Meditaciones Dominicales

El Hijo de Dios me amó (Lc 19,28-40)
Domingo de Ramos - 24 de marzo de 2013

En la liturgia de la Palabra de este Domingo de Ramos se hace la lectura de la Pasión de Cristo, tomada del Evangelio de Lucas. El relato es notable por su sobriedad, aunque en ciertos puntos se deja ver la emoción contenida del evangelista, llamando la atención del lector sobre la atrocidad que se está cometiendo.

Cuando relata el prendimiento de Jesús, Lucas escribe:  “Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: ¡Judas, con un beso entregas el Hijo del hombre!”. El evangelista se resiste a escribir que el traidor besó a Jesús de hecho (comparar con Mt 26,49 y Mc 14,45). El hecho es demasiado deleznable.

Entre los ultrajes a Jesús, después de su condena por el sanhedrín, Mateo y Marcos dicen: “Se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearlo” (Mt 26,67). Lucas omite los escupos, porque le parece indigno que Jesús tenga que soportar eso: “Los hombres que lo tenían preso se burlaban de él y lo golpeaban” (Lc 22,63).

Por último, podemos observar el comentario que se le escapa al evangelista ante la petición del pueblo de que les sea liberado Barrabás: “Pilato soltó al que habían pedido, al que estaba en la carcel por sedición y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad”. Esta voluntad la habían expresado a gritos diciendo: “¡Crucificalo, crucificalo!”. Lucas contrasta el crimen de Barrabás con la inocencia de Jesús, y así subraya la injusticia de esa petición.

La celebración de este domingo está introducida por el relato de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Aquí los gritos de la multitud al paso de Jesús eran estos otros: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey!”. Lucas agrega: “Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Esta expresión recuerda el coro de los ángeles que en los campos de Belén se aparecieron a los pastores para anunciarles el nacimiento de Jesús: “Gloria en las alturas a Dios... y paz en la tierra...” (Lc 2,14). ¿Quiere insinuar Lucas que a los gritos de los hombres se agrega el coro de los ángeles? En todo caso, si los hombres a los pocos días cambiarán su aclamación por esta otra: “No tenemos más rey que el César” (Jn 19,15), en el cielo los ángeles seguirán aclamando a Jesús como motivo de gloria en las alturas, es decir, para Dios, su Padre.

Lucas asocia a esa alabanza también a la naturaleza inanimada. En efecto, cuando los fariseos, indignados de que se aclame a Jesús como rey, le piden que modere el fervor popular, él responde: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras”. Las aclamaciones de la multitud callaron, cuando Jesús murió en la cruz. Pero entonces la naturaleza hizo oír su voz: “Tembló la tierra y las rocas se hendieron” (Mt 27,51).

La semana santa es una ocasión que Dios nos da para contemplar el inmenso amor que Dios nos tiene. Al considerar cuánto tuvo que sufrir Jesús para salvarnos del pecado y de la muerte eterna cada uno deberá reconocer: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). Nadie puede asistir indiferente a estos hechos. Nadie debe tomar estos días santos como una ocasión para pasear y divertirse. Nuestra actitud debe ser esta otra: “Todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeandose el pecho” (Lc 23,48).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)


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