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Muchas veces se piensa que los atentados a la libertad religiosa tienen que ver únicamente con profanaciones de imágenes religiosas, situaciones que cada cierto tiempo ocurren en distintos países de Latinoamérica y que son lamentables, ya que hieren profundamente la devoción y la fe de todos quienes las veneramos.

En el caso de Chile tenemos varios ejemplos, como el atentado a la histórica imagen de la Virgen del Carmen en la Catedral de Santiago y a la Virgen de la Candelaria en San Fernando en Copiapó, o los ataques que ha recibido el Cristo de la Gruta de Lourdes en la Quinta Normal en Santiago. Este tipo de hechos corresponden evidentemente a manifestaciones extremas de intolerancia, pero que se dan en un contexto de una sociedad crecientemente secularizada y con un estado que muchas veces, más que asumir una neutralidad religiosa que le deje espacio a la religión, pasa a ocupar el lugar de la religión. Así, más que estado laico, es un estado laicista, que pretende arrinconar a la fe, quitarle espacio, prohibir toda manifestación pública de la fe y presumir que las personas no tienen ansias de trascendencia.

De esta forma, si bien los atentados a las imágenes son muy tristes y requieren ser condenados, lo que finalmente termina impactando de mayor modo a la libertad religiosa tiene que ver con la forma como el estado limita el espacio necesario para practicar la fe, el cual no solamente debiera ser respetado, sino que además promovido. En efecto, dado que el estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común, éste ha de contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada persona, su mayor realización espiritual y material posible. Tal como lo señala el Punto 421 del compendio de Doctrina Social de la Iglesia,

“La dignidad de la persona y la naturaleza misma de la búsqueda de Dios, exigen para todos los hombres la inmunidad frente a cualquier coacción en el campo religioso. La sociedad y el estado no deben constreñir a una persona a actuar contra su conciencia, ni impedirle actuar conforme a ella”.

¿Será posible una realización espiritual y un respeto a la dignidad de la persona si la libertad religiosa es perseguida por el estado laicista? ¿Qué ocurre cuando se empieza a negar la libertad de conciencia de médicos y clínicas que se niegan a practicar abortos? ¿Qué pasa cuando el estado no permite una diversidad de proyectos educativos y sujeta la provisión de fondos al cumplimiento de condiciones “laicistas” en proyectos educativos católicos? Quizás no sea la quema de imágenes, pero se trata de acciones que indudablemente empiezan a horadar la libertad religiosa, y muchas veces sin que nos demos cuenta. Es por esto que resulta de vital importancia la formación de jóvenes católicos. En Chile, existe una institución, la Academia de Líderes Católicos, que cuenta con más de tres mil egresados y cuyo objeto estriba precisamente en la formación de líderes católicos para promover el bien común y recuperar espacios para la fe.

Ricardo Irarrázabal Sánchez
Profesor Academia de Líderes Católicos

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