Meditaciones Dominicales

Entregar la vida por Cristo (Mt 10,37–42)
Semana XIII del Tiempo Ordinario - 2 de julio de 2017

El Evangelio de este domingo es la conclusión del discurso apostólico. Todo el resorte de la predicación apostólica es el amor a Jesús. Por eso Jesús concluye sus instrucciones a los doce apóstoles con estas palabras: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí". Tenemos claro lo que es el amor al padre y a la madre, lo que es el amor al hijo y a la hija; pero el amor a Jesús ¿en qué consiste? Felizmente para responder a esta pregunta no tenemos que hacer grandes razonamientos, porque responde el mismo Jesús: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama... Si alguno me ama, guardará mi palabra... El que no me ama no guarda mis palabras" (Jn 14,15·21·23·24). El amor a Jesús consiste en conocer su palabra y hacerla vida en nosotros. Esto significa "guardar sus mandamientos, guardar su palabra".

Tampoco tenemos que hacer grandes estudios para conocer sus mandamientos, porque se reducen a uno solo y éste, breve: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12). Y él nos amó hasta entregar su vida por nosotros. Llegamos así a la conclusión de que el amor a Jesús consiste en el amor al prójimo hasta la entrega de la vida. Lo dijo también Jesús como conclusión de la parábola del juicio final: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).

Para ser digno de Jesús no basta con amarlo un poco; hay que amarlo más que todo. Hay que amarlo más que al padre y la madre, más que al hijo y la hija, más que la propia vida como resulta claro de esta otra sentencia suya: "El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí". Tomar la cruz y seguir a Jesús significa obviamente estar dispuesto a sufrir una muerte como la suya. Hasta ese punto tiene que llegar nuestro amor a él. Este es el examen de amor que él hizo a Pedro con su pregunta tres veces repetida: "¿Pedro, me amas más que todo?" (cf. Jn 21,15).

La siguiente sentencia de Jesús tiene este mismo sentido: "El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará". Esta es una sentencia formulada en el paralelismo antitético típico de la sabiduría semítica. Pero aquí Jesús introduce en el segundo estiquio una cláusula que le da todo su sentido: "el que pierde la vida por mí". El que quiera, por tanto, encontrar la Vida verdadera, tiene que perder esta vida temporal, pero no por cualquier causa, sino por Cristo. Y ya sabemos que esto equivale a perderla por amor al prójimo.

La semana que acaba de concluir ha celebrado la Iglesia la fiesta de algunos santos que nos han mostrado qué significa perder la vida por Cristo. San Luis Gonzaga, que era el heredero del marquesado de Castiglione, lo dejó todo para abrazar el estado religioso y, siendo novicio jesuita, se ofreció para asistir a los contagiados por la peste como si fueran Cristo mismo, hasta que murió él mismo víctima del contagio. San Juan Fisher y Santo Tomás Moro perdieron la vida por Cristo negandose a aprobar el divorcio del rey Enrique VIII y a firmar su supermacía en la Iglesia de Inglaterra.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

Índice de meditaciones por tiempo litúrgico

Comentarios