Comentario: Hasta Jesucristo, el celibato era virtualmente desconocido. El celibato de Nuestro Señor reveló la esencia de su misión y lo manifestó como el Novio de la Iglesia.

Por el Padre Paul Scalia (Traducción al español Padre Marcelo Varela y Padre Juan Puigbo)

En los últimos seis meses la Iglesia ha sufrido por las horribles revelaciones de los abusos sexuales por parte del clero, la práctica homosexual y el encubrimiento de los responsables. Como es de entender, estos escándalos han provocado que algunos propongan la posibilidad de terminar con el celibato en la Iglesia Católica. Pareciera que esta disciplina ya no nos sirve mucho e incluso podría ser la fuente de nuestros males. Por supuesto, no debemos desechar sin más una práctica tan enraizada en la historia de la Iglesia y tan fuertemente recomendada por nuestro Señor y sus Apóstoles (ver Mateo 19,12; 1 Corintios 7,25-40; Apocalipsis 14,4). Tal vez en esta época, a la luz de la Epifanía de Jesucristo, pudiéramos reflexionar acerca de esta sagrada disciplina, hacia la cual la Iglesia siempre se ha referido como un tesoro; no una carga.

La fiesta de la Epifanía celebra la sorpresiva auto-revelación de Dios, o desde otra perspectiva, nuestra repentina percepción de su presencia. Tomando un pasaje del Prefacio de la Navidad, con el nacimiento de Cristo “la luz de su gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor.” La Palabra hecha carne se revela como luz de las naciones, presente en los Magos de Oriente: “Entrando en la casa vieron al niño con María, su madre. Y postrándose lo adoraron” (Mateo 2,11)

Celibato y la Epifanía

El celibato es en sí mismo una especie de epifanía, es decir, una sorpresiva manifestación o revelación. Hasta Jesucristo era virtualmente desconocido. Algunos pocos de los profetas parecen haber sido célibes (y Oseas tal vez hubiera deseado serlo). Estos hombres son significativos no tanto como excepciones que prueban la regla sino como tipos del Aquel que habría de venir. Cristo casto y célibe es una nueva manera de manifestarse del mismo Dios. El Niño en el pesebre será célibe, no como una característica accidental de su vida sino para revelar algo esencial acerca de si mismo y su misión; para manifestarse como el Novio de la Iglesia.

El nacimiento de Nuestro Señor es también la epifanía de la fecundidad espiritual en el mundo. Previo a su venida, la abstinencia del matrimonio, y por lo tanto de la procreación, no tenía sentido porque el Mesías habría de nacer de sangre judía. Por lo tanto, todo hombre deseaba tener descendientes. En Belén aparece algo nuevo. La nueva luz de Cristo ha revelado un nuevo tipo de nacimiento, el de los “hijos de Dios; los cuales no nacieron ni de la sangre, ni del deseo de la carne, sino de Dios” (Jn 1,13). La fecundidad espiritual es ahora de mayor importancia que la física. Lo esencial es nacer de nuevo, o “de arriba” (Jn 3,3).

El celibato sacerdotal se ordena a esta participación en la fecundidad espiritual, a convertirse en un padre espiritual. Presbyterorum Ordinis, el Decreto del Concilio Vaticano II sobre la vida y ministerio de los sacerdotes, llama al celibato “un signo y estímulo de caridad pastoral y una fuente especial de fecundidad espiritual en el mundo.” Así, el sacerdote renuncia al matrimonio y a los hijos precisamente para convertirse en un padre espiritual. De esta manera atestigua la verdad y superioridad de la fecundidad espiritual. Como san Pablo se convirtió en el padre de los Corintios por su ministerio (cf. 2Corintios 4,16), los sacerdotes engendran hijos en Cristo por su ministerio, su predicación y la administración de los sacramentos. Sin este claro propósito del celibato en mente perderíamos inevitablemente de vista su significado. De hecho, los escándalos dan testimonio de esta verdad: uno de los horrores de la presente crisis es precisamente que los padres espirituales -no cualquiera sino los padres espirituales- han abusado de los niños que les han sido confiados.

Claro está que la Fiesta de la Epifanía es mejor conocida por los misteriosos regalos de los Magos: “Entonces abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra” (Mateo 2,11). Estos regalos ayudan a revelar el contenido de esta epifanía del celibato. La Iglesia siempre ha considerado estos regalos como algo mucho más que sólo bienes materiales. Son importantes no tanto por sí mismos sino por lo que revelan acerca de Jesucristo; el que los recibe. Tradicionalmente se estos regalos se han entendido como una proclamación de Jesús como rey, Dios y hombre. En este mismo espíritu podemos discernir, en los regalos de los Magos, ciertos principios del celibato.

