Meditaciones Dominicales

Tomás, uno de los Doce (Juan 20,19-31)
Semana II del Tiempo de Pascua - 11 de abril de 2021

El Evangelio de este domingo II de Pascua nos relata dos apariciones de Jesús resucitado a los apóstoles reunidos: la primera, ocurrida el mismo día de su resurrección, y la segunda, ocurrida una semana después de su resurrección, es decir, en un día como hoy.

La primera aparición es introducida con esta indicación temporal: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana...”. Sabemos que “aquel día” comenzó al alba con la visita de María Magdalena al sepulcro de Jesús y que, habiendo encontrado removida la piedra que cubría la entrada del sepulcro, corrió donde Pedro y el discípulo amado con la noticia de que se habían llevado del sepulcro el cuerpo de Jesús. Sabemos que ambos discípulos corrieron al sepulcro a verificar esta noticia y que, habiendo entrado en el sepulcro, lo encontraron realmente vacío. Conocemos la reacción solamente del discípulo amado: “Vio y creyó”. Pero el Evangelio no nos informa sobre la reacción de Pedro ante este hecho. Sólo anota esta conclusión: “Los discípulos entonces volvieron a casa” (Jn 20,10).

¿Qué hizo Pedro en las horas sucesivas? El Evangelio nos dice lo que ocurrió en la tarde de aquel día: “Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: ‘Paz a vosotros’”. Jesús los encontró reunidos. Podemos afirmar entonces que Pedro no se quedó sentado en su casa, sino que se dedicó a reunir al grupo de los Doce y que pudo reunir sólo a diez de ellos. Judas, uno de los Doce, el que había traicionado a Jesús, ciertamente no fue convocado (sabemos por los otros Evangelios que Judas, viendo cómo precipitaban los hechos, se ahorcó) y “Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús”. De aquí deducimos que el grupo de los Doce, que Jesús había formado, encabezado por Pedro, seguía existiendo, aun después de la muerte de Jesús. El grupo se había reunido precisamente para ver cómo reaccionar ante los hechos ocurridos y, sobre todo, ante la circunstancia de estar el sepulcro de Jesús vacío.

El mismo Jesús suponía que así sería, como lo demuestra el hecho de que en la mañana de aquel día, habiéndose aparecido a María Magdalena, la mandara con este encargo: “Vete a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’”. Y ella cumplió esa misión: “Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’, y que había dicho esas palabras” (Jn 20,17-18). Se entiende que ella sabía dónde encontrar a los discípulos reunidos.

Jesús había predicho un primer momento de desconcierto entre los apóstoles a raíz de su detención y muerte: “Todos vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’” (Mt 26,31). Y a Pedro en particular había dicho: “He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). Esto fue lo que hizo Pedro.

En su primera aparición, después de mostrar a los apóstoles sus manos y su costado, a modo de identificación con el que había sido crucificado, Jesús los envía a prolongar su misma misión, aclarando su punto de partida divino: “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros”, y con el gesto de soplar sobre ellos los provee de lo necesario para esa misión: “Recibid el Espíritu Santo”. Con este don les comunica el poder de perdonar los pecados. Acto seguido, el Evangelio nos informa que Tomás no estaba con los otros diez en esa ocasión. ¿Quiere esto decir que Tomás no fue enviado con la misma misión que los otros diez y que no recibió el Espíritu Santo como los otros? No. En realidad, por su pertenencia al colegio de los apóstoles formado por Jesús, To-más recibió la misma misión y el mismo don del Espíritu que Jesús comunicó a todo el colegio. Ese colegio de los apóstoles subsiste hoy en el colegio episcopal, que ha heredado la misma misión y que, para desempeñarla, recibe el mismo don del Espíritu. Por eso, la ordenación episcopal tiene como efecto incorporar al que es ordenado en el colegio episcopal y darle una participación en la misión de Cristo.

Apenas encontraron a Tomás los otros diez le participaron su experiencia, diciéndole: “Hemos visto al Señor”. Pero Tomás rehusó creer mientras no lo viera también él. En la segunda aparición estaba Tomás presente y no sólo vio a Jesús, sino que metió su dedo en el agujero de los clavos y su mano en la herida de su costado. Entonces al ver a Jesús vivo creyó que él era verdadero Dios y así lo confiesa, diciéndole: “Señor mío y Dios mío”. Jesús no pierde la ocasión para dar una enseñanza sobre la fe y dice a Tomás: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. ¿Quiénes son éstos? Ciertamente Tomás no es uno de ellos; tampoco lo son los apóstoles que reconocen: “Hemos visto al Señor”; tampoco lo es María Magdalena que tuvo que ver a Jesús resucitado para creer. Esa bienaventuranza se aplica a todas las generaciones de creyentes que basan su fe en el testimonio de los apóstoles. A ellos se refiere la primera carta de San Pedro: “Vosotros amáis a Jesucristo sin haberlo visto; creéis en él, aunque de momento no lo veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa. Así alcanzáis la meta de vuestra fe: la salvación de las almas” (1Pet 1,8-9).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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