Meditaciones Dominicales

Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor (Mc 14,1-15,47)
Domingo de Ramos - 25 de marzo de 2018

La Iglesia Católica celebra hoy día el Domingo de Ramos, que recuerda y revive la entrada triun­fal de Jesús en Jerusa­lén, donde pocos días después había de morir clavado a la cruz. Este domingo recibe su nombre de un hecho que está registrado en el Evange­lio: al paso de Jesús que entraba en Jesusalén, montado sobre un pollino, "muchos extendieron sus mantos por el camino; otros exten­dieron ramas cortadas de los árboles" (Mc 11,8). De aquí habría recibido el nombre "Domingo de Ramos". Si se pregun­ta, ¿ramas de qué árboles? Debemos responder: de olivos. En efecto, la caravana que escoltaba a Jesús partió del monte de los Olivos, el monte que está frente a Jerusalén al otro lado del torrente Cedrón, llamado así precisamente porque estaba cubierto de olivos. Era imposible encontrar ramas de otro árbol. Por eso hoy día en la Misa principal en cada parroquia se hace memoria de este episodio evangélico por medio de la proce­sión de los fieles que escoltan al sacerdo­te, revestido de rojo, llevando ramos de olivos en las manos.

Es importante registrar lo que gritaba el pueblo al paso de Jesús: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!... ¡Hosanna en las alturas!". Así fue aclamado Jesús a su entrada en Jerusalén. Estos gritos iban a desencadenar los hechos que lo llevaron a su muerte en la cruz. Todos reconocemos en esos gritos de júbilo la misma aclamación que en cada Misa introduce la plegaria eucarís­tica. Si con esa aclamación se dio entrada a Jesús en Jerusalén, donde iba a ofrecerse en sacrifi­cio muriendo en la cruz, es signi­ficativo que se cante esa aclamación en la acción sacramental que va a hacer presen­te sobre el altar ese mismo sacrificio con toda su efica­cia salvífica. Por eso resulta inoportuno que al canto del "Sanctus" se le acomoden otras palabras. En efecto, adoptar otras palabras en ese lugar de la Misa hace perder toda la ambientación de lo que se está conmemorando.

En otros lugares se llama a este domingo "Domingo de Palmas". Este nombre se inspira en el Evange­lio de San Juan. En ese relato de la entrada de Jesús a Jerusa­lén, el pueblo no extiende las ramas por el suelo sino que "tomaron ramas de palmera y salieron al encuentro de Jesús gritando: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Jn 12,13). También este hecho está evocado en nuestra celebra­ción, porque el sacerdote y algunos ministros llevan en la procesión ramos de palmera.

En cada Misa en la que participamos repe­timos la aclamación "Hosanna". Tal vez la hayamos cantado miles de veces en nuestra vida. Ya hemos explicado que ella resonó con ocasión de la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero ¿sabemos cuál es su significa­do? Esta palabra es la trans­cripción de un verbo hebreo en la segunda persona singular del modo imperativo. En hebreo suena así: hos­hiá-na. El verbo en cuestión es el verbo "hoshía'" (raíz "yas­há'") que signifi­ca: salvar, liberar. El sujeto era gene­ral­mente Dios, como ocurre en los salmos: "¡Salva, Yahveh, que no hay quien sea fiel!" (Sal 12,1); "¡Oh Yahveh, salva al rey, respón­de­nos el día de nuestra súpli­ca!" (Sal 20,9); "Salva a tu pueblo, bendice tu heredad" (Sal 28,9). Sobre todo, en el salmo 118,25: "¡Ah, Señor, salva! (Yahveh hoshiáh-na)... ¡Be­n­dito el que viene en nombre del Señor!... ¡Cerrad la procesión con ramos hasta los ángulos del altar!". De aquí se toma la aclamación que gritaba el pueblo cuando entraba Jesús en Jeru­sa­lén. Conocien­do el signifi­cado de esa aclamación, comprende­mos mejor lo que quería decir el pueblo y lo que decimos nosotros cada vez que la cantamos durante la santa Misa. Pedimos a Dios que nos salve y reconocemos que esa salva­ción nos ha sido dada en Jesu­cristo. El mismo nombre de Jesús significa: Yahveh salva.

Este domingo toma también el nombre de "Domingo de Pasión", porque en la celebración de la Misa se lee el relato de la Pasión. Este año se toma del Evangelio de San Mar­cos. La celebración de este día es como recorrer con Cristo el camino desde su entrada en Jerusalén hasta su muerte en la cruz. Como dijimos, es lo mismo que hacemos en cada Eucaris­tía que celebramos. Pero en la Eucaristía se hace memoria de todo el ciclo pascual, es decir, tene­mos allí el encuentro con Cristo resucitado y glorioso, tal como está ahora a la diestra del Padre en el cielo.

El relato de la Pasión seguida de la resurrección de Cristo es el núcleo más original del Evangelio. Con razón alguien ha afirmado que los Evangelios son el relato de la Pasión y resurrección de Cristo precedido de largas intro­ducciones. Podemos, en cierta medida, verificar la exacti­tud de esta afirmación leyendo en los Hechos de los Apóstoles la predicación más original de San Pedro: "A este Jesús a quien vosotros matásteis clavándolo en la cruz por mano de los impíos... Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hech 2,23.32). El relato de la Pasión de Cristo se leía en la celebra­ción de la Eucaristía, que es la memoria y actua­lización de ese hecho entre los partici­pantes. Por eso este domingo en que leemos entera la Pasión de Cristo, la celebración de la Misa adquiere un sentido profundo.

Que esta introducción de la Semana Santa mueva a todos a participar en las celebraciones litúrgicas de estos días, sobre todo, durante el triduo pascual. Tomar esos días como meras vacaciones y ocasión para divertirse, es profanar los hechos que nos han dado la salvación. Esos días debemos contemplar a Jesús haciendo realidad su declaración: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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