Una de las cosas que más se ha repetido en estos últimos meses, es que los venezolanos queremos que se haga justicia. Justicia con tantas muertes violentas en 15 años. Justicia en los asesinatos y violaciones de los derechos humanos en los días de protesta estudiantil y con los presos políticos. Justicia ante un sistema carcelario que trata a los presos como si fueran peores que animales. Justicia con tanta anarquía e impunidad. Justicia con los corruptos que han dilapidado las riquezas de nuestra nación, y que son los culpables de la grave crisis económica actual.

Muchas veces le he preguntado a Dios: “¿hasta cuándo tanta injusticia?”. Y por cosas de la vida, en momentos que imploraba una respuesta, cayó en mis manos la encíclica de Benedicto XVI: Salvados por la Esperanza. En el capítulo III de esa Encíclica, donde se habla del Juicio Final, conseguí la respuesta. Y aunque no lo crean, cuando me acuesto en las noches aturdida por tanta maldad, por tanta mentira, por tantas bocas cómplices cerradas para proteger sus intereses… leo unas líneas de ese texto y logro dormirme con una gran paz en el corazón.

A continuación haré algunas reflexiones sobre parte de ese documento.

Benedicto XVI señala que: “ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios…”. ¡Qué distinto sería el mundo si las personas actuaran pensando en la hora de su juicio particular y del juicio final! Y aunque algunos quieran “hacerse los locos” con ese tema, yo estoy convencida que quien actúa mal no puede tener su conciencia y su vida en paz.

Dice Benedicto XVI: “… la fe en el juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna”. Esa afirmación la pongo en negritas porque me pareció impactante, y nunca antes la había escuchado. Muchas personas han muerto sin ver justicia en esta tierra, pero su fe en la vida eterna les garantiza que Dios aplicará la justicia que ellos no pudieron ver aquí.

Benedicto XVI señala que: “…la imagen del juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza. ¿Pero no es quizás también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad”. Pues sí, una responsabilidad que nos debe mantener “en vela” para cuando nos toque la hora de la muerte, porque no sabemos ni cómo ni cuándo nos llegará.

Continúa Benedicto XVI: “la opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno”.

Y Benedicto XVI nos dice: “como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”.

Solo me queda decir que hay que rezar mucho por quienes no están actuando de cara a Dios y están cometiendo tantas injusticias. Este domingo comienza el tiempo de adviento. Es un tiempo propicio para arrepentirse, para acudir al sacramento de la confesión y para poder resarcir todo el mal moral y material que se haya podido cometer. La misericordia de Dios es infinita, siempre y cuando nos arrepintamos de corazón y en adelante vivamos de cara a Dios.

A todos nos llegará nuestra hora. En el Credo se nos habla claramente del Juicio Final donde ante los ojos del mundo entero se sabrá ¡todo! lo que hicimos. Allí de nada valdrá el dinero ni el poder. Estaremos como “desnudos” y no podremos ponernos careta alguna que disfrace nuestros actos. Ese día saldrá a la luz toda la verdad. Y Dios hará justicia, esa justicia que tanto y ¡tantos! clamamos en esta tierra.

¡Sigamos rezando y trabajando con ahínco, para que la justicia de este mundo pueda llegar a nuestra amada Venezuela, para que la podamos ver con los ojos en esta tierra! ¡Y pidamos a Dios y a la Santísima Virgen de Coromoto que nos den mucha fortaleza y nos protejan de todo mal!

María Denisse Fanianos de Capriles
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