Cargando...

Meditaciones Dominicales

Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron (Lc 4,21-30)
IV Semana del Tiempo Ordinario - 31 de enero de 2016

Jesús nació en Belén de Judá, pero se crió en Naza­ret, el pueblo de donde era su madre María. Desde allí había partido a la edad de treinta años (cf. Lc 3,25) para diri­girse al Jordán a recibir el bautismo de Juan. En el momento de su bau­tismo vino desde el cielo el Espíritu Santo y se posó sobre él haciéndose ver como una paloma. Desde ese momento todos los movimientos de Jesús son impulsa­dos por ese Espíritu; desde ese momento él está ungido por el Espí­ritu Santo: es un Ungido, un Mesías. Por la fuerza del Espíritu volvió a Galilea. "Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos... Su fama se extendió por toda la región" (Lc 4,15.14).

     "Iba enseñando en sus sinagogas". Para esto debía esperar el día sábado, pues en este día se reunían los judíos en la sinagoga para el servicio de la palabra. Se sugiere la idea de que Jesús recorría las sinagogas de diversos pueblos de Galilea: Cafarnaúm, Corazim, Betsaida, Genesaret, Caná, etc. El servicio de la palabra en la sinagoga no era arbitrario, sino que se seguía un ciclo de lecturas establecido y cada sábado del año tenía lecturas propias. Jesús, que tenía costumbre de ir a la sinagoga el sábado (cf. Lc 4,16), ciertamente ya sabía cuáles eran las lecturas que debían leerse cada vez. Cuando Jesús vino a Nazaret, su propio pueblo, ya había predicado en las sinagogas de otros lugares y su fama se había extendido por toda la región. ¿Por qué no vino antes a su propio pueblo? ¿Por qué vino a la sinagoga de Nazaret ese sábado y no otro? Jesús sabía qué lectura correspondía leer ese sábado. Podemos suponer, entonces, que vino a Nazaret precisamente ese sábado y no otro, porque sabía que ese sábado debía leerse la profecía de Isaías que dice: "El Espíritu del Señor sobre mí, porque él me ha ungido...".

     En efecto,  "le entregaron el rollo del profeta Isaías". La lectura no pudo ser elegida al azar (como se hace abriendo un libro en cualquier página), porque esto no es posible cuando se trata de un rollo. El texto del profeta Isaías estaba escrito en una tira continua que se enrolla. Para encontrar un pasaje determinado hay que desenrollar una parte y enrollar otra hasta dar con el punto deseado (más o menos, como una cassette). Jesús desenrolló el rollo hasta que encontró el pasaje que correspondía leer ese día: "El Espíritu del Señor sobre mí, porque él me ha ungido...".. Jesús quería comentar ese pasaje en el pueblo donde él se había criado y, por tanto, donde era más conocido.

     Si había elegido este sábado para predicar en la sinagoga de Nazaret, porque este sábado debía leerse ese pasaje, era fundamental que la lectura la hiciera él mismo. Esa profecía está formulada en primera persona y nadie fuera de él podía leerla con propiedad. Nadie, fuera del Mesías verdadero, podía leer esa profecía dándole cumplimiento en el acto de leerla. Por eso, el Evangelio dice que esta vez Jesús mismo "se levantó para hacer la lectura".

     Este domingo seguimos leyendo el Evangelio en el punto en que lo habíamos dejado el domingo pasado. Cuando Jesús concluyó la lectura y se sentó "todos los ojos estaban fijos en él". Entonces Jesús comenzó a decir: "Esta Escritura que acabáis de oír, se ha cumplido hoy". Es lo mismo que decir: "Esta profecía está formulada para que la lea yo; yo al leerla le estoy dando cumplimiento. Soy yo el que ha sido ungido por el Espíritu y ha sido enviado a evangelizar a los pobres".

     La reacción es de asombro: "Todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca". Ya era una sorpresa constatar que Jesús podía leer. En ese tiempo no existía el papel y el material de lectura era escaso. Sabían leer y escribir sólo los escribas. El pueblo no sentía la necesidad. Más o menos como ocurre hoy con la computación.

     Pero esto no es nada en comparación con la admiración que suscitaba el contenido de lo que Jesús dice: "He sido enviado a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". ¿Quiere esto decir que ya no habrá más cautivos ni oprimidos ni ciegos? No. Jesús viene a proclamar otro género de liberación, la liberación de la esclavitud del pecado, del temor y de la superstición. Esto es lo que resume la epístola a los Hebreos: "Cristo participó de la sangre y carne, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Heb 2,14-15).

     Pero alguien introdujo la duda: "¿No es éste el hijo de José?". Y la admiración se va a transformar en envidia e ira. Previendo la resistencia que se está creando, Jesús formula un refrán que se ha hecho popular: "En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria". Y para fundamentar esta afirmación recuerda dos casos de la historia de Israel: había muchas viudas en Israel, pero el profeta Elías fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón; había muchos leprosos en Israel, pero el profeta Eliseo obtuvo la purificación de Naamán el sirio. Esta viuda y este leproso estaban en la disposición adecuada para aceptar la acción de esos profetas, en tanto que Israel no lo estaba. La alusión era clara y los nazarenos, en lugar de convertirse, más se endurecieron: "Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira". Era una ira criminal, porque intentaba destruir el objeto de la envidia: "Lo llevaron a una altura... para despeñarlo".

     El desenlace es misterioso: "Jesús, pasando por medio de ellos, se marchó". No dice que haya escapado de ellos con esfuerzo; dice que pasó por el medio, sin que nadie lo detuviera, y se marchó sin descomponerse. ¿Cómo puede alguien librarse de la ira con esa facilidad? En este desenlace queda en evidencia la verdad de lo predicado por Jesús: él es el Mesías y nadie puede tocarlo si él no lo permite. Esta misma protección ejerce sobre los que creen en él.

                           + Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile).

Índice de meditaciones por tiempo litúrgico

Comentarios

Síguenos:

Actividad reciente: