Meditaciones Dominicales

¡Glorificad a Dios en vuestro cuerpo! (Mt 22,15-21)
Semana XXIX del Tiempo Ordinario - 18 de octubre de 2020

"Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas". Con estas palabras se dirigen a Jesús los fariseos junto con los herodianos. Pero lo dicen con intención de ponerle una trampa: "Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César, o no?". Después de constatar que la moneda con la cual se pagaba el tributo tenía la inscripción y la imagen del César, Jesús se libra de la insidia y los hace caer a ellos en su propia trampa, respondiendo: "Dad al César lo que es del César". No deja, sin embargo, de agregar, como Maestro que enseña el camino de Dios, lo que a él interesa: "Y dad a Dios lo que es de Dios".

Esta es la enseñanza de Jesús sobre la cual nos detendremos hoy. En nuestra sociedad no se percibe problemas con "lo que es del César". En cambio, respecto a "lo que es de Dios" hay motivos para que Dios formule la queja que dirigía a su pueblo: "Si yo soy Padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy Señor, ¿dónde mi temor?" (Mal 1,6).

En las conductas sociales y en las políticas públicas no se percibe la preocupación de dar a Dios lo suyo: la honra y el temor. Sabemos que el temor de Dios consiste en el amor lleno de reverencia, que el ser humano, como creatura suya, le debe. ¿Dónde está ese temor? Si la moneda que Jesús miró era del César, porque tenía impresa la imagen del César, el ser humano entero es de Dios, porque tiene impresa la imagen de Dios: "Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó..." (Gen 1,27). El fin para el cual Dios nos creó está expresado por San Pablo: "Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuesemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1,4).

"Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y cuantos lo habitan" (Sal 23,1). Somos de Dios porque él nos ha creado y ha creado todo lo que nos rodea. Pero somos también de Cristo porque él nos ha redimido (nos ha comprado de la esclavitud del pecado) con su sangre: "Habéis sido rescatados... no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de Cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo" (1Ped 1,18-19). De aquí exclama San Pablo: "¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (1Cor 6,20). Esto le permite concluir: "Todo es vuestro; y vosotros, de Cristo y Cristo, de Dios" (1Cor 3,22-23). Por tanto, todo es de Dios y a él se debe devolver. El olvido de Dios por parte del ser humano es una injusticia.

"Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo". Esto es lo que procura la virtud de la castidad que el Catecismo define así: "La castidad significa la integración de la sexualidad en la persona. Entraña el aprendizaje del dominio personal... Cristo es el modelo de la castidad" (N. 2395•2394). La castidad es una virtud que se debe enseñar, tanto como la probidad, la honestidad y la justicia. Todos sabemos que el único modo eficaz de prevenir el SIDA es practicar la virtud de la castidad. ¿Por qué las políticas públicas de prevención del SIDA ni siquiera mencionan esa virtud? Las políticas del Ministerio de Salud van precisamente en el sentido contrario. ¡No se puede esperar de ellas sino una mayor difusión de ese flagelo!

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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