El hecho de que sean regalos nos recuerda inmediatamente que el celibato es en sí mismo un regalo: un “tesoro” como lo describe la Iglesia. Las discusiones acerca de este tema inevitablemente incluyen la insistencia en que no es doctrina, sino disciplina (como si la disciplina en la Iglesia fuera algo que pudiera ser tratado a la ligera). Esto es cierto, hasta cierto punto. Pero este tipo de positivismo no alcanza a abarcar la realidad más profunda del celibato, acerca de la cual tanto la Escritura como la Tradición dan constante testimonio. De hecho, la Iglesia habla del celibato no sólo como una disciplina, sino como un carisma. Es un don otorgado a algunos para el beneficio de todos; es dado a algunos miembros para la edificación de todo el Cuerpo. Por medio del carisma del celibato, algunos en la Iglesia se entregan, con corazón indiviso, al servicio del Señor y del Reino proclamado en la Escritura. Por medio de él “se dedican más libremente en Él y por Él al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su reino” (PO 16).

El Regalo del Oro

Por supuesto que un regalo se recibe tal y como es otorgado. Seríamos malagradecidos si sólo recibiéramos un regalo bajo nuestras propias condiciones. Para recibir el celibato como el don que representa debemos apreciar las cualidades del carisma; cualidades bien simbolizadas en los regalos de los Magos. El primero de ellos, el oro, es algo que tiene un valor perdurable. Así también, el celibato tiene un valor que perdura. A pesar de evidentes y dolorosas fallas y de los constantes llamados a su eliminación, sigue siendo valioso. De hecho, como el oro en una mala economía, su valor se incrementa en una cultura pansexualista. Mientras la gente busca la plenitud en la carne, el celibato apunta hacia una felicidad más elevada y más auténticamente humana. Da testimonio de la verdad acerca de que el hombre fue creado para algo más allá de lo material: para el verdadero gozo, no solo el placer.

Por supuesto, la filosofía detrás del “estándar de oro” del pasado era su valor perdurable. Una moneda asociada a ese estándar de hecho participaba del valor del oro. Aún sin el valor literal del “estándar de oro”, todavía seguimos utilizando esa frase para indicar algo que sirve de base para evaluar todo lo demás.

En este sentido debemos ver el celibato de Nuestro Señor como el “estándar de oro”. Todos los motivos o argumentos en favor del celibato se reducen a lo siguiente: Jesucristo fue célibe. Cualquier celibato anterior a Él apunta al suyo y todo celibato posterior a Él lo imita. Él santifica este estado de vida y le da significado. Él fue célibe por una razón y por lo tanto revela el propósito del celibato sacerdotal: amar a la Iglesia y entregarse por ella; para santificarla; para purificarla con el agua de la palabra; para presentar la Iglesia en esplendor, para que sea santa y sin mancha (cf. Efesios 5,25-27). El celibato de Cristo es el “estándar de oro”. El celibato de un sacerdote tiene valor solo en la medida en que imita y participa del celibato del Señor, solo en la medida en que lo vive en amor sacrificial por la Iglesia.

A este respecto es de mucha ayuda la imagen del hombre célibe que enmarca la celebración de la Navidad: Juan el Bautista, el “Amigo del Novio” (Juan 3,29). El Adviento comienza con el clamor del Bautista y la Navidad termina con él bautizando al Señor. Juan anticipó el celibato evangélico del Nuevo Testamento, es decir, el celibato vivido por “amor al reino de los cielos” y por una “devoción indivisa al Señor” (Mateo 19,12; 1 Corintios 7,35). Él abrazó el celibato para poder cumplir con mayor libertad su misión de preparar el camino del Señor y darlo a conocer cuando por fin viniera.

Para precisar, el celibato de Juan era signo y figura del celibato del Novio. Deriva su valor de su relación con Él. De una manera natural, el amigo enviado para anunciar al Novio va asemejándose cada vez más al mismo Novio. Tan es así que se ve en la necesidad de clarificar: “Yo no soy el Mesías” (Juan 1,20). Su celibato apunta al Otro. Por lo tanto, no tenía nada que decir acerca de si mismo: él no era el Cristo, ni el profeta, sino sólo una voz. De la misma manera el sacerdote célibe, enviado para anunciar al Novio, presenta a Cristo a la gente sin asumir su lugar, sino imitándolo, asemejándose cada vez más a Él, orientando a los demás hacia Él.

