Meditaciones Dominicales

Estoy haciendo todo nuevo (Jn 13,31-35)
Semana V del Tiempo de Pascua - 19 de mayo de 2019

El Evangelio de hoy nos sitúa en la última cena de Jesús con sus discípulos. Es el momento solemne de la despedida de Jesús antes de ser llevado a su pasión y muerte.

Una vez que Judas salió a realizar su designio traidor, Jesús ve su pasión como ya realizada y dice: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él”. Para entender esta sentencia hay que considerar que para el evangelista San Juan la glorificación de Jesús es su muerte en la cruz, su resurrección y ascensión al cielo. Esta es también la perfecta glorificación de Dios, pues nadie se ha mostrado más obediente ni más lleno de amor hacia Dios que Jesús en el momento de su pasión. Por eso la oración de Jesús antes de encaminarse a su pasión comienza así: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti” (Jn 17,1).

Si el Padre glorifica a Jesús, deja en evidencia quién es Jesús. Es lo que se vio obligado a confesar Tomás: “¡Señor mio y Dios mio!” (Jn 20,28). Más tarde, el mismo Tomás ciertamente proclamaba con asombro este primitivo himno cristológico: “Se despojó de su condición de Dios... y se hizo obediente hasta la muerte y ¡muerte de cruz!” (Fil 2,7.8). Nada puede dar más gloria al Padre: que alguien que es Dios verdadero llegue hasta ese extremo para demostrarle su amor. Por eso el mismo himno, uniendo su voz a la de Tomás, concluye: “Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,11).

En esa última cena Jesús no sólo iba a sellar una alianza nueva en su sangre, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,20), sino también iba a establecer la única prescripción de esa alianza nueva: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros”. El mandamiento del amor al prójimo ya existía y Jesús lo había ponderado como algo ya prescrito: “De estos dos mandamientos -amor a Dios y al prójimo- penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,40). ¿Qué tiene, entonces, de nuevo este mandamiento que da ahora a sus discípulos?

Tiene al menos dos cosas nuevas. La primera la dice el mismo Jesús: “Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”. La primera novedad es la medida del amor. Mientras no hayamos amado a los demás hasta dar la vida por ellos, como la dio Jesús por nosotros, no hemos cumplido el mandamiento nuevo.

La segunda novedad consiste en el sujeto que cumple este mandamiento. Nadie puede cumplir este mandamiento sino el “hombre nuevo”. Cuando San Pablo exhorta diciendo: “Revestíos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,24), se refiere a Jesucristo. Por eso en otro lugar exhorta directamente: “Revestíos del Señor Jesucristo” (Rom 13,14). El hombre nuevo es el que, transfigurado a imagen de Jesucristo, es hijo de Dios. Éste es el único que puede cumplir el mandamiento nuevo del amor.

En nuestra sociedad, tan dominada por un hedonismo a raz de tierra, esperamos ansiosamente la aparición de los hijos de Dios. Para este fin murió Jesús en la cruz revelando el amor nuevo. Por eso, camino del Calvario, puede declarar: “Estoy haciendo todo nuevo” (Apoc 21,5).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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