Meditaciones Dominicales

Se llenaron todos de Espíritu Santo (Jn 14,15-16.23b-26)
Solemnidad de Pentecostés - 19 de mayo de 2013

Transcurridos cincuenta días desde la Resurrección del Señor y diez días desde su Ascensión al cielo, la Iglesia celebra hoy el día en que vino sobre los apóstoles el Espíritu Santo según la promesa de Jesús.

Poco antes de ser llevado al cielo, Jesús les había dicho estas última palabras: "Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de fuerza (dynamis) desde lo alto" (Lc 24,49). La "Promesa del Padre" es algo espiritual e interior, que opera en el corazón de los apóstoles; pero también tiene claras manifestaciones exteriores. Por eso Jesús dice textualmente que ellos "serán revestidos" de fuerza. La fuerza que tienen los fuertes de este mundo es algo que se manifiesta y todos la experimentan; pero la fuerza que Jesús promete a sus apóstoles no es de este mundo, sino "de lo alto". Sus manifestaciones son mucho más impresionantes. Mientras no recibieran esta "fuerza", los apóstoles no podrían cumplir la misión que Jesús les encomendaba. En los Hechos de los Apóstoles se repite la promesa de Jesús con estas palabras: "Vosotros recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos" (Hech 1,8).

Hoy día la Iglesia celebra el momento en que esa promesa se cumplió y vino el Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos con María, la madre de Jesús: "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos con un mismo objetivo. De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron una lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos de Espíritu Santo" (Hech 2,1-4). Así se cumplió lo anunciado por Jesús. Desde este momento la fuerza que actúa en los apóstoles es tan evidente que el libro de los Hechos de los Apóstoles atribuye el progreso de la evangelización directamente al Espíritu Santo. Cuando Pedro y Juan son detenidos y llevados ante el Sanhedrín, que es el mismo tribunal que dos meses antes había condenado a Jesús, los apóstoles no tienen temor de dar testimonio de Jesús, de manera que los miembros del Sanhedrín, "viendo la valentía de Pedro y Juan, y sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura, estaban maravillados" (Hech 4,13). Si esto no bastara para hacer evidente la acción del Espíritu, se agrega esta observación general: "Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en el pueblo" (Hech 5,12).

El Espíritu Santo no sólo fue prometido por Jesús instantes antes de ser llevado al cielo, sino también repetidamente durante la última cena con sus discípulos. El Evangelio de Juan nos transmite cinco de esas promesas. Cada una de ellas agrega nuevas precisiones sobre esta Persona divina. De esas promesas de Jesús podemos concluir que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y por Jesús, una vez que Jesús ha sido glorificado y se ha sentado a la derecha del Padre; que opera en el corazón de los fieles haciendoles comprender quién es Jesús y abriendoles el sentido profundo y verdadero de sus palabras; que, de esta manera, los habilita a ser sus testigos con valentía, hasta el punto de dar la vida por él.

El Evangelio de este domingo nos presenta dos de esas promesas. En la primera (que es la segunda de las cinco), Jesús promete que, a petición suya, el Padre enviará "otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre". Pero pone esta condición: "Si me amáis". Y para que podamos controlar la autenticidad de ese amor ofrece este criterio: "Cumplir mis mandamientos". Jesús le da el nombre de "otro Paráclito", es decir, uno que vendrá una vez que él se haya ido. Un Paráclito es Jesús y el otro es el Espíritu Santo. "Paráclito" es el que está junto a otro para defenderlo, asistirlo y consolarlo. Esto es lo que hizo Jesús mientras estaba con sus discípulos; cuando se realice la promesa, esa misión la cumplirá el Espíritu Santo "para siempre".

Decíamos que una de las acciones del Espíritu Santo es abrir a los discípulos el sentido profundo de las palabras de Jesús y hacerlos captar la verdad que ellas comunican. Jesús distingue dos momentos. Uno es el momento en que él habló: "Os he dicho estas cosas estando entre vosotros"; otro es el momento en que el Espíritu Santo actuará en el corazón de los fieles: "El Espíritu Santo... os lo enseñará todo y os recordará lo que yo os he dicho". Lo dicho por Jesús habría quedado sin comprender por parte de los apóstoles y, por tanto, sin aplicación concreta en la vida de ellos, si el Espíritu Santo no hubiera venido. Cuando el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles el día de Pentecostés, entonces, conocieron quién era Jesús y comprendieron su enseñanza; recién entonces pudieron ser sus testigos y dejar a todos admirados por su sabiduría.

Todos sabemos que "Christós" es la traducción al griego del término hebreo "Mashíaj" y que ambos significan "Ungido". Nunca vemos en el Evangelio que alguien unja a Jesús (salvo los casos en que una mujer le unge los pies en Jn 12,3 y Lc 7,46). ¿Por qué, entonces, se dio este nombre a Jesús? ¿Por qué, con tanta solemnidad, Pedro confiesa: "Tú eres el Cristo" (Mc 8,29)? Porque el que estaba prometido en el Antiguo Testamento y que debía llenar la expectativa de salvación de Israel era un Ungido. Y ¿por qué un Ungido? Porque este era el gesto por el cual se comunicaba el Espíritu de Yahweh. Jesús entonces es el Cristo (el Ungido) porque él estaba lleno del Espíritu Santo. Este es el sentido del relato de su Bautismo en el Jordán: "Bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma" (Lc 3,22). Y cuando él comienza su misión declara justamente: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque él (el Señor) me ha ungido" (Lc 4,18). Jesús es el Cristo y el Mesías porque él posee el Espíritu y lo posee "sin medida" (Jn 3,34).

El relato de Pentecostés nos asegura que también la Iglesia está llena del Espíritu Santo. Por eso el Catecismo enseña: "Esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico" (N. 1287). "Pueblo mesiánico" es lo mismo que "pueblo cristiano". Es el pueblo que se caracteriza por poseer el Espíritu Santo. En él deben verse con claridad las manifestaciones del Espíritu. San Pablo nos dice cuáles son: "El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, castidad" (Gal 5,22-23).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)


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