Meditaciones Dominicales

Serán todos enseñados por Dios (Jn 6,41-51)
Semana XIX del Tiempo Ordinario - 12 de agosto de 2018

En nuestra lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan, el domingo pasado concluíamos con una afirmación central de Jesús, una de esas frases en “Yo soy” que constelan este Evangelio. A la petición de los judíos, que esperaban que él les diera un pan de vida eterna, superior a los panes de cebada que había multiplicado y que ellos habían comido hasta saciarse, Jesús responde: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí no tendrá nunca hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed” (Jn 6,35).

Ningún hombre en sus cabales podría hacer una afirmación semejante. Ante esta afirmación hay dos alternativas: o Jesús no sabe lo que dice; o él sabe muy bien lo que dice. Dejemos de lado la primera alternativa, pues Jesús aparece en el Evangelio siempre plenamente dueño de sí mismo y lleno de sabiduría. Si él sabe bien el alcance de lo que dice, entonces hay de nuevo dos alternativas: o se está atribuyendo maliciosamente algo que no le corresponde; o está formulando la verdad sobre su Persona. Lo que decide sobre una u otra alternativa es la fe. Nosotros somos cristianos porque creemos que lo que él afirma es la verdad y que nadie fuera de él puede saciar el hambre y la sed de infinito que el hombre tiene por naturaleza. Todos –con o sin fe en Cristo- debemos reconocer que es verdad lo que dice el Concilio Vaticano II: “Mientras, por una parte, en cuanto creatura, el hombre se experimenta de múltiples maneras limitado, por otra parte, se siente ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior” (GS 10). Lo que Jesús afirma es que estos deseos ilimitados no los puede saciar nadie más que él. Pero, para que esto ocurra, es necesario creer en él: “El que venga a mí... el que crea en mí...”. Para quien no cree en él, su afirmación resulta una pretensión insoportable, como lo sería si la emitiera cualquier otro hombre.

Así resultó para los que escucharon esa sentencia de los propios labios de Jesús: “Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’”. Por considerarlo absurdo, descartan inmediatamente que él sea un “pan”, y se centran en el tema de su origen: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?”. Conocen a su padre y a su madre. El IV Evangelio habla de la “madre de Jesús” en dos ocasiones: en las bodas de Caná y al pie de la cruz; pero nunca menciona el “dulce nombre de María”. Tampoco lo hacen aquí los judíos. Mencionan, sin embargo, el nombre de su padre, José. Jesús es conocido como “hijo de José” (cf. Jn 1,45).

Tienen razón en decir que es “hijo de José”. Todo hijo que viene a este mundo es creado por Dios y él lo confía a los padres como un don de valor infinito. Pero el hijo sigue siendo siempre más de Dios que de los padres. Por eso los padres no pueden matarlo en ningún momento, ni durante su gestación ni después. Sólo a Dios pertenece la vida del hombre: “Yo doy la muerte y yo doy la vida” (Deut 32,39). Lo normal es que Dios entregue a los padres el don del hijo por el medio habitual indirecto de la generación, que resulta de la unión de un hombre con una mujer. En el caso de José no fue así; Dios le confió a Jesús como hijo no por el medio habitual de la generación, sino por un medio mucho más directo, claro y explícito: lo hizo por medio de su Palabra. En efecto, le mandó a un ángel a decirle acerca de ese niño concebido por obra del Espíritu Santo: “Tú le pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21); equivale a decir: “Tú serás su padre”. Jesús es verdaderamente hijo de José.

Es verdad que Jesús ha bajado del cielo. Toda persona humana es creada por Dios en el momento de su concepción. Pero Jesús es una Persona divina, “engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre”. Jesús es coeterno con el Padre y existe antes de su encarnación en el seno virginal de su madre. En el momento de su encarnación fue creada su naturaleza humana; pero su Persona es eterna. Por eso en la última cena poco antes de su pasión él dice: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Jn 16,28). Bajó del cielo y ha vuelto allá.

“Venir a mí... creer en mí” son dos expresiones paralelas equivalentes. Ya Jesús ha dicho: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado”. La fe en Cristo es un don gratuito de Dios. Ahora dice lo mismo con otras palabras: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae”. Así responde a la murmuración de los judíos. Es como decir: ante mi Persona y mis palabras la razón humana queda incandilada por el exceso de luz; es necesario que Dios conceda la convicción interna. Por eso agrega: “Está escrito: ‘Serán todos enseñados por Dios’. Todo el que escucha al Padre y aprende viene a mí”. Dios es un maestro que para enseñarnos no necesita el sonido de la voz externa ni medio pedagógico alguno; él habla directamente al corazón y allí da testimonio de su Hijo. Es lo que decía Jesús en otra ocasión: “El Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí...” (Jn 5,37). Hay, sin embargo, una instancia en que Dios se valió de la visión y del sonido de la voz: en la Transfiguración de Jesús. Allí la voz del cielo expuso ante los testigos elegidos la misma enseñanza que infunde en el corazón de los fieles: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” (Mc 9,7).

A pesar de las murmuraciones, lejos de retirar lo dicho o de mitigarlo, Jesús da otro paso: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre”. Se trata de un pan que tiene la vida eterna en sí mismo y que la comunica a quien lo come: “vivirá para siempre”. Y concluye con la afirmación culminante: “El pan que yo daré es mi carne, sacrificada por la vida del mundo”. Esta afirmación suscitó en los oyentes más resistencia, como veremos en la lectura del próximo domingo.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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