Meditaciones Dominicales

Tenemos una morada eterna en el cielo (Lucas 16, 1-13)
Semana XXV del Tiempo Ordinario - 22 de septiembre de 2019

Nadie podrá discutir que la vida del hombre en esta tierra es breve: “Los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta, si hay vigor... y pasan presto...” (Sal 90,10). Estamos en esta tierra solamente de paso, en camino hacia otra morada definitiva: “Sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios, una morada eterna... que está en el cielo” (2Cor 5,1). Esto es lo que profesamos: “Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”.

Para cada uno llegará el día en que todos los bienes materiales que posea en este tierra pasarán a otros. Es evidente que estos bienes los hemos recibido solamente para administrarlos durante el espacio de esta vida terrestre. Se puede decir que la tierra con todo lo que contiene es patrimonio de toda la humanidad: de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Son un fondo rotatorio. En un momento determinado son poseídos por los habitantes de ese momento; pero inevitablemente pasarán a la generación siguiente. Para cada uno llegará entonces el día –un día que no conocemos- en que se le dirá: “Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando”.

El más precioso de todos los bienes que poseemos en esta tierra es la misma vida. Para cada uno ésta vale más que todo el mundo, pues, “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc 8,36). Pero es precisamente ésta la que tiene fin, y ¡pronto! Es precisamente ésta la que tenemos que administrar, pues “todos tenemos que presentarnos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (2Cor 5,10). Una sola cosa puede tener el hombre en esta vida mortal que es propiedad suya definitiva y que nadie le quitará: Dios. Todos deberíamos aspirar a este Bien y decir con alegría: “El Señor es la parte de mi herencia y de mi copa... mi heredad es preciosa para mí” (Sal 16,5.6). Por tanto, todos los bienes de esta tierra y la misma vida terrena deben usarse para adquirir ese Bien eterno, del cual nunca seremos desposeídos.

En esta clave debe entenderse la parábola llamada del “administrador infiel”. Jesús lo pone como ejemplo, porque él, con los bienes que su señor le dio en administración, se granjeó amigos para el tiempo en que sea removido de la administración. El señor alaba a su administrador por su astucia. Y, a la luz de ese ejemplo, Jesús nos exhorta: “Haceos amigos con el Dinero injusto, para que cuando llegue a faltar (cuando se nos pida cuenta), os reciban en las eternas moradas”.

Como interpretación de esa parábola, Jesús propone a continuación la parábola del rico y de Lázaro el pobre. El rico usaba sus bienes sólo para su propio bienestar: “vestía púrpura y lino y celebraba todos los días espléndidas fiestas” (Lc 16,19). No le habría costado nada al rico con sus bienes granjearse la amistad de Lázaro: bastaba dejarle comer lo que sobraba de su mesa. Pero ni siquiera esto hizo. Por eso no fue recibido en las moradas eternas y después de su muerte fue atormentado por una llama inextinguible. Comentando esta enseñanza de Jesús, San Agustín pregunta: “¿Por qué, mientras vivimos no, elegimos para nosotros el lugar donde siempre viviremos?” (Sermo 113/A, 12).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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