Foto: Flickr de Sarah (Rosenau) Korf (CC BY-SA 2.0)

Foto: Flickr de Sarah (Rosenau) Korf (CC BY-SA 2.0)

Esa es la frase con la cual hoy, Miércoles de Ceniza, nos marcan la cruz en nuestra frente. Una frase dura, que nos pega en el alma y en el corazón, porque recordamos (aunque no queramos) que todos (desde el más humilde hasta el más poderoso) terminaremos convertidos en polvo.

Y es que esa es la única cosa segura que tenemos en la vida: la muerte.

La muerte es un tema difícil de tocar y a muy poca gente le gusta hablar sobre ella. Claro que para quienes somos cristianos se nos hace un poco más fácil la cosa porque desde pequeños nos enseñan que la Verdadera Vida comienza después de la muerte y que lo importante es que luchemos duro para ganarnos el Cielo; y para que ni de broma nos vayamos al Infierno.

Yo pienso que una de las cosas buenas que tiene vivir en Venezuela es que se habla de la muerte con más naturalidad. ¿Qué es duro, es verdad? Pero es vital que lo hagamos porque uno nunca sabe cuándo le toca a uno, o peor, a un hijo. Y no crean que esto lo digo sólo por el tema de la delincuencia; yo conozco más de quince casos cercanos de menores de 20 años que han muerto inesperadamente por enfermedad o accidente.

Y es que muerte es muerte y a cualquier padre que se le muera un hijo (así sea en su cama y en santa paz) lo único que le puede dar un poco de consuelo (porque el dolor no se quita jamás) es la fe y la esperanza en la vida eterna.

Y un momento único para reflexionar sobre este tema es el tiempo de Cuaresma que hoy estamos comenzando. En la Cuaresma se nos presenta una gran oportunidad para que muchos podamos recordar a ese Nazareno doloroso, que era Dios, y que murió para salvarnos a cada uno de nosotros (no al pecador de al lado, sino a mí, a ti). Él, que podía cambiar su propio destino, eligió morir para enseñarnos que esta vida no es nada (por más dinero, poder, inteligencia, belleza, etc., que tengamos) si no ganamos la Vida Eterna.

Podemos pedirle muchas cosas a Dios en esta Cuaresma: que nos aumente la fe; que nos ayude a vivir como buenos hijos, padres, esposos, obreros, empresarios, militares, jueces, intelectuales, políticos … ; que nos ayude a entender que la muerte es el comienzo de la felicidad eterna si caminamos en esta tierra por la ruta que nos dejó Dios en los 10 Mandamientos; que nos ayude a rezar intensamente por esas personas que han muerto inesperadamente y que a lo mejor no estaban aún preparadas para encontrarse con Él; que nos ayude a ser sembradores de paz en todo momento; a pedirle perdón por nuestros errores a través del sacramento de la confesión; y que nos pueda llenar de su gracia divina y así darnos la fortaleza necesaria para enfrentar lo difícil de la vida, nuestra muerte o la de nuestros seres queridos.

Así viviremos listos por si nos llaman para el viaje definitivo hoy, mañana o dentro de 80 años. Si logramos ver la muerte como una amiga cercana, la vida se nos hará mucho más fácil.

Y lucharemos, día a día, tratando de ser personas íntegras dispuestas a dar lo mejor de sí a todos quienes nos rodean. Porque en definitiva, no sabemos si hoy es nuestro último día en esta tierra.

María Denisse Fanianos de Capriles

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 @VzlaEntrelineas