Meditaciones Dominicales

Enviados con el poder del Espíritu de Dios (Jn 20,19-23)
Pentecostés - 20 de mayo de 2018

Entre la lectura de los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio de hoy parece haber una incongruencia cronológica. En efecto, el libro de los Hechos de los Apóstoles dice claramente que Jesús, después que resucitó de entre los muertos al tercer día, “se les presentó dándoles pruebas de que vivía, dejándose ver de ellos durante cuarenta días” (Hech 1,3), y que al cabo de este tiempo ascendió al cielo dándoles esta instrucción: “No os ausentéis de Jerusalén, sino aguardad la Promesa del Padre, que oísteis de mí: que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hech 1,4-5). Esos pocos días fueron diez, de manera que, como estaba prometido, el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles en forma de un viento impetuoso cincuenta días después de la resurrección de Jesús, el día quincuagésimo, dicho en griego, suena “pentecostés”.

En cambio, el Evangelio nos relata la primera de las apariciones de Jesús resucitado ocurrida “al atardecer de aquel día”, es decir, el mismo domingo de la resurrección, y afirma que en esa ocasión Jesús “sopló y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’”. Nos preguntamos ¿cuándo recibieron los apóstoles verdaderamente el Espíritu Santo, tantas veces prometido por Jesús (Jn 14,15-17; 14,25-26; 15,26-27; 16,7-11; 16,12-15), el mismo día de la resurrección o en el día pentecostés?

Ciertamente el verdadero día de la efusión del Espíritu sobre los apóstoles fue el día quincuagésimo. Una razón poderosa es que así lo ha celebrado la Iglesia sin vacilaciones desde sus orígenes, y que esta tradición la recibieron de los mismos apóstoles que son los que mejor saben cuándo recibieron este don que los habilitó para salir a anunciar con convicción todo lo que habían visto y oído: “se pusieron a hablar en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”.

Por otro lado, todos hemos visto una abundante iconografía del episodio de Pentecostés, en que el don del Espíritu se hizo sensible por medio de la ráfaga de viento y visible por medio de las lenguas de fuego que se posaron sobre los apóstoles. En cambio, no recordamos haber visto una representación de Cristo en actitud de soplar. Si éste hubiera sido el momento de la efusión del Espíritu, sería ésta la imagen más difundida. Podemos agregar, además, que en este episodio no estaban presentes todos los apóstoles, pues faltaba Tomás. En cambio, el día de Pentecostés Jesús se había cerciorado de que no faltara ninguno; el libro de los Hechos de los Apóstoles nos entrega la lista completa de los Once, más Matías, que ocupó el lugar de Judas Iscariote (cf. Hech 1,13.26), y subraya: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar” (Hech 2,1).

¿Qué sentido tiene, entonces, el gesto de soplar que Jesús hace y sus palabras: “Recibid el Espíritu Santo”? Podemos decir que es una nueva promesa, más expresiva que las anteriores, de ese don del Espíritu que los apóstoles habían de recibir en su momento. En esa ocasión Jesús aclara que, gracias a ese don, ellos podrían continuar la misma misión que él recibió de su Padre: “Como el Padre me envió, así yo os envío”. La misión de Jesús consistió en ofrecer su vida en sacrificio para remisión de los pecados. Los apóstoles son enviados a administrar los méritos infinitos de la pasión y muerte de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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