Corpus Christi (Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo) es la gran fiesta del asombro y el júbilo por la real presencia de Jesús en medio de nosotros. No cargamos en andas por las calles un trozo de pan, sino al Señor en su divinidad y humanidad, insignificantemente oculto, y sin embargo verdaderamente presente.

¡Cómo se emocionaría cualquier uno de nosotros al encontrarse con el Papa! Cuán nervioso estaría un alcalde ante el anuncio de la visita del Papa a su ciudad, y sin embargo se trataría apenas del representante de Aquel, a quien el sacerdote sostiene entre sus manos.

La blanca Hostia del cielo

“Jesús es el Pan Vivo que baja del cielo” (Jn 6, 51). Él es quien nació en Belén, que significa “Casa del Pan”. Como recién nacido fue puesto en un pesebre, un lugar donde se pone el alimento para los animales, para mostrar de la manera más humilde posible, su voluntad de hacerse Él mismo nuestro alimento. Toda persona que ama, ofrece algo a quien ama. Pueden ser dones materiales, puede ser también su tiempo y su energía. Sólo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no nos da apenas algo, sino que se da a sí mismo. En el misterio de la Eucaristía no cesa el Señor de venir al mundo para simple y totalmente seguir donándose por puro amor a sus amigos. En cualquier lugar donde se celebra la Santa Misa, en cualquier lugar donde se encuentre un tabernáculo con una luz encendida delante, ahí está Belén, la Casa del Pan, según el nombre de la ciudad de David en español.

Los israelitas en el desierto comieron el maná que el Señor hizo caer del cielo para saciar su hambre. El camino de nuestra vida como pueblo de Dios es muchas veces parecido. En medio a las preocupaciones y dificultades, muchas veces nuestro mundo nos parece un desierto, en el cual nos atormentan de modo quemante el hambre y la sed de amor, de sentido, de seguridad y alegría.

Toda Iglesia es un oasis, es una “Casa del Pan” al borde del camino donde podemos hacer una pausa y descansar para recobrar las fuerzas. La carne de Cristo es el pan vivo, que nos salva de la muerte y nos conduce a la vida eterna. Ya en este mundo Él nos regala, si bien de un modo sacramental, aquello que nos espera de modo visible en el cielo: unión interior con Aquel que nos ama hasta el extremo. La Eucaristía es por eso no solamente “algo” que se nos envía del cielo, sino que es el mismo cielo, Jesús, en nuestras iglesias, en nuestros corazones.

Jesús se procuró un burrito que lo cargue

En la Solemnidad del Corpus Christi la Iglesia celebra con gran júbilo a Cristo, el Rey que recorre abiertamente por calles y plazas. El Señor se instala nuevamente en todo pueblo y ciudad por donde el sacerdote lo lleva en la custodia eucarística.

Como en el domingo de Ramos Jesús se sirvió de un burrito –y lo escribo yo que soy sacerdote—o sea, de un hombre débil y pecador, para ser cargado y llevado por el mundo.

Aquí no se trata de la santidad de la persona, sino del servicio de ser “bestia de carga” para llevar el tesoro más precioso por el mundo. Jesús buscó y llamó a hombres, que se hacen en este mundo “burros” para cargarlo a Él.

El Señor quiere visitar a todos los hombres a través del servicio del sacerdote, para conquistar al mundo con su amor humilde. Viene el Rey.

El jinete blanco

Con palabras misteriosas nos habla el Apocalipsis de Juan de este jinete eucarístico: “Vi el cielo abierto y apareció un caballo blanco. El que lo monta se llama ‘Fiel’ y ‘Veraz’. Es el que juzga y lucha con justicia. Sus ojos son llamas de fuego, tiene en la cabeza muchas coronas y lleva escrito un nombre que sólo él entiende. Viste un manto empapado de sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Lo siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, vestidos con ropas de lino de radiante blancura. En el manto y en el muslo lleva escrito este título: ‘Rey de reyes y Señor de señores’” (Ap 19, 11-16).

La novia del Cantar de los Cantares dice: “Mi amigo es blanco y rojo” (Cant 5, 10). Es Jesús: la Hostia blanca, el cáliz rojo de sangre. El jinete que viene del cielo a la tierra, que cada día se hace presencia “roja y blanca” en el altar, para pelear en este mundo el buen combate.

Soldados vestidos de blanco

“Habló por mi Cristo, nuestro héroe” canta uno de nuestros conocidos cantos litúrgicos. El jinete celestial, que día a día “cabalga” por este mundo bajo la forma de una blanca hostia, quiere conquistar nuestros corazones nuevamente, para que nosotros entonces, vestidos en nuestra blanca ropa bautismal, peleemos con Él el buen combate.

En el Corpus Christi hace Él su recorrido triunfal por este mundo. La Iglesia nunca se ha hecho problema para organizar esta fiesta de la manera más fastuosa posible.  “Quantum potes tantum aude”. dice Santo Tomás de Aquino, “¡Haz todo lo que puedas para honrar y festejar al Señor Eucaristía!”.

Cuando recorremos nuestras calles con Jesús, deseamos hacerlo con Él como nuestro Rey. Queremos que Él –el jinete blanco—conquiste todo corazón y reine sobre nosotros. En el Padrenuestro pedimos “venga a nosotros tu reino, así en la tierra como en el cielo“. En la fiesta del Corpus Christi, nos colocamos todos bajo la bandera de Cristo Rey, para servir al Señor. Como “soldados vestidos de blanco” seguimos al Señor y le pedimos que todo el mundo sea Belén, Casa del Pan y lugar donde se instaure su reino de amor.