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Meditaciones Dominicales

Señor, déjala este año todavía (Lc 13,1-9)
III Semana del Tiempo de Cuaresma - 28 de febrero de 2016

El llamado a la conversión con el cual se abrió este tiempo cuaresmal se hace más insistente en el Evangelio de este III Domingo de Cuaresma. En efecto, dos veces repite Jesús la advertencia: "Si no os convertís, pereceréis todos". Nadie quiere perecer; la condición imperiosa indicada por Jesús para esca­par a esta desgracia que amenaza a todos es la conversión.

Veamos en qué circunstancias formuló Jesús esa adver­tencia. El Evangelio de hoy se abre con estas pala­bras: "En aquel mismo momento llega­ron donde Jesús algunos que le contaron lo de los gali­leos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrifi­cios". En esta intro­ducción hay una clara acentua­ción de la circunstan­cia de tiempo: "En aquel mismo momento...". No da lo mismo que estos mensaje­ros hayan llegado en este momento o en cual­quier otro. El hecho de que hayan llegado en este preciso momento dará mayor realce a la enseñanza de Jesús. Esto nos lleva a inves­tigar qué ocu­rría en ese preci­so momen­to.

En ese momento Jesús estaba exhortando a la gente a discernir los signos de los tiempos. Les decía que así como son tan hábiles para discernir los signos atmosféri­cos que anun­cian la lluvia o la sequía, así mismo deberían saber discernir el momento histórico que se vive: si Dios ha fijado un tiempo a la vida de la humanidad en esta tierra, ¿en qué momento de ese tiempo nos encontramos hoy?; si Dios ha fijado un tiempo a mi propia vida, ¿en qué momento de ese tiempo me encuentro hoy? Y para hacer sentir la urgencia de cambiar de vida hoy -no mañana, porque mañana sería demasiado tarde-, les propuso esta analogía: "Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura arreglarte con él por el camino" (Lc 12,58). El "camino" es claramente una metáfora del desarrollo de nuestra vida; ¡hay que convertirse antes de que ella llegue a su término! Sigue advirtiendo Jesús, dentro de su analo­gía: "De lo contrario, te arrastrará al juez, el juez te entregará al alguacil y el alguacil te meterá en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo" (Lc 12,58-59). Se trata de alguien que merece ser condenado porque ha cometido un grave fraude; a éste urge reconocer su delito y ponerse bien con su acusador antes de ser sometido a juicio.

Esto estaba enseñando Jesús cuando le llegaron con el cuento de aquellos galileos a quienes había sorprendido una muerte tan injusta e inesperada mientras ofrecían sacrificios: "Pilato mezcló su sangre con la de sus sacri­ficios". En el contexto de lo que Jesús estaba enseñando podría concluirse que esos galileos eran especialmente culpa­bles y que llegaron al fin del camino antes de arre­glar sus cuentas con Dios; su muerte habría sido el casti­go por sus pecados. Pero Jesús rechaza esta conclusión: "¿Pen­sáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, pereceréis todos del mismo modo". Y para reafirmar esta misma conclusión Jesús agrega otro caso, también conocido por sus oyentes: "O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo asegu­ro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo".

Jesús asegura que esos galileos no eran más peca­dores que todos los demás galileos, sino que eran igual­mente pecado­res que todos los demás galileos; y que esos diecio­cho no eran más pecadores que todos los demás habi­tantes de Jerusalén, sino que eran igualmente pecadores que todos los demás habitantes de Jerusalén. Es decir, que todos somos pecadores y todos merecemos ser condenados y perecer igual que aquéllos. La única forma de escapar a esa des­gracia que merecemos, es la conversión.

La condición previa de toda conversión es reconocer que somos pecadores y que merecemos la condenación por nuestros pecados. Esto lo reconocía ya David; se reconoce pecador desde el primer instante de su existencia: "Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 51,7). Y si alguien, después de examinar su vida no se encontrara pecador, es que ha perdido la delica­deza de conciencia y está fuera de la verdad, pues la Escritura enseña: "El justo peca siete veces" (Prov 24,16).

La segunda condición de la conversión es el dolor del pecado cometido y reconocido. El Catecismo enseña que "la conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables llamada 'aflicción de espíritu' o 'arrepenti­miento del corazón'" (N. 1431). Este dolor proviene de la consideración del amor de Dios al que pecando hemos ofen­dido: "Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron" (Catecismo, N. 1432).

La tercera condición es el firme propósito de enmien­da, es decir, "una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro cora­zón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometi­do. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de la gracia" (N. 1431).

En la segunda parte del Evangelio Jesús presenta una parábola en la cual se nos enseña que todavía tenemos un tiempo para convertirnos. El dueño de una higuera, que hace tres años que no da fruto, ordena que sea cortada: "¿Para qué va a cansar la tierra?". Pero el viñador inter­cede pidiéndole tener paciencia un año más: "Señor, déjala este año todavía; si no da fruto, la cortas". Ahora es el tiempo de la paciencia de Dios, como enseña la segunda epístola de Pedro: "Dios usa de pacien­cia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conver­sión" (2Ped 3,9).

                           + Felipe Bacarreza Rodríguez

                             Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

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