa necesaria.

"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo". Ya hemos visto que Jesús va decididamente encaminado a Jerusalén. Y con él van sus discípulos. Por eso el Evangelio dice: "ellos". Entró en un pueblo que se encontraba en su camino. Este es uno de esos pueblos a los cuales "iba a ir él". Podemos suponer que a este pueblo habían venido ya dos de esos setenta y dos discípulos que él mandó por delante a preparar el camino. Según las instrucciones recibidas, ellos entraron en una casa de ese pueblo y la saludaron diciendo: "Paz a esta casa". Y en esa casa había gente de paz. En sus habitantes se cumplió la palabra de Jesús: "Vuestra paz reposará sobre ellos" (Lc 10,5.6). Esa afortunada casa es la misma que luego recibió a Jesús. A causa de la importante enseñanza que allí entregará Jesús, esa casa no queda anónima, sino que es identificada: "Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María".

Ya están presentadas las dos hermanas, Marta y María, en cuya casa Jesús fue acogido. Por el Evangelio de Juan, sabemos que estas hermanas tenían un hermano llamado Lázaro, a quien Jesús resucitó cuando yacía ya cuatro días en el sepulcro. El Evangelio detalla sus nombres porque pertenecen al círculo de los amigos íntimos de Jesús. En efecto, cuando Lázaro enfermó del mal que lo llevó a la muerte, las hermanas mandan a decir a Jesús: "Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo". Y el evangelista observa: "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro" (Jn 11,3.5). Debemos reconocer que esta es una observación única en el Evangelio; el "discípulo amado" y estos tres están al mismo nivel.

Por una providencial coincidencia, hoy día es 22 de julio y en este día celebra la Iglesia la fiesta de Santa María Magdalena. Por mucho tiempo se pensó que esta María era la hermana de Marta y Lázaro. Y, para no separar las dos hermanas, se fijó la fiesta de Marta una semana después, es decir, el 29 de julio. Pero hoy día es claro que María Magdalena y María la hermana de Marta no son la misma persona. La Magdalena, como su nombre lo indica, era de Magdala, una ciudad de Galilea, ubicada en la orilla occidental del Mar de Galilea; en cambio, la hermana de Marta era de Betania, un pueblo que dista pocos kilómetros de Jerusalén y que está, como hemos visto, en el itinerario de Jesús. Por otro lado, la María de Betania está siendo presentada por primera vez aquí en Lc 10,39; en cambio, la Magdalena ya había sido presentada antes: "Recorrió Jesús ciudades y pueblos... Lo acompañaban los Doce, y algunas mujeres...: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana... Susana y otras muchas..." (Lc 8,2-3). Ésta es llamada Magdalena precisamente para distinguirla de la otra; en el grupo de las mujeres que seguían a Jesús, ésta es la equivalente a Pedro; ella es una de las tres Marías que estaban al pie de la cruz y después fue la primera a quien se apareció Jesús resucitado. Si la santa que se celebra el 22 de julio no es María de Betania, entonces esta María no aparece en el calendario litúrgico. Por eso en este momento muchos piden a la Santa Sede que el 29 de julio se celebre la fiesta de las dos hermanas de Betania, Marta y María.

Con breves palabras el Evangelio describe la diferente actitud de ambas hermanas: “María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres”. El contraste entre “estar sentada” y “estar atareada en muchos quehaceres” es grande. Podemos imaginar la paz de una y la agitación de la otra. Una estaba atenta a Jesús y la otra a sus muchos quehaceres. Esta situación no podía durar. En efecto, “acercandose Marta dijo: ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude’”. Ella estaba segura de tener razón; su pregunta encierra, incluso, un cierto reproche a Jesús por no remediar la situación, y exige que ordene a María ayudarla. Pero se encuentra con la sorpresa de que Jesús, lejos de hacer lo que ella pretendía, la reprueba a ella: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola”. Jesús afirma que las cosas necesarias son pocas. ¿Cuántas? ¿Tres, cuatro, cinco, diez? El mismo Jesús se corrige: ¡en realidad, hay necesidad de una sola cosa!

Marta es reprendida porque se agitaba por muchas cosas; pero, además, porque entre esas muchas cosas no estaba la única necesaria. En seguida, Jesús declara: “María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. María hacía esa única cosa necesaria. ¿Qué hacía ella? “Sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Esta es la única cosa necesaria. La enseñanza de Jesús nos interpela profundamente a nosotros que estamos en el mundo de la eficiencia y del activismo. En la mentalidad imperante vale el que es muy ejecutivo y eficiente y es capaz de llevar adelante muchos negocios. Pero esta mentalidad es diametralmente opuesta a la de Jesús; estamos tentados de reprocharle su enseñanza. Si queremos seriamente vivir según el Evangelio, debemos examinar nuestra jornada y ver cuánto tiempo y preocupación dedicamos a los muchos quehaceres de este mundo y cuánto tiempo dedicamos a la única cosa necesaria, es decir, a estar en silencio escuchando la Palabra del Señor. Y si descubrimos que dedicamos todo el tiempo a los muchos quehaceres de este mundo y nada a lo único necesario, somos de compadecer. En efecto, “el mundo y sus afanes pasan” (1Jn 2,17); en cambio, la única cosa necesaria se posee eternamente: al que se habrá ocupado de ella “no le será quitada”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Los Angeles (Chile)


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