Meditaciones Dominicales

Haced esto en memoria mia (Lc 9,11b-17)
Cuerpo de Cristo - 23 de junio de 2019

“Comieron todos hasta saciarse”. Esta es la conclusión del episodio de la multiplicación de los panes que leemos en el Evangelio de hoy. Estas palabras nos recuerdan las que Jesús pronunció cuando instituyó la Eucaristía dando a sus discípulos su propio Cuerpo y Sangre como alimento: “Tomad y comed todos de él... Tomad y bebed todos...”. Si con los panes que Jesús multiplicó se nutría la vida corporal y todos quedaron saciados de su hambre material, con el pan de la Eucaristía se nutre la vida divina que hemos recibido en el Bautismo y todos quedamos saciados de nuestra hambre de Dios.

En este día, en que celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Evangelio nos propone ese episodio por su clara relación con la Eucaristía, tal como lo afirma el Catecismo: “Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor pronunció la bendición, partió los panes y, por medio de sus discípulos, los distribuyó para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía” (N. 1335).

Así como ese pan milagroso fue distribuido por manos de los apóstoles, así también la Eucaristía nos es dada por medio de los sucesores de los apóstoles. En esa ocasión, los mismos apóstoles hicieron notar a Jesús el problema y le sugirieron la solución: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado”. Pero, a pesar de ser humanamente imposible, por la cantidad de gente –“había como cinco mil hombres”- y por lo solitario del lugar, Jesús ordenó a sus apóstoles: “Dadles vosotros de comer”. Y el Evangelio subraya que así lo hicieron, pero solamente después que interviene el mismo Jesús: “Jesús pronunció la bendición sobre los panes, los partió y los iba dando a los discípulos para que ellos los sirvieran a la gente”.

La orden: “Dadles vosotros de comer” sigue resonando hasta hoy, y encuentra su eco y su sentido último en esta otra orden que Jesús dio a esos mismos apóstoles en el momento en que instituyó la Eucaristía: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). En su última Encíclica, que es precisamente sobre la Eucaristía, el Santo Padre recalca este hecho: “La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía” (Ecclesia de Eucharistia, 29).

Antes de nutrir a la multitud el Evangelio nos transmite este rasgo de la bondad de Jesús: “Acogía a todos, les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados”. Esa misma bondad de Jesús la podemos experimentar hoy día en la Eucaristía. Allí está Jesús vivo y glorioso realmente presente. En ningún lugar encuentra un cumplimiento más claro su invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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