Meditaciones Dominicales

El fuego de Cristo (Lc 12,49-53)
Semana XX del Tiempo Ordinario - 18 de agosto de 2019

Todo nuestro gozo consiste en conocer a Cristo, en tener un contacto personal con él para saber cuáles son las cosas que le preocupan a él. San Pablo estaba tan fascinado por Cristo, que exclama: "Todo lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aun: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura" (Fil 3,7-8).

El Evangelio de hoy nos revela algo de la interioridad de Cristo, nos indica algo que apasionaba a Jesús. Leemos la expresión de un anhelo suyo, algo que él valora tanto que está dispuesto a dar la vida por obtenerlo. Saber qué es lo que apasiona a alguien es conocer lo más importante de esa persona. Jesús aparece siempre en plena posesión de sí mismo, en él no hay ningún momento en que pierda el control. Pero hay algo que lo urge hasta tal punto que está dispuesto a alcanzarlo al precio de su vida. ¿Qué puede ser esto? En el Evangelio de hoy responde Jesús mismo: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!" (Lc 12,49-50).

Jesucristo se apasionó por dos cosas: por la gloria de su Padre y por la salvación del género humano. En realidad, ambas cosas se reducen a una sola, tal como lo decía San Ireneo de Lyon en su célebre sentencia: "La gloria de Dios es el hombre en plenitud de vida; pero la vida del hombre es la visión de Dios". Por eso la misión única de Jesús consiste en dar al hombre la vida eterna, que es la vida más plena que el hombre puede poseer. Es lo que el mismo Jesús afirma: "He venido para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Jesús cumplía esta misión con total dedicación y con verdadero ardor: "¡Qué angustiado estoy hasta que se cumpla!".

¿Cómo podía Jesús dar al ser humano la vida eterna? Oigamos la respuesta de sus propios labios: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17,3). De esta frase podemos concluir que Jesús procuraba al hombre la vida eterna dandoles el conocimiento de Dios y dandose a conocer a sí mismo. Pero también en este caso ambas cosas se reducen a una sola: al conocimiento de Cristo. En efecto, tal vez la frase central de todo el Evangelio es la que dijo Jesús a sus apóstoles cuando ellos expresaron su deseo de ver al Padre: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9). Para poseer la vida eterna basta, por tanto, con ver a Cristo. El que ve a Cristo, ve a Dios; el que ve a Dios posee la vida eterna; el hombre en posesión de la vida eterna, eso es la gloria de Dios. Aquí se cierra el círculo. Por eso, todo el esfuerzo de Jesús consistió en revelar a los hombres su propia identidad.

Pero la identidad última de Cristo no quedó en evidencia sino en su misterio pascual, es decir, en el ciclo de su muerte y resurrección y ascensión al cielo. Cuando Jesús murió en la cruz, su muerte debió ser de tal forma -una forma que no se puede describir con palabras-, que un centurión, es decir, uno que no pertenecía al pueblo de Israel, se viera obligado a reconocer: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15,39). La forma como Jesús expiró, se conoce por este resultado salvífico. Ese centurión nació a la vida eterna. Y la resurrección de Jesús suscitó la confesión de Tomás: "¡Señor mio y Dios mio!" (Jn 20,28). También Tomás renació en ese instante a la vida eterna.

Esto es lo que Jesús llama "encender fuego en el mundo"; se trata de encender en el ser humano el conocimiento de Dios, a través del conocimiento y de la vivencia de Cristo. El centurión y el apóstol Tomás fueron alcanzados por ese fuego en el momento que confesaron a Cristo. También fue encendido San Pablo cuando conoció a Cristo y pasó de perseguidor a apóstol. Pero a Jesús le urge que toda la tierra arda; y mientras no se alcance este objetivo, él sufre angustia, sufre "santa impaciencia".

Esto mismo quiere decir la otra frase de Jesús: "Con un bautismo tengo que ser bautizado". Esta es una expresión velada de su pasión y muerte: Jesús tenía que ser sumergido, bautizado, en el mar del dolor que significó su pasión y muerte. En otra ocasión Jesús usa esta misma imagen para indicar su muerte; cuando pregunta a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis ... ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10,38). Llegar hasta ese punto, que es el punto de su plena revelación como Hijo de Dios, y de la salvación del género humano es lo que urgía a Jesús: "¡Qué angustiado estoy hasta que se cumpla!".

El que alcanza el conocimiento salvífico de Cristo, es decir, el que es alcanzado por el fuego de Cristo, comienza a vivir una vida nueva y, en comparación con Cristo, todas las demás cosas pierden importancia para él. Ya no desea más que lo que desea Cristo. Por eso se produce división respecto de aquellos que todavía tienen su corazón en los bienes de este mundo: "Habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres". El que ha sido alcanzado por el fuego de Cristo desea, a su vez, que este fuego se propague a todos y se angustia mientras no se cumpla. Este anhelo es lo que caracteriza a los discípulos de Cristo.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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