Meditaciones Dominicales

Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos (Mc 6,7-13)
Semana XV del Tiempo Ordinario - 15 de julio de 2018

El Evangelio de hoy nos relata el primer envío en misión de los seguidores de Jesús: "Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos". Se trata de algo nuevo. Por eso dice: "comenzó a enviarlos". El verbo griego que se traduce aquí por "enviar", transcrito, suena así: "apostéllo", y el sustantivo correspondiente es: "apóstolos": enviado. Si ahora nos preguntamos: ¿a quiénes envió Jesús, es decir, quiénes merecen este nombre de "apóstoles"?, vemos que se trata de un grupo bien determinado de los discípulos, que se supone ya conocido por el lector, pues es llamado sencillamente "los Doce" sin más explicación.

Para hablar así es necesario que este grupo haya sido definido antes en el Evangelio. En efecto, si revisamos los capítulos precedentes del Evangelio de Marcos, encontramos que Jesús tuvo voluntad expresa de destacar a doce de sus seguidores más estrechos y formar con ellos un grupo particular, un grupo que fue tan cercano a Jesús y que se distinguió tanto de la multitud de sus seguidores, que, con el tiempo, fue llamado simplemente "los Doce". En el capítulo III leemos que "Jesús subió al monte y llamó a los que él quiso... Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó." (Mc 3,13-19). Los Doce son conocidos por "nombre y apellido", de manera que nadie más puede entrar en ese grupo. Cuando ellos murieron, otros heredaron su mismo poder y su misma misión, que perdura en el colegio de los Obispos; pero ningún otro puede pretender entrar en esa categoría de "los doce apóstoles del Cordero", como los llama el Apocalipsis (Apoc 21,14).

En ese texto de Marcos en que se nos presenta la institución de los Doce, se nos dice que son llamados para dos cosas: para que estuvieran con Jesús y para enviarlos (aposteléin: es la primera vez que aparece este verbo referido a los discípulos de Jesús) a predicar con poder de expulsar los demonios. Podemos decir que el Evangelio de hoy es la continuación de ese relato de la institución de los Doce. Aquí Jesús comienza a enviarlos "dandoles poder sobre los espíritus inmundos" y dandoles las instrucciones sobre el modo cómo tienen que desempeñar su misión. Pero este es el segundo motivo por el cual son instituidos. El primer motivo -"para que estuvieran con él"- es el que se nos describe en los capítulos anteriores. Por eso, median tres capítulos entre que son instituidos y que comienzan a ser enviados. En esos capítulos el Evangelio muestra a Jesús enseñando a la multitud "según podían entenderle". Pero hace una diferencia, agregando: "A sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado" (Mc 4,34). Éstos son los que estaban siempre con él; éstos son los Doce.

Ellos son los que han dejado todo y han dedicado su vida a Jesús, que "entraron y salieron con el Señor Jesús", como los define Pedro (cf. Hech 1,21). En esos momentos, en que la multitud que seguía a Jesús ya se dispersaba y se iba a sus otros quehaceres, los Doce se quedaban con Jesús. En este punto del Evangelio, Jesús considera que ellos ya están suficientemente bien formados como para ser enviados, ellos solos, "de dos en dos". Su tarea la describe el Evangelio así: "Partiendo, predicaron que se convirtieran, expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Es la misma actividad que ha desarrollado Jesús. Ellos comienzan a asumir la misma misión de Jesús. Se puede decir que, en vida de Jesús, comienzan a entrenarse para la tarea de prolongar la obra salvífica de Jesús. Cuando Jesús ascienda al cielo y les envíe el Espíritu Santo, los apóstoles ya estarán preparados para conducir la Iglesia de Cristo; ellos serán las doce columnas sobre las cuales se edifica la Iglesia.

Conviene observar cómo van equipados para esta misión. Ya dijimos que han sido bien formados por Jesús. Pero además, tienen que recibir algo que asegure la identidad de la misión. En efecto, el Evangelio es insistente en aclarar que Jesús les dio "poder". Lo dice en el momento de la institución y lo dice cuando comienza a enviarlos. No es un poder de este mundo; es "poder sobre los espíritus inmundos". El poder que Jesús les da es un poder espiritual, un poder que tiene relación con el misterio de la salvación. En el Evangelio de Juan ese mismo poder es descrito así: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20,22-23). Para esta misión no es necesaria ninguna otra cosa: "Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja... y 'no vistáis dos túnicas'" (Mc 6,8-9).

El modelo perfecto de esta misión lo constituye Jesús mismo. La misión es la misma. Por eso, cuando él envía a los apóstoles les dice: "Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros" (Jn 20,21). Pero incluso el misionero es el mismo. Por eso, cuando envía a los apóstoles les dice también: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20); y les da un criterio claro para distinguir quienes son verdaderamente sus discípulos: "Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado" (Lc 10,16). Si alguien rechaza a los enviados de Cristo, en realidad rechaza a Dios mismo.

Felipe Bacarreza Rodriguez

Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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