El ejemplo del Bautista nos ayuda a identificar un tipo de falla en el celibato sacerdotal. El sacerdote, aun y cuando se esfuerza por imitar e incluso asemejarse al Novio, jamás puede suplantarlo. Hacerlo sería una violación al celibato, sería quitarle la novia al Novio. La forma más evidente de falta de castidad sacerdotal se presenta como lujuria y deseos sexuales desordenados; esto, desafortunadamente, no necesita explicación. Pero esta otra forma de falta de castidad sacerdotal surge de la soberbia: cuando un sacerdote desea ser más conocido que Cristo, amado más que Cristo y alabado más que Cristo. Es el sacerdote-celebridad que hace que sus homilías y sus misas traten más acerca de él que de Cristo. Que incluso ve la homilía y la Misa como suyas.

Esta soberbia sacerdotal es la raíz principal del clericalismo. Utiliza la libertad del celibato para sí mismo, no para el servicio sacrificial. El clericalismo es, en efecto, una forma de falta de castidad: el asumir el lugar que corresponde sólo al Novio. Y esta visión de privilegio (más que de sacrificio) del sacerdocio pavimenta el camino para otras formas de falta de castidad. Desconectado del “estándar de oro” del celibato de Cristo, el celibato del sacerdote no sólo pierde valor sino que causa daño.

Vale la pena notar que el celibato de Cristo establece el estándar para todas las vocaciones, porque su amor es el único amor perfecto. La entrega completa de sí mismo, vivida en el celibato, sirve de paradigma para la auto-donación que debe caracterizar el amor entre el esposo y la esposa. Su celibato habla tanto a los solteros como a los casados. Les enseña cómo cultivar la madurez y el autodominio para vivir de una manera casta y célibe. Alguien incapaz de vivir una vida casta y célibe carece del autodominio necesario para entregarse a sí mismo en el matrimonio. En este sentido, el celibato casto es el necesario precursor de todas las vocaciones.

El regalo del Incienso

El siguiente regalo de los Magos es el incienso, el cual lo asociamos con la adoración. El salmista canta, “Suba a ti mi oración como el incienso a tu presencia” (Sal 141,2). El Apocalipsis habla del incienso como “las oraciones de los santos” (Ap 5,8). Los primeros cristianos eran confrontados por el mundo pagano precisamente porque ellos no ofrecían incienso –adoración- a los ídolos. De la misma manera el celibato es concebido para la adoración. Este carisma es otorgado al sacerdote precisamente para que pueda orar, y de manera especial pueda presentarse ante el altar “sin distracciones” (1 Corintios 7,35). Por supuesto, el celibato no es condición indispensable para el ofrecimiento de la Misa. Pero no por eso debemos pasar por alto la profunda relación entre los dos: una relación presente en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Lo que distingue el celibato sacerdotal es su orientación a servir en el altar y ofrecer la Misa. De hecho ambos, celibato y Misa, tienen que ver con el sacrificio y el ofrecimiento del cuerpo para que otros tengan vida.

En las Sagradas Escrituras nos encontramos con la amonestación de abstenerse tanto de la creación como de la procreación a aquellos que se acercan al Dios vivo (otra indicación del vínculo entre pobreza y castidad). El acercarse a la vida sobrenatural llama a un desprendimiento de la vida natural. En el Monte Sinaí, para la preparación de la epifanía del Señor, se les mandó a los israelitas: “Estén listos al tercer día; no se acerquen a ninguna mujer” (Ex 19,15). Los sacerdotes al servicio del Templo debían abstenerse de relaciones maritales. También san Pablo exhorta a los matrimonios a una continencia periódica (de hecho, un celibato temporal) para que puedan dedicarse a la oración (cf. 1 Corintios 7,5).

La Iglesia primitiva consideró que dado que los que se desempeñaban en oficios menores estaban obligados a la continencia temporal (los Israelitas, los Levitas, parejas casadas), entonces aquellos que se dedicaban diariamente al servicio ministerial debían observar la perpetua continencia -lo que con el tiempo se convirtió en el celibato-. La convicción era que tal desprendimiento permitiría a los ministros (no sólo sacerdotes, sino diáconos y subdiáconos) orar con un corazón indiviso de manera que, como lo expone el Concilio de Cartago, “puedan obtener con toda sencillez lo que piden a Dios.” Por lo tanto, sería apropiado que el sacerdote, quien se acerca al altar y ofrece el sacrificio que da vida, observara la continencia perpetua. El hombre que ejerce una paternidad espiritual de manera única ante el altar debe apartarse de la paternidad natural. El hombre que habla las palabras del Novio -Esto es mi cuerpo- no debe dirigirle esas mismas palabras nupciales a una mujer.

