Meditaciones Dominicales

Busco tu rostro, Señor (Juan 1,35-42)
Semama II del Tiempo Ordinario - 14 de enero de 2018

Concluido el tiempo litúrgico de la Navidad y Epifanía, comenzamos este domingo el tiempo ordinario. El Evangelio de este domingo nos relata la vocación de los primeros discípulos de Jesús: “Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: ‘He ahí el Cordero de Dios’. Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús”.

Eran discípulos de Juan y pasaron a ser discípulos de Jesús. ¿Por qué pasan tan rápido de un maestro a otro? Porqué estaban formados así. En efecto, Juan resume su enseñanza diciendo: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: ‘Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él’. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,28-30). El “amigo del novio” tiene sólo la misión de conducir la novia al encuentro del novio; pero una vez que el novio llega, su misión cesa, pues “el que tiene a la novia es el novio”.

Juan había enseñado a sus discípulos que el que venía detrás de él es el único que puede “quitar el pecado del mundo”. Pero, para los judíos era claro que “nadie puede perdonar pecados sino sólo Dios” (Mc 2,7). Por tanto, el que esperaban debía ser de naturaleza divina y para quitar el pecado del mundo debía ofrecerse en sacrificio. Por eso Juan lo llama “el Cordero de Dios”. Esta es una enseñanza que un judío podía entender, como se expresa en la epístola a los Hebreos: “Es imposible que la sangre de toros y cabras borre los pecados. Por eso, al entrar en este mundo, (Cristo) dice: ‘Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!’... En virtud de esa voluntad quedamos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo”. El Cuerpo de Cristo ofrecido en sacrificio nos santifica. Él es, entonces, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Los discípulos de Juan “lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús”.

Basados en la enseñanza de Juan, ellos saben bien quién es Jesús. Por eso, cuando Jesús, viendo que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”, ellos no responden, sino que preguntan a su vez: “Maestro, ¿dónde vives?”. Han encontrado lo que buscaban y ya no quieren dejarlo ir. Ellos ciertamente oraban a menudo diciendo: “Escucha, Señor, el clamor de mi voz... Yo digo para mis adentros: ‘Busca su rostro’. Sí, Señor, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro” (Sal 27,7-9). Buscaban el rostro de Dios e intuyen que en Jesús lo han encontrado. Por eso, indagan dónde permanece Jesús, lo siguen hasta donde él mora y se quedan con él para siempre. Este texto es el relato de la vocación de esos apóstoles.

Aún no pueden formular con claridad la verdad que después expresarán con plena convicción: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). Más tarde verán confirmada por el mismo Jesús esa intuición original: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,9·10).

Felipe Bacarreza Rodriguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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