Meditaciones Dominicales

Ha dado todo lo que tenía para vivir (Mc 12,38-44)
Semana XXXII del Tiempo Ordinario - 11 de noviembre de 2018

En el Evangelio de este domingo desfilan ante nuestros ojos distintos personajes magistralmente delineados por Jesús con hábiles pinceladas: los escribas, los ricos, una viuda pobre. En este cuadro resulta un profundo contraste entre la ostentación de los instruidos y de los ricos y la humildad de la pobre viuda.

Jesús comienza advirtiendo a sus discípulos contra la vanidad de los escribas, que quieren atraer la atención y la admiración de la gente por su ciencia y por su fingida observancia de la ley. Les dice: "Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes". El evangelista Mateo, en el lugar paralelo, agrega esta precisión: "Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres" (Mt 23,5). De esta manera todo lo que hacen resulta viciado por la vanagloria. La enseñanza de Jesús, en cambio, nos ordena hacer nuestras buenas obras con absoluto secreto, procurando que nadie lo sepa, y para inculcar esto usa una comparación muy elocuente: "Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mt 6,3).

Quedamos con esta imagen de los escribas en la retina, mientras seguimos la lectura: "Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro". Se da por entendido que Jesús estaba en el Templo, como se había aclarado en el episodio anterior: "Estaba enseñando en el Templo" (Mc 12,35). Sabemos que, durante todo el tiempo que estuvo en Jerusalén, Jesús acudía todos los días al Templo a enseñar. Así lo dice, reprochando a los que vienen a detenerlo de noche como a un fugitivo: "Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis" (Mc 14,49). En una pausa en su enseñanza se sentó frente a la alcancía que había a la entrada del Templo y se quedó mirando cómo la gente echaba dinero para el culto. El evangelista observa: "Muchos ricos echaban mucho".

Si todo hubiera quedado aquí Jesús no habría tenido ninguna reacción, ni habría considerado que había nada de extraordinario en eso. Ricos que echan en la alcancía muchas monedas cuidando de ser vistos es un espectáculo ordinario. Pero en ese momento ocurrió algo que logró maravillar al mismo Jesús y sacarlo de su indiferencia: "Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea una cuarta parte del as". Ante este hecho Jesús no pudo dejar de reaccionar. ¿Qué le llamó la atención?

Examinemos más de cerca a la mujer. Es una viuda, es decir, la clase personas más desprotegidas en Israel. En ese tiempo una mujer valía por el varón que la había tomado por esposa; una mujer sola se encontraba en la situación más desfavorable posible. Peor que nada, si era viuda. Para completar el cuadro el evangelista dice que era "pobre". Todo corresponde a la lógica: por eso echó tan poco, echó la cuarta parte de un as. Jesús consideraba que un as era la cantidad mínima. Por eso en otra ocasión, acentuando el escaso valor de los pajarillos del cielo, pregunta: "¿No se venden dos pajarillos por un as?" (Mt 10,31). La viuda pobre echó el equivalente a medio pajarillo. Jesús consideró que este gesto era de destacar, tanto que quiere que sus discípulos lo noten: "Llamando a sus discípulos les dijo: 'Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el Tesoro'".

Para apreciar el valor de este tipo de actos humanos las matemáticas nos engañan. La mujer ha echado la cuarta parte de un as y los otros han echado valiosas monedas de oro o plata, y Jesús insiste en que ella ha echado más. Él mismo comprende que es necesario explicar este insólito cálculo. Y lo hace: "Todos han echado de lo que les sobraba; ella, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, ha echado todo cuando poseía, todo lo que tenía para vivir". Ellos echaron de lo superfluo, de lo que no comprometía para nada su seguridad ni su comodidad, no se desprendieron de nada que apreciaran; ella echó de lo que necesitaba. Ya esto habría hecho que la ofrenda de la viuda pobre fuera más valiosa a los ojos de Dios que la de los contribuyentes ricos. Pero, además, Jesús agrega otra precisión: ella ha echado todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir. No sólo lo necesario, sino todo. Era poco, porque, como hemos dicho, le habría alcanzado solamente para comprar medio pajarillo. Pero era infinito, porque era todo. Por eso Jesús la admira.

Hemos dicho que los escribas ostentaban por su ciencia y que los ricos ostentaban por sus abundantes ofrendas. Ellos despertaban así la admiración de la gente. La pobre mujer no tiene la posibilidad de atraer la atención de nadie, ni menos la admiración de nadie. Sólo Dios es capaz de notar su fidelidad y su generosidad. Cristo la nota y la pone como ejemplo. No sabemos más sobre esta mujer, ni su origen, ni su nombre, ni su destino. Ni ella supo que Cristo la había admirado y puesto como ejemplo para los mismos apóstoles, para nosotros y para todo el mundo. Pero estamos ciertos que Dios no la dejó sin recompensa. Su amor a Dios fue superior al que ella tenía a su propia vida. Dios tuvo que hacerse cargo de su sustento. Jesús habría podido decir: "Esto es lo que yo quise enseñar cuando dije: 'Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?... Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues, si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?'(Mt 6,26.28-30)".

A esta mujer la nutrió Dios como a las aves del cielo y la vistió como a los lirios del campo. Podemos decir que ella era una antecesora de San Francisco de Asís y que posee su mismo espíritu. San Francisco se habría entusiasmado lo mismo que Jesús, por la confianza que ella revela en Dios.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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