El incienso también indica misterio. Esta es una de las razones por la cual lo usamos en la Misa: para hacer misterioso lo que estaríamos tentados a tratar como mundano y ordinario. Sirve como un velo que nos recuerda (porque siempre estamos en riesgo de olvidar) la santidad – la alteridad – de Aquel que viene con tanta humildad en la Eucaristía. El celibato cumple un propósito similar en el mundo. Es como un velo que llama la atención (en primer lugar del mismo sacerdote) hacia la alteridad del sacerdote; hacia la santidad de lo que es y lo que hace.

Con no poca frecuencia, después de la Misa Dominical, algún niño se acerca al sacerdote y le pregunta acerca de algún aspecto de la liturgia: ¿Por qué? La pregunta del niño significa que la liturgia ha cumplido su función. Ha provocado una impresión y asombro que pueden animar a un mayor entendimiento y devoción. Se le presenta al sacerdote una buena oportunidad de mystagogia; de explicar los sagrados misterios. Algo similar sucede con el celibato. Pocas cosas en la Iglesia provocan más preguntas, asombro e interés. Incluso aquellos que conocen poco acerca de la Iglesia han oído hablar de este tipo misterioso de hombre, que renuncia no sólo a lo que es malo, sino a algo que es profundamente bueno. Se preguntan ¿Por qué?

Como testimonio de algo más, el celibato debe ser misterioso y causar admiración. Las preguntas que se hacen las personas del mundo sobre el celibato denotan que éste está cumpliendo parte de su función. Su asombro nos provee de una oportunidad para hablar del propio celibato casto de Cristo, de sacrificio, y del mundo por venir. La pregunta nos provee de una oportunidad para hablar de Aquél que trasciende todos los amores y del Reino que se ha adueñado de nuestros corazones.

El regalo de la Mirra

Por último, los Magos llevaron mirra: un ungüento utilizado en el mundo antiguo para preparar los cuerpos para la sepultura. Su uso en la práctica era un tanto depresiva: cubría el hedor de un cuerpo en descomposición. Aun y cuando brindaba un olor placentero a algo que de otra manera era repulsivo y horripilante, la mirra servía como recordatorio de la muerte y de la naturaleza pasajera de este mundo. Al mismo tiempo su uso implicaba una cierta reverencia y respeto por el cuerpo. Les transmitía el mensaje a los deudos de que el cuerpo de su ser querido no era sólo un caparazón que se podía desechar. El cuerpo retenía un significado humano que necesitaba ser respetado y de hecho ungido.

Como un signo escatológico el celibato tiene un propósito similar: nos recuerda la muerte y la naturaleza pasajera de este mundo. Aquellos que abrazan el celibato eligen vivir aquí y ahora lo que todos vivirán en el mundo por venir. El matrimonio existe solamente en este mundo. El celibato nos habla de la dimensión del “ya pero todavía no” de la fe. El Novio ha iniciado las bodas con su Novia y el mundo como lo conocemos está pasando. Nos habla del fin de este mundo y de la venida del mundo futuro.

El mundo caído siempre se presentará a sí mismo como nuestro destino final. Nos conmina a permanecer, a echar raíces y a dar por terminada nuestra peregrinación. De la misma manera, el cuerpo -la carne- nos insiste en encontrar nuestra realización última sólo en él. La gente va de placer en placer, persiguiendo lo que la carne siempre promete pero que nunca puede cumplir. Incluso el matrimonio sufre esta realidad. Muchos piensan, equivocadamente, que el matrimonio les traerá la realización cuando, de hecho, nunca podrá y nunca fue ése su propósito. El matrimonio está diseñado para guiar a los esposos a la plena realización; no para realizarse aquí y ahora. Todo esto -el mundo, el cuerpo y el matrimonio- son bienes. Pero para que permanezcan buenos deben mantenerse en su adecuado sitio y no pretender un trono que no les pertenece.

Al igual que la mirra, el celibato da testimonio de la muerte, de la naturaleza pasajera de todas las cosas; incluidos el mundo, el cuerpo y el matrimonio. De esta manera el celibato las relativiza a todas. Coloca al mundo en su adecuada relación con la eternidad, al cuerpo con su resurrección y al matrimonio con las Bodas del Cordero. Nótese que el celibato no las condena. De hecho les sirve al identificar sus límites y de esta manera otorgarles su verdadero significado. Las orienta hacia la verdadera realización humana que es la santidad.

Como la mirra, el celibato también da testimonio de la dignidad del cuerpo humano. Si el cuerpo no tuviera valor no tendría sentido ungirlo después de la muerte y, en todo caso, sepultarlo. De la misma manera, si el cuerpo no tuviera valor -si la sexualidad fