Meditaciones Dominicales

Permanecer en el amor de Jesús (Juan 15,9-17)
Semana VI del Tiempo de Pascua - 9 de mayo de 2021

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Estas son las significativas palabras con que el IV Evangelio introduce el relato de la última cena de Jesús con sus discípulos. En el curso de esta cena Jesús pronuncia las palabras que leemos en el Evangelio de hoy.

¿Quiénes son el objeto del amor de Jesús? El Evangelio responde: “Los suyos”. Pero suyos son también los ángeles y todos los seres celestiales: “Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades, todo fue creado por él y para él” (Col 1,16). A ellos también los ama Jesús; pero en esa introducción el evangelista no se refiere a ellos. Por eso especifica: “A los suyos que estaban en el mundo”, es decir, a los seres humanos, a nosotros. A nosotros nos amó Jesús hasta el extremo. Y si queremos saber en qué consiste este amor hasta el extremo debemos continuar la lectura del Evangelio hasta el final, hasta el momento en que Jesús muere en la cruz. Allí el amor de Jesús hacia nosotros llegó al extremo. Todos debemos contemplar esa escena y concluir: “Murió así por a amor a mí”.

Para expresar de manera más precisa la magnitud de ese amor Jesús concede sólo a sus amigos más íntimos esta revelación: “Como el Padre me amó a mí, así os he amado yo a vosotros”. En realidad, estas palabras todos pueden leerlas; pero no las entienden sino sus amigos. Cuando Jesús dice a sus discípulos: “A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”, se refiere en primer lugar a la revelación del amor que media entre el Padre y él. Esto lo revela a sus amigos no tanto de palabra -¿qué palabra lo podría expresar?-, sino amándolos con ese mismo amor. De esta manera se lo da a conocer.

El conocimiento que Jesús concede no es un conocimiento meramente intelectual; no es necesario ser un estudioso para adquirirlo. Por eso no nos exhorta a estudiar mucho, sino a permanecer: “Permaneced en mi amor”. ¿Qué significa esta frase? El amor del cual Jesús habla es el amor suyo hacia nosotros: “mi amor”. Ese amor suyo debe ser como una atmósfera que nos envuelve, en la cual “vivimos, nos movemos y existimos” (cf. Hech 17,28). Si salimos de ella, perecemos. Por eso nos exhorta a permanecer. Nos exhorta a dejarnos invadir por su amor, a experimentarlo vivamente en nosotros.

Nos preguntamos nuevamente: ¿Cómo podemos permanecer en su amor, como podemos experimentar vivamente el amor que Jesús nos tiene? Lo que queremos experimentar no es cualquier amor, sino ese amor de Jesús “hasta el extremo”, el mismo amor con que el Padre ama a su Hijo. Jesús responde a nuestra pregunta: “Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor”. Y para reafirmar que se trata de ese amor divino que él está revelando a sus amigos, agrega esta comparación: “Como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Nos vemos inducidos a buscar en el Evangelio “los mandamientos de Jesús”, es decir, todos los puntos en que Jesús nos manda algo, para ver hasta qué punto los cumplimos. De esto y de esto sólo depende que conozcamos el amor de Jesús; que permanezcamos en su amor.

Encontramos en el Evangelio varias palabras de Jesús que tienen forma de mandamiento: “Yo os digo: No resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. Al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda... Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan..." (Mt 5,39-43). Si hacemos estas cosas que Jesús nos manda, ciertamente viviremos en esa atmósfera de su amor. Cada uno puede examinarse a sí mismo y ver hasta qué punto... Jesús habla de “guardar sus mandamientos”, en plural. Pero, por si tenemos la preocupación de que alguno se nos pueda escapar, él mismo los resume todos en uno solo: “Este es el mandamiento mío, que os améis los unos a los otros como yo os he amado... Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”. Nos complica la medida que Jesús pone: “Como yo os he amado”, es decir, hasta el extremo de dar la vida por los demás. No son muchos los que alcanzan esta medida. Por eso no son muchos los que permanecen en el amor de Jesús; en realidad, lo logran sólo los santos. Ellos entienden todo esto porque lo viven.

Después de revelarnos la magnitud de su amor a nosotros, Jesús nos ofrece otro criterio para que cada uno pueda discernir si ha comprendido la inmensidad del amor divino: “Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado”. Todos sabemos lo que es el gozo, aunque tal vez no sepamos definirlo. Tener en nosotros el gozo de Jesús o, lo que es lo mismo, que nuestro gozo sea colmado significa tener la felicidad plena, a la cual todo ser humano aspira. La comprensión de las cosas que Jesús nos ha dicho concede ese gozo; para eso las dijo. El gozo de Jesús se posee solamente cuando se permanece en su amor. Ese gozo colmado no se alcanza con la fama humana, ni con el dinero, ni disfrutando mucho de los placeres de este mundo. El gozo colmado se obtiene solamente permaneciendo en el amor de Jesús y para esto es necesario amar a los hermanos hasta el extremo de entregar la vida, es decir, amarlos como Jesús nos amó. Es demasiado contrapuesto el mensaje del Evangelio y el mensaje que nos entregan de manera abrumadora los films, teleseries y espectáculos que se transmiten por los medios de comunicación. No pueden ser ambos la verdad. El mensaje de esos medios es mentira; no se encuentra allí el gozo de Jesus. Sólo el Evangelio es la verdad.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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