Meditaciones Dominicales

¡Escucha, Israel! (Lc 10,38-42)
Semana XVI del Tiempo Ordinario - 21 de julio de 2019

El Evangelio de hoy contiene una frase lapidaria de Jesús que no debemos pasar por alto: “Hay necesidad de pocas cosas, o mejor, de una sola”. Jesús recapacita, para dar mayor énfasis: “Hay necesidad de una sola cosa”.

El mundo de la publicidad consiste en crearnos todo tipo de necesidades. Cada producto del mercado es presentado como cosa imprescindible. Teniendo en cuenta todo esto la frase de Jesús sigue resonando: “Hay necesidad de una sola cosa”. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? A esta pregunta responde el Evangelio de hoy con un hecho de vida.

Camino de Jerusalén, Jesús y sus discípulos entraron en un pueblo. El relato sigue: “Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana, llamada María...”. Por el Evangelio de Juan sabemos que estas dos mujeres son hermanas de Lázaro y que los tres son amigos íntimos de Jesús. Por ese mismo Evangelio sabemos que el pueblo es Betania, muy cercano ya a Jerusalén. Jesús tiene la confianza de llegar allí con sus discípulos como a su propia casa. Y allí, en esa intimidad, les hablaba. ¡Cómo quisieramos estar allí y escuchar aunque fuera una sola de sus palabras! Su conversación no puede compararse con la de ningún otro, como reconocieron sus mismos adversarios: “Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre” (Jn 7,46).

Entretanto las hermanas tenían actitudes diametralmente diversas: “María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres”. De una pincelada quedan retratadas las actitudes que caracterizan a los hombres y mujeres también hoy: estar a los pies de Jesús escuchando su Palabra o estar agitado por mucho activismo externo. Espontáneamente tendemos a favorecer esta última actitud. “Es necesaria –decimos-; de lo contrario, ¿quién va a dar de comer a Jesús?”. Veamos qué opina Jesús mismo. Él reprende suavemente a Marta diciendole: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de una sola”. ¡Una sola! Y ¿cuál es ésa? Responde Jesús: “María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”.

No es la primera vez que Jesús recomienda la actitud de escucha de la Palabra de Dios. A una mujer que ponderaba la felicidad de su madre porque lo llevo en su seno y lo alimentó, Jesús le dice que ella es más feliz porque escucha la Palabra de Dios: “Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). La Palabra de Jesús es Palabra de Dios. Sólo él puede decir ante la Ley de Dios: “Se os ha dicho... más YO os digo...” (Mt 5,21ss). Sus palabras son “palabras de vida eterna”, permanecen para siempre, “el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán” (cf. Mt 24,35). Por eso, lo que hacía María, es lo único necesario y no le será quitado jamás: el cielo y la tierra pasarán y eso que ella escuchaba permanecerá.

Jesús contradice el eficientismo moderno. En efecto, más se consigue servir a los pobres y necesitados dejando que obre en nosotros el amor de Dios. Y este amor se nos infunde en el corazón por la escucha atenta de su Palabra. La Madre Santa Teresa de Calcuta, que hizo tanto bien a “los más pobres de los pobres”, se definía a sí misma simplemente como “una mujer que ora”. Si se hubiera dedicado a hacer muchas cosas, no habría podido hacer nada. De eso ella estaba segura, pues entre las palabras de Jesús que ella escuchaba y guardaba en su corazón, de ésas que no pasan, está esta: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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