Meditaciones Dominicales

La identidad de Jesús de Nazaret (Mc 8,27-35)
Semana XXIV del Tiempo Ordinario - 16 de septiembre de 2018

La Buena Nueva es el anuncio de que Dios tanto amó al mundo que envió a su Hijo único para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,16.17). Es la mejor noticia que se haya dado jamás al mundo. En medio de la inmensidad de todo lo creado y de los millones de años de la creación, el ser humano, a causa de su pequeñez y breve vida, no obstante gozar de naturaleza racional, estaba condenado a la insignificancia. La tierra es un punto infinitesimal perdido en el espacio, y en este punto se encuentran hoy día seis mil millones de seres humanos; en cien años más no habrá ninguno de los actuales; pero habrá otros tantos.

Lo admirable es que Dios haya decidido salvar al ser humano. Lo hace llamándolo a participar de su misma naturaleza divina y concediéndole la vida eterna. Por la participación en la naturaleza divina el ser humano es llamado a gozar de la infinita dignidad de "hijo de Dios"; esta es su vocación. Respondiendo a esta vocación el hombre –cada hombre- se hace más grande que todo el universo material y goza de una vida que no tiene fin, la misma vida de Dios. Rechazando este llamado, en cambio, el hombre se condena a la frustración eterna.

¿Cuándo y cómo obró Dios la salvación del ser humano? Lo hizo enviando al mundo a su Hijo único -Dios mismo-, que se encarnó y se hizo hombre, uno de nosotros. Este hombre es Jesús de Nazaret. La salvación consiste, entonces, en saber quién es Jesús y en tener comunión con él por medio de la fe en él. Lo dice Jesús mismo con la máxima concisión: "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5); equivale a decir: "Sin mí no sois nada".

El Evangelio de hoy toca el punto central de la Buena Nueva: la identidad de Jesús. A ese punto central se refiere la pregunta que Jesús hace a sus apóstoles cuando va a solas con ellos camino a Cesarea de Filipo: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”. La gente opinaba que Jesús era Juan Bautista, Elías o alguno de los profetas. Son identificaciones honoríficas, pero infinitamente deficientes, pues ninguno de esos personajes de la historia de Israel había obrado la salvación del género humano; ellos eran meros balbuceos de la Buena Nueva. Como único comentario a esas identificaciones Jesús indaga: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. En nombre de los Doce, Pedro responde: “Tú eres el Cristo”.

Jesús acepta esta respuesta como verdadera. Pero “comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho, ser reprobado... ser matado y resucitar a los tres días”. Así entiende él su misión de Cristo: tenía que sufrir la muerte para derrotarla y liberar de su imperio al género humano. Formulada esta enseñanza, cambia el escenario y ahora, dirigiéndose a todos, Jesús afirma que no se puede ser discípulo suyo sino siguiéndolo hasta el final por el mismo camino que él debe recorrer: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. No hay otro modo de unirse a Jesús y compartir su misma vida divina. Por eso agrega: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”, es decir, gozará de la vida eterna.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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