Meditaciones Dominicales

Dios ama al ser humano (Jn 3,16-18)
Santísima Trinidad - 7 de junio de 2020

Es significativo que la Iglesia celebre el misterio de la Santísima Trinidad en el domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés. De esta manera se nos enseña que la revelación plena sobre Dios y, por consiguiente, sobre el hombre, no alcanzó su plenitud sino con la venida del Espíritu Santo al corazón de los discípulos. Así lo había prometido Jesús: "El os llevará a la verdad completa" (Jn 16,13).

La verdad completa, absoluta, es la que se refiere al Ser infinito que da existencia y sentido a todo. Esta es la que más interesa y apasiona al ser humano, porque en ella encuentra su propio origen y el sentido de su vida. Pero esta es también absolutamente inaccesible a la limitada capacidad humana. Lo que sabemos sobre cómo es Dios en sí lo sabemos porque Él lo ha revelado, no porque algún ser humano lo haya descubierto. Dios nos ha revelado su intimidad por un proceso que tiene dos dimensiones: enviando a su Hijo único al mundo para que él nos "contara a Dios" (cf. Jn 1,18) con su vida y sus palabras, y enviando al Espíritu Santo al corazón de los creyentes para que él nos concediera asimilar ese mensaje.

En el Evangelio de hoy, conversando con Nicodemo, Jesús hace afirmaciones asombrosas respecto de Dios. Ya le ha advertido a Nicodemo que le diría "cosas del cielo" y que ningún otro puede decir esas cosas, porque "nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3,12•13). Después de esta introducción quedamos esperando la revelación de algo grande. Y no quedamos defraudados, porque Jesús hace esta declaración: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna". Con esta afirmación nos revela que Dios es Padre, porque tiene un Hijo unigénito, y que ese Hijo, que es una Persona distinta que el Padre, pero de su misma naturaleza divina, es él mismo, Jesús. Más aun, nos revela que Dios ama al ser humano y también en qué medida lo ama: "Tanto que dio a su Hijo único". Y, cuando dice "dio" se refiere a su muerte en la cruz, como lo aclara en la frase anterior: "El Hijo del hombre tiene que ser levantado" (Jn 3,14).

Si esta afirmación de Jesús no nos impulsa a cambiar de vida y a vivir de manera digna de ese amor que Dios nos tiene, es señal de que no hemos entendido, es decir, de que no hemos sido llevados a la "verdad completa". Entonces debemos implorar que venga a nosotros el Espíritu Santo. Él nos puede revelar el amor de Dios, porque también Él es Dios, lo mismo que el Padre y el Hijo. Revelándonos el amor de Dios, el Espíritu Santo nos revela el misterio de la Santísima Trinidad.

El Catecismo nos enseña: "El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe" (N. 234). Ningún cristiano puede quedarse tranquilo mientras no sepa formular este admirable misterio y no sea el centro de su vida.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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