Meditaciones Dominicales

Dios es amor (Mc 1,14-20)
Semana III del Tiempo Ordinario - 21 de enero de 2018

El Evangelio de este domingo nos ofrece un resumen de la predicación de Jesús: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”. El punto principal de este resumen es el llamado a la conversión: “Convertíos”.

El verbo griego que se traduce por “convertíos” expresa un cambio de mentalidad: “metanoéite”. Es un llamado a cambiar radicalmente de mente, a cambiar los valores que gobiernan la vida. A este llamado Jesús agrega una nota de urgencia: “El tiempo se ha cumplido”. Con esto quiere decir que la conversión es una decisión que hay que tomar ahora y no dejar para después; dejarlo para después sería desoír el llamado. Y, sobre todo, Jesús agrega una motivación: “El Reino de Dios está cerca”. Esta motivación es la Buena Nueva, es decir, la revelación del amor de Dios hacia el hombre. La conversión debe ser nuestra respuesta al amor de Dios, cuya medida expresa Jesús en estos términos: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). El apóstol San Juan entendió esa medida y esa motivación: “Si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,11). La conversión se produce cuando se presta fe al amor de Dios. Por eso Jesús expresa el mismo llamado a la conversión de esta otra manera: “Creed en la Buena Nueva”. Y el mismo apóstol Juan aclara que él se ha convertido porque ha creído en ese amor: “Y nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor: y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16).

El amor de Dios es la motivación perfecta para la conversión. Pero existe otra motivación menos perfecta, pero también válida. Es la que Dios manda proclamar al profeta Jonás, como leemos en la primera lectura de este domingo: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!” (Jon 3,4). Aparece también la nota de urgencia; pero la motivación es el temor al castigo. La gran ciudad de Nínive escuchó ese llamado: “Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó” (Jn 3,5·10). También Jesús en alguna ocasión usó esta motivación. A propósito de aquellos galileos cuya sangre mezcló Pilato con la sangre de los sacrificios, o de aquellos sobre los cuales cayó la torre de Siloé, Jesús advierte: “Si no os convertís, pereceréis todos del mismo modo” (Lc 13,3·5). O cuando cita la impresionante sentencia que se dictará en el juicio final sobre quienes no hayan amado a sus hermanos: “Id, malditos, al fuego eterno...” (Mt 25,41).

Existen entonces dos motivos válidos para convertirse: el amor de Dios y el temor al castigo. Este último es un motivo imperfecto que debe irse perfeccionando a medida que se conoce más a Dios y se experimenta la medida de su amor hacia nosotros. Entonces la conversión será firme y verdadera: “En el amor no cabe el temor; antes bien, el amor pleno expulsa el temor, porque el temor entraña un castigo; quien teme no ha alcanzado la plenitud en el amor. Nosotros amamos, porque él (Dios) nos amó primero” (1Jn 4,18-19). Nuestra participación en la Eucaristía cada domingo y la meditación del Evangelio que allí se hace deben llevarnos a experimentar cada vez más vivamente el amor de Dios y a convertirnos.

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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