Meditaciones Dominicales

El Señor el refugio de mi vida (Mt 14,22-33)
Semana XIX del Tiempo Ordinario - 13 de agosto de 2017

Toda la vida cristiana consiste en contemplar a Jesucristo con el fin de imitar su conducta y, sobre todo, de reproducir en nosotros su condición de Hijo de Dios. Dos actitudes de Jesús podemos observar en la primera parte del Evangelio de hoy: en la primera Jesús revela su amor a los hombres y en la segunda, su amor a Dios.

Después que Jesús procuró pan abundante para la gente que lo seguía, quiso despedir a la gente: "Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente". Quiso despedirse de cada uno personalmente. De esta manera demuestra su interés por cada uno. Jesús quiere conocer a cada uno por su nombre. Esta conducta de Jesús confirma lo que enseña de sí mismo: "Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas... El pastor de las ovejas llama a cada una por su nombre..." (Jn 10,14·3). Cada uno de esos hombres y mujeres podrán asegurar después con plena verdad: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

La segunda actitud de Jesús que observamos nos revela su amor a Dios su Padre: "Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo". El Evangelio nos permite calcular cuánto tiempo estuvo Jesús orando: desde que cae la noche hasta la cuarta vigilia (que se extiende desde las tres a las seis de la mañana), es decir, más de ocho horas. Sabemos que, cuando Jesús oraba, se dirigía a Dios llamandolo: "Abbá". Nadie puede entender lo que significa esta expresión de profundo afecto filial y de profundo respeto, sino aquel que ha recibido el mismo Espíritu de Jesús: "Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!" (Gal 4,6). Orando de esta manera revelamos nuestra condición de hijos de Dios.

En la segunda parte del Evangelio se nos enseña que el miedo es una pasión propia de la debilidad humana. Quien es víctima de esta pasión carece de la felicidad. No puede ser feliz quien tiene miedo. Pero Dios quiere que seamos felices. ¿Cómo excluir el miedo? La fe en Dios excluye el miedo. Cuando los discípulos vieron a Jesús caminar sobre el agua "se asustaron y gritaron de miedo". Pero esto duró hasta que Jesús les dijo: "¡Ánimo, Yo soy, no tengáis miedo!". Pedro quedó tan liberado del miedo que se anima a ir hacia Jesús caminando sobre el agua. Pero algo pasó que "al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse". ¿Qué le pasó? ¿Por qué volvió a caer víctima del miedo? Porque la fuerza del viento fue mayor que la fuerza de su fe. Es lo que explica Jesús, después que lo agarra y lo salva: "¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?".

"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor el refugio de mi vida, ¿ante quién temblaré?" (Sal 27,1). El que tiene fe siente que es suya la fuerza de Dios. En el Evangelio observamos que la Virgen María no tiene miedo a nada. La explicación la da el ángel Gabriel: "La fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1,35) y ella creía sin vacilación alguna como lo declara Isabel: "Bienaventurada tú, la que crees" (Lc 1,45). También los apóstoles fueron liberados del miedo después que se cumplió esta promesa de Jesús: "Recibiréis fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos" (Hech 1,8).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


Comentarios


FacebookTwitterWhatsAppGoogle+Email App