Meditaciones Dominicales

Éste nada malo ha hecho (Lucas 23, 35-43)
Jesucristo Rey del Universo - 24 de noviembre de 2019

Jesús es el Rey del Universo, porque gracias al sacrificio de sí mismo, ofrecido al Padre en la cruz, obró la reconciliación y la salvación de todo el género humano. Lo afirma nuestra fe cristiana: “Cuando eramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo... En Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo” (Rom 5,10; 2Cor 5,19). Según la visión que tiene el autor del Apocalipsis, el único que puede tomar de la mano de Dios el libro sellado con siete sellos y abrirlo, revelando así el sentido de la historia, es el Cordero degollado, que está de pie –estuvo muerto y ahora está vivo- en medio del trono: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Apoc 5,9-10).

Por esto en el Evangelio de este domingo, en que la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, se nos presenta la escena de la crucifixión de Jesús. Nadie es ajeno a este drama, porque nadie está libre del pecado, que no puede ser perdonado sino al precio de esa muerte (excepto la Virgen María, que por esa misma muerte, fue “preservada” de todo pecado).

Según el Evangelio de Lucas, tres veces habla Jesús desde la cruz. Habla dos veces para dirigirse a su Padre: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen... Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,34.46). Habla una sola vez para dirigirse a uno de los ladrones crucificados con él: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Nadie, más que este ladrón, mereció recibir una palabra de Jesús en esas circunstancias, y ¡qué palabra!

En su humanidad, Jesús es el Cordero inmaculado, el único inocente. Él no necesita ser salvado. Por eso los magistrados, los soldados y uno de los ladrones revelan no comprender nada, cuando le dicen: “Que se salve a sí mismo... ¡sálvate!... ¡sálvate a ti y a nosotros!”. A ellos Jesús no les responde palabra. Sería inútil, porque están cerrados a la gracia. El otro ladrón afirma que Jesús es inocente y que su muerte tiene que tener un sentido salvífico: “Nosotros sufrimos esta condena con razón, porque nos lo hemos merecido por nuestros hechos; en cambio, éste –se refiere a Jesús- nada malo ha hecho”. No puede describir mejor la identidad de Jesús, pues de ningún otro ser humano –exceptuada, por singular privilegio, la Virgen María- se puede afirmar eso. Esa afirmación revela que ese ladrón ha recibido ya la gracia de la salvación. Él no desafía a Jesús diciéndole: “Sálvate a ti mismo”. Él comprende que “era necesario que el Cristo padeciera todo eso para entrar en su gloria” (Lc 24,26). En efecto, lo reconoce como Rey y le suplica: “Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas con tu Reino”. Ante esta súplica Jesús no puede quedar indiferente. Este acto de fe conmueve a Jesús y responde con esta promesa: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Hay en esta promesa una palabra de inmensa majestad: “Conmigo”. Se refiera a la primera persona singular: Yo. Pero en Jesús esta es su Persona divina, el Hijo. Al buen ladrón se le promete desde ese momento la participación de la vida divina del Hijo. Ese ladrón debió morir lleno de gozo disfrutando de tan grande don. Es el mismo don que se ofrece a todos los que confiesan la realeza de Cristo.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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