Meditaciones Dominicales

He venido para que tengan vida (Jn 8,1-11)
Semana V del Tiempo de Cuaresma - 7 de abril de 2019

Ante la crítica de que acoge a los pecadores, Jesús responde exponiendo el objetivo de su venida: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores a conversión” (Lc 5,32). La conversión de un pecador es posible, solamente gracias a que el Hijo de Dios se hizo hombre y nos reveló el amor de Dios. En efecto, ningún pecador puede experimentar dolor de sus pecados y convertirse realmente, si no es movido por el amor. El Evangelio de este domingo nos presenta un hecho real en el cual observamos en detalle cómo acontece la conversión de un pecador.

Jesús estaba enseñando en el templo, y en ese momento “los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’”. ¿Qué motivación tienen los escribas y fariseos para hacer esto? ¿Los mueve el amor hacia la mujer? ¿Los mueve el celo por la ley? ¿Buscan la conversión de ella? ¿Les interesa promover la castidad? No los mueve nada de esto. El evangelista aclara: “Esto lo decían para tentarlo y tener de qué acusarlo”. Los mueve el deseo de arruinar a Jesús. Y para alcanzar este fin ponen en juego la vida de la mujer: “Moisés nos manda apedrear a estas mujeres”.

Ante esta provocación Jesús actúa como lo haría su Padre. Él ha declarado: “Lo que el Padre hace, eso lo hace igualmente el Hijo” (Jn 5,19). Y estaba revelado por los profetas que “Dios no quiere le muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23; 33,11). Esto es lo que quiere también Jesús. Él quiere la conversión de esa mujer.

Pero en esta escena los escribas y fariseos son más pecadores que la mujer: con tal de arruinar a Jesús no les importa la dignidad de ella. Jesús quiere que también ellos se conviertan y vivan. El pecado de ellos le produce mayor dolor que el de la mujer, y quiere salvarlos también a ellos. Por eso no los reprende ni les reprocha nada. En el fondo, les encuentra razón: si la ley dice que hay que apedrear a estas mujeres, hay que hacerlo. Pero agrega una condición: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra”. Ya dijimos que con esa actuación ellos están cometiendo pecado; y a éste se agregan todos los demás pecados que han cometido en su vida. El resultado que Jesús obtiene es que ellos reconozcan su pecado: “Se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos”. Venían con el ánimo de acusar a Jesús, y encuentran en él tanta bondad que terminan acusándose a sí mismos.

Quedó Jesús solo con la mujer. Como ya nadie la condenaba, porque todos tenían pecado, Jesús le dice: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. Si la mujer tenía odio a sus acusadores o si aún no había concebido dolor por su pecado, después de experimentar el amor que Jesús le demuestra, ciertamente quedó convertida. Podemos estar seguros que en adelante ya no pecará más. Es entonces verdad que Jesús acoge a los pecadores, pero lo hace porque únicamente el contacto con él los puede mover a conversión. Es verdad también que hay alegría cuando un pecador se convierte. Es la alegría que sentimos nosotros al leer este episodio evangélico.

Felipe Bacarreza Rodriguez 
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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