Ya están nuevamente en camino: animados grupos de hombres relajados y la mayor parte de las veces con la alegría propia de haber consumido algunos tragos de alcohol, hombres que en el Día del Padre se permiten revivir la alegre época de su soltería.

Como fábricas y oficinas permanecen cerradas ese día y el buen clima en esta época del año lo permite, se ve a los caballeros dejar la usual mesa de tertulia del mesón y dirigirse por lo general al campo, no sin antes haberse abastecido de suficiente cerveza.

Por la noche habrán regresado nuevamente a la rutina diaria, a las esposas e hijos, sin los cuales no podrían celebrar propiamente el Día del Padre. Cuando uno de sus pequeños les alcanza un retrato hecho por él mismo, es entonces cuando los hombres fuertes que durante el día han celebrado el verse libres de casa, patio y rebaño, sienten calentárseles el corazón y se regocijan y alegran por sus familias. ¡Qué hermoso es el Día del Padre, aquí en Alemania!

Imagínate, es el día del padre, y nadie sabe por qué

El Día del Padre se celebra en diversos países en diferentes fechas. En Italia es el 19 de marzo, por la fiesta de San José; en Polonia es el 23 de junio, y en muchos países se celebra el tercer domingo de junio. La fecha más apropiada parecen, de hecho, haberla encontrado los alemanes. No es el feriado oficial lo que permite a los padres irse de excursión, ni lo que le da oportunidad a los niños, a ese día no ir a la escuela, y preparar huevos revueltos y tocino para llevar el desayuno a la cama a sus papás, de modo que tengan una buena comida en el estómago antes de salir de paseo con sus camaradas.

Como la Iglesia celebra ese día la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, pocos de los que celebran este día caen en cuenta de que es precisamente esta fiesta litúrgica el verdadero día del Padre, de quien todos los padres en este mundo son una débil copia.

40 días después de su resurrección, Cristo vuelve donde el Padre. Finalmente vuelve a casa, a la casa de su Padre – para glorificar a aquel de quien es Hijo y con quien comparte la misma naturaleza divina. Cristo celebra con su ascensión el Día del Padre y abraza a quien desde toda la eternidad llama “Abba”, Papá. Y con él celebran todos los justificados, desde Adán y Eva hasta Juan el Bautista, que debieron esperar este día, en el que el Redentor por fin abre de par en par las puertas del cielo. Por primera vez se hermanan las almas humanas y los ángeles, para colmar el lugar del banquete, y celebrar al “Padre en el Cielo”.

Llegar al cielo significa verdaderamente estar en casa

En una maravillosa canción canta Peter Fox la “Casa en el mar”, en la que junto a su esposa y sus 20 hijos quiere envejecer. Describe un idilio verdaderamente celestial: una fiesta familiar con 100 nietos en el jardín, que juegan sobre el verde pasto, mientras que los adultos comen y beben sonrientes. Así podemos imaginarnos el cielo, mientras permanezcamos conscientes que esta imagen romántica no es suficiente para representar el tamaño de lo que “Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9).

En el Día del Padre debe uno dirigir la mirada al cielo y pensar en Dios, que quiere tener a sus hijos con Él en casa. Jesús retorna al hogar para prepararnos un lugar en la casa de su Padre (ver Jn 14,2); no apenas una habitación para huéspedes, lo que Él ha querido preparar para que la disfrutemos temporalmente; lo que nos ha preparado es un apartamento totalmente personalizado hecho a nuestra medida, en el cual vivir felices por toda una eternidad. Es el lugar donde serán satisfechas todas nuestras nostalgias y deseos de seguridad, de paz y amor, de cercanía y al mismo tiempo de libertad no encasillada. Es la Casa del Padre donde Jesús como el primero entre sus hermanos ha regresado, por lo cual todos podemos y debemos alegrarnos.

A nosotros los cristianos nos hace bien aproximarnos conscientemente a la fiesta de la Ascensión del Señor como el verdadero Día del Padre, en el cual honramos al Padre, de quien proviene “toda paternidad en los cielos y en la tierra” (Ef 3,14). Fortaleza y seguridad, confirmación y aliento,  corrección y atención amorosa, todo aquello que hemos recibido de nuestros padres carnales, es reflejo de quien en Cristo podemos llamar  “Abba”, papá.

La misión de Jesús de revelarnos al Padre, se realiza en plenitud el día de su Ascensión. La mirada de los apóstoles hacia lo alto, que busca ver al Señor que sube y desaparece entre las nubes, se tornará el día de Pentecostés en conciencia espiritual de filiación, en fe cierta y segura en Dios Padre amoroso.

Varones religiosos y religiosos varolines

En el Día del Padre todos debemos ser nuevamente como niños que se lanzan confiadamente a los brazos del padre, que se encarga de ellos. En el Día del Padre debemos sin embargo ser también de los padres, que con alegría asumen la responsabilidad sobre aquellos que les han sido confiados.

Hoy en día existen ya demasiados hombres que salen de casa cargados de cerveza no solamente un día al año para disfrutar una supuesta libertad, libertad que nunca les dará la felicidad.

Ya desde mucho tiempo vivimos en un mundo de orfandad de paternidad, en la que los niños crecen como si fueran huérfanos. Casi nadie conoce hoy a Ina Deter, quien en los años ochenta cantaba “Pinto en cada pared: el país necesita de hombres nuevos”. Un verdadero movimiento de hombres no ha existido nunca, y el clamor “el país necesita de hombres nuevos” no ha calado de modo significativo en muchos.

Nuestro mundo, sí, también nuestra Iglesia necesita de hombres que constituyan un espacio de seguridad para otros, en el cual los hijos de Dios puedan crecer y aprender que por Dios vale la pena dar la vida y arriesgarse, aun en medio de peligros y sufrimientos.

El Día del Padre de cada año es por eso también el urgente llamado a ser padres de verdad en la Iglesia, de aquellos que no inviten a vivir en la indefinición, que no necesiten de luz de velas y aceites aromáticos para conseguir una auténtica experiencia de Dios, que no se extienden escribiendo sobre amor y valores y  luego asienten sin entender, que es más importante pensar y discutir sobre un problema que resolverlo con violencia e improvisadamente.

La Iglesia necesita de varones religiosos y espirituales, así como de religiosos varoniles, que ayuden a sus hijos e hijas a no quedarse plantados pegados en el piso, sino a seguir a Jesús y a avanzar subiendo hacia el cielo.

Se necesita finalmente, -aunque la comparación parezca tonta pero adecuada a la “bien regada” fiesta del Día del Padre- cerveza oscura fuerte y recia, proveniente de pesados cántaros de piedra, en vez de la empalagosa cerveza blanca berlinesa, que solo se puede beber a pequeños sorbos y con pajilla. Nuestra vida como cristianos es la de un “comando en ascenso al cielo”. Y solo los padres saben como alentar y darles valor a sus hijos e hijas, para dar el salto con la cabeza en alto y estar dispuestos a asumir esta aventura.