Meditaciones Dominicales

Si eres el Hijo de Dios (Lc 4,1-13)
I Domingo del Tiempo de Cuaresma - 14 de febrero de 2016

El Evangelio de este I Domingo de Cuaresma nos presenta el episodio de las tentaciones que sostuvo Jesús en el desierto.

El evangelista Lucas introduce el relato con estas pala­bras: "Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jor­dán, y era conducido por el Espí­ritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo". Después de esta introducción sigue el detalle de las tentaciones. Todo el episodio de las tentaciones en el desierto va a quedar incluido entre dos claras menciones del Espíritu Santo. "Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno. Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se exten­dió por toda la región" (Lc 4,14). Nadie puede ser conducido por el Espíritu a una emboscada. Si Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto y allí fue tentado, eso ocurrió para un fin salvífico. En efecto, resistiendo la tentación y venciendo al diablo, Jesús reparó las caídas del hombre -de Adán y de Israel en el desierto- y así dio gloria a su Padre.

Esto es lo que nos enseña el Catecismo: "Los evange­listas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto (cf. Sal 95,10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo... La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anti­cipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre" (N. 539).

"Lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán". La mención del Jordán nos lleva al momento en que Jesús fue bautizado. Allí leemos: "Bautizado Jesús... se abrió el cielo y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal como una paloma; y vino una voz del cielo: 'Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado'" (Lc 3,21-22). Queda resonando la palabra "Hijo" pronunciada por la voz celestial. La voz del cielo aplica a Cristo el Salmo 2, que es el más mesiánico del Antiguo Testamento. En él se habla de un rey consagrado por Dios al cual dice: "Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy" (Sal 2,7). A esto se refiere el diablo cuando, en dos de las tentaciones, dice a Jesús: "Si eres el Hijo de Dios...".

La primera de las tentaciones ocurrió al cabo de los cuarenta días. "Jesús no comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre". El hambre es uno de los reclamos más evidentes de la naturaleza humana, tanto más cuando se trata de un hombre que no ha comido "nada" durante cuarenta días. Que Jesús haya sentido hambre es prueba de que es verdadero hombre. De esto no hay duda. Pero es necesario creer que él es verdadero Dios. Para creer esto es necesario tener fe sobrenatural. Y el diablo no puede tener esta fe. Por eso pide un milagro: "Si eres el Hijo de Dios di a esta piedra que se convierta en pan".

Jesús es el Hijo de Dios y habría podido hacer que esa piedra se convirtiera en pan; tenía poder para eso y mucho más. Pero entonces habría anulado las exigencias propias de la naturaleza humana, habría evitado el sufrimiento causado por la falta de alimento, y en esto habría sido infiel a su misión. Con razón el Catecismo dice que esta victoria de Cristo es anuncio de la que conquistaría en la cruz, porque allí la tentación fue la misma: "Si eres Hijo se Dios, salvate a ti mismo y baja de la cruz" (Mt 27,40). ¡Imaginemos qué hubiera ocurrido, si, en una hipótesis imposible, Jesús hubiera cedido a esta tentación y hubiera bajado de la cruz! No se habría consumado el sacrificio redentor y él no habría podido decir esas últimas palabras: "Todo está cumplido" (Jn 19,30). Dentro de este "todo" estaba incluido el ofrecer la vida en sacrificio.

En la segunda tentación el diablo ofrece a Jesús la gloria de este mundo; le muestra todos los reinos de esta tierra y le dice: "Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya". En algo tiene razón el diablo: en que la gloria de este mundo es suya. Quien ambiciona la gloria de este mundo, para poseerla, tiene que entrar a pactos con el diablo, pues a él pertenece esta gloria y él la da a quien él quiere. Por eso Jesús lo llama el "príncipe de este mundo". Jesús despreció la gloria de este mundo; él nació en una pesebrera, él no tenía dónde reclinar su cabeza, él murió la muerte más humillante y menos gloriosa a los ojos del mundo. Pero precisamente él afirma: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera" (Jn 12,31). Y ante Jesús el diablo se ve obligado a reconocer: "¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios" (Mc 1,24).

En la tercera tentación nuevamente el diablo quiere inducir a Jesús a demostrar que es el Hijo de Dios; lo lleva sobre el alero del templo de Jerusalén y le dice: "Tirate de aquí abajo", pues Dios no dejará que "su Hijo" se haga daño. Pero esto sería poner a prueba a Dios. Por eso Jesús rechaza la tentación con una cita de la Escritura: "No pondrás a prueba al Señor tu Dios".

Jesús nos enseña el modo de resistir las tentaciones y de cumplir con la voluntad de Dios. Si imitamos a Jesús, dejandonos conducir por el Espíritu de Dios, seremos verdaderamente "hijos de Dios". San Pablo ciertamente tenía en mente este episodio cuando escribe: "Todos lo que se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios". Y agrega: "Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados" (Rom 8,14.17).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

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