Meditaciones Dominicales

Para Dios todos viven (Lucas 20, 27-38)
Semana XXXII del Tiempo Ordinario - 10 de noviembre de 2019

“Dios nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4). Todos tenemos la experiencia y la certeza de haber comenzado a existir en el tiempo hace una cierta cantidad de años, cada uno sabe cuántos, no mucho más que ochenta, en todo caso. Pero nuestro principio remonta a mucho antes, a un número de años que tiende al infinito: hemos sido elegidos por Dios “antes de la creación del mundo”. Antes de la creación del mundo no hay más tiempo que la eternidad. Ninguno de nosotros ha tomado la decisión de existir, y tampoco de existir en este tiempo preciso y no mil años antes o mil años después. Esta decisión corresponde exclusivamente al Creador y está decretada desde siempre. Repugna a la misma razón que, si nuestro principio es eterno, nuestra proyección futura esté acotada. ¡No! El hombre ha sido llamado a la existencia para que viva eternamente. Y, dado que tenemos la certeza de la muerte, ese objetivo no se alcanza sino con la resurrección.

En el Evangelio de hoy Jesús expone su enseñanza sobre la resurrección de los muertos. Esta enseñanza adquiere mayor relieve por estar en un contexto polémico: “Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurreción”. Le presentan el caso de una mujer que fue sucesivamente esposa de siete hermanos y con ninguno tuvo descendencia, y le preguntan: “¿De cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete”. La dificultad del caso proviene de suponer que en la resurrección la condición de los hombres y mujeres será idéntica a la que tenemos en esta tierra. Jesús afirma que ¡no será igual! Una diferencia esencial es que aquí nuestro cuerpo está sujeto a la muerte y la corrupción; en cambio, después de resucitar, nuestro cuerpo no muere: “Se siembra corrupción, resucita incorrupción... En efecto, los muertos resucitarán incorruptibles” (1Cor 15,42.52). Aquí es necesario procrear, “porque la muerte impide perdurar” (cf. Heb 7,23); por eso, “los hijos de este mundo toman mujer o marido”. Allá no será necesaria la procreación, porque ya no mueren: “Ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles”.

Vemos que en el concepto de Jesús, que “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (Catecismo N. 1701), “la institución misma del matrimonio y el amor conyugal, están por su naturaleza misma ordenados a la procreación y a la educación de la prole” (Catecismo N. 1652). En la resurrección cesará la procreación; cesarán, por tanto, la institución del matrimonio y el amor conyugal. Los resucitados no serán ángeles, serán siempre seres humanos; pero serán “como ángeles”. Por eso en la resurrección no habrá ninguna dificultad en la convivencia de la mujer con los siete hermanos que en la tierra la tuvieron como esposa.

En cuanto a la negación de la resurrección, Jesús dice a los saduceos (en los lugares paralelos): “Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios” (Mt 22,29; Mc 12,27). Y puesto que ellos consideran como autoridad a Moisés, Jesús argumenta citando esa autoridad: “Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor ‘el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven”. El episodio de la zarza ardiente ocurrió varios siglos después de la muerte de Abraham, Isaac y Jacob. Si Dios se presenta como “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”, quiere decir que ellos, aunque para nosotros están muertos, para Dios viven.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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