Meditaciones Dominicales

El Espíritu clama “Abbá”, Padre (Lc 11,1-13)
Semana XVII del Tiempo Ordinario - 28 de julio de 2019

El título que se da a Jesús con más frecuencia en el Evangelio es el de “Maestro”. En el Evangelio de hoy Jesús se revela como un Maestro de oración. Lo hace respondiendo a la petición de uno de sus discípulos. “Estando Jesús en oración en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos’”. Como vemos, esta petición del discípulo estuvo motivada por el testimonio de oración de Jesús mismo. Verlo orar a él mismo despertó en el discípulo el deseo de orar de la misma manera. ¿Qué es lo que tiene de impresionante la oración de Jesús? Escuchemos la respuesta de los labios de Jesús mismo: “Él les dijo: ‘Cuando oréis, decid: Padre...’”. La oración de Jesús era infinitamente atractiva porque él dialoga con Dios como un Hijo con su Padre. Él nos enseña a orar como ora él mismo. Esto Juan no lo podía enseñar a sus discípulos.

Cuando Jesús llama a Dios “Padre”, lo hace con absoluta coherencia, es decir, se comporta en todo como “Hijo de Dios”. Es lo que observa la carta a los Hebreos: “Fue escuchado por su actitud reverente, y siendo Hijo, con lo que padeció practicó la obediencia” (Heb 5,7-8). Es más, “se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). Por otros textos sabemos cómo suena en arameo la palabra exacta con que Jesús invoca a Dios: “Abbá”. Este es un modo de llamar al Padre que refleja inmenso amor, intimidad y reverencia. ¡Es intraducible! Nadie había llamado a Dios de esa manera antes que él.

Lo impresionante es que Jesús nos introduce a este misterio de su filiación ordenándonos llamar a Dios con ese mismo nombre. Podemos hacerlo porque él nos da su Espíritu que nos habilita a invocar a Dios como Padre. Según San Pablo esta es la prueba de que somos hijos de Dios: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6). El único que puede usar ese nombre refiriéndose a Dios es el Hijo. Él clama: “Abbá”. Si nosotros lo podemos hacer con verdad, es prueba de que hemos recibido su mismo Espíritu, es decir, que hemos sido adoptados como hijos de Dios. Toda oración cristiana es la de un hijo de Dios. El que no tiene el Espíritu del Hijo no puede hacer oración cristiana. El pecado arroja de nosotros el Espíritu de Dios y contradice nuestra vocación de hijos. Jesús nos enseña entonces que para orar como lo hace él, la primera condición es tener la firme decisión de evitar todo pecado, incluso el pecado venial deliberado.

Después de enseñarles el Padre nuestro, Jesús agrega otra enseñanza por medio de una parábola -la parábola de amigo importuno– y por medio de una comparación del Padre del cielo con los padres de esta tierra. Sería hermoso poder comentarlas, pero no tenemos espacio para eso. Sólo diremos que, si el amigo que llega a medianoche hubiera desistido ante el primer rechazo –“No me molestes...”-, no habría obtenido nada. Él obtuvo todo lo que necesitaba, porque siguió importunando. Dios nunca nos va a rechazar diciendo: “No me molestes”. Y, sin embargo, quiere que nuestra oración sea confiada y perseverante. Por eso Jesús sigue enseñando: “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama se le abrirá”.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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