Meditaciones Dominicales

Él os bautizará con Espíritu Santo (Mt 3,1-12)
Semana II del Tiempo de Adviento - 8 de diciembre de 2019

“En aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: ‘Convertíos, porque ha llegado el Reino de los cielos’”. Así comienza el Evangelio de este II domingo de Adviento. Si el que viene es Cristo, el tiempo anterior tiene que estar dominado por la figura del que lo precede y lo anuncia ya presente: Juan el Bautista.

Mateo no conoce la relación de parentesco que existe entre Jesús y Juan el Bautista; o, si la conoce, no la considera relevante. Por el Evangelio de Lucas sabemos que Juan es contemporáneo de Jesús y que ambos se relacionan desde el vientre materno. En efecto, en el momento en que Jesús es concebido en el seno de su madre santísima, Juan llevaba seis meses de gestación en el seno de la suya, como le informa a María el ángel Gabriel: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes de aquella a quien llamaban estéril” (Lc 1,36). El parentesco entre ambas debió ser cercano, pues apenas recibió esta noticia, “María se levantó y se fue con prontitud” a visitar a Isabel. Y permaneció con ella hasta que nació su hijo Juan. Nada de esto se menciona en el Evangelio de Mateo, de donde –entre otros indicios- se deduce que su autor desconoce el Evangelio de Lucas.

En el Evangelio de Mateo Juan el Bautista aparece sin origen ni otro antecedente. Toda su realidad consiste en ser el precursor de Jesús. Después que Jesús cumplió su misión en el mundo y ascendió al cielo, sus discípulos comprendieron que Juan el Bautista había sido anunciado por los profetas: “Este es aquel de quien habla el profeta Isaías cuando dice: ‘Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas’”. Esa “voz”, que hasta entonces nadie sabía identificar, la ven cumplida en la predicación de Juan.

El Evangelio subraya el enorme atractivo que tenía Juan: “Acudían a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán”. Pero él mismo anuncia a otro mucho mayor: “El que viene detrás de mí, es más fuerte que yo y no soy digno de llevarle las sandalias”. ¿Cómo explica Juan a sus discípulos esa diferencia? Lo hace diferenciando el rito de iniciación usado por uno y otro: “Yo os bautizo con agua... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

Bautizar significa bañar con agua. Los presentes entendían bien el rito de Juan; pero no podían entender qué significa “bautizar con Espíritu Santo” y menos aun “bautizar con fuego”. Esto pudieron entenderlo los discípulos de Cristo solamente después que Jesús subió al cielo y envió sobre sus apóstoles del don del Espíritu Santo. Jesús les había prometido ese don usando la misma metáfora de Juan: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech 1,5). Y esa promesa se cumplió diez días después, el día de Pentecostés: “Se posaron sobre cada uno de ellos unas lenguas como de fuego y se llenaron todos de Espíritu Santo” (Hech 2,3-4). Este es el bautismo con que bautiza Jesús. Es siempre un baño que toca el cuerpo, pero que comunica al alma el Espíritu Santo y el ardor del amor representado por el fuego que purifica de todo pecado. El mismo día de Pentecostés Pedro predica al pueblo ese bautismo: “Que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para perdón de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech 2,38).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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