Meditaciones Dominicales

Tu fe te ha salvado (Marcos 10, 46-52)
Semana XXX del Tiempo Ordinario - 24 de octubre de 2021

En su camino hacia Jerusalén, donde Jesús había de sufrir la pasión, muerte y resurrección, la última etapa es Jericó. El Evangelio de hoy nos relata la curación del ciego de Jericó. Por su ubicación, precisamente antes de la entrada de Jesús en Jerusalén, este episodio es un punto culminante del Evangelio de Marcos.

El Evangelio de Marcos fue escrito para responder a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Por eso su centro se puede ubicar en la declaración hecha por Pedro: "Tú eres el Cristo" (Mc 8,29). El ciego de Jericó, Bartimeo, que lo conocía sólo de oídas, expresa lo mismo que Pedro al llamarlo: "Hijo de David". En efecto, existía la convicción de que el Cristo era hijo de David. Más adelante, enseñando en el templo, Jesús acepta esta doctrina, pues así estaba anunciado; pero argumenta demostrando que el Cristo es mucho más que David: "El mismo David lo llama Señor; ¿cómo puede entonces ser hijo suyo?" (cf. Mc 12,33-37). El ciego de Jericó llama a Jesús “Hijo de David”, pero él cree que Jesús es mucho más que David, como se deduce de su repetido grito: “¡Ten piedad de mí!”.

Esto es lo que percibe Jesús. Por eso, se detiene y ordena: “Llamadlo”. Jesús quiere saber qué espera obtener el ciego de él; quiere averiguar en qué sentido grita: “Ten piedad de mí”. Por eso cuando el ciego llega ante él le pregunta: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego era un mendigo y todos esperaban que pidiera a Jesús una limosna, como la pedía a todos los transeúntes. Si hubiera respondido así, habría sido un episodio banal y no habría merecido ser conservado en el Evangelio. La respuesta del ciego confirma lo que Jésus había percibido. Sin vacilar, pide: “Rabbuní, ¡que vea!”. Ante esta petición debió producirse un momento de suspenso embarazoso para todos, menos para Jesús. Esta petición del ciego debió parecer a todos algo descabellado. Pero el ciego cree seriamente que Jesús ¡puede concederle eso! Esto es lo que esperaba de Jesús, cuando gritaba: “Hijo de David, ¡ten piedad de mí!”.

Los ojos de todos están fijos en Jesús esperando su reacción. Jesús no puede resistir al acto de fe del ciego. Él tiene poder para dar la vista a los ciegos, y ese poder salvífico sólo espera encontrar fe suficiente para activarse. Esta estrecha relación entre la fe del hombre y la salvación de Dios es lo que expresa la reacción de Jesús ante la petición del ciego: “Vete, tu fe te ha salvado”. Cuando el poder salvífico de Dios, manifestado en Jesús, se encuentra con la fe del hombre, entonces se cumple la promesa de Jesús: “Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21,22; Mc 11,23-24). La promesa no tiene limitación en cuanto al objeto pedido, que puede ser incluso un milagro; la única limitación está en la falta de fe del hombre. Nosotros, que somos “hombres de poca fe” (Mt 8,26), no nos atrevemos a pedir un milagro, como lo hizo el ciego de Jericó, porque, a diferencia de él, no creemos que los vayamos a obtener; y así no lo obtenemos.

La fe del ciego y el poder de Jesús quedaron en evidencia: “Al instante recobró la vista y lo seguía por el camino”. El episodio es una catequesis sobre la fe. El ciego, que termina siguiendo a Jesús por el camino, es presentado como un ejemplo de fe para todos los cristianos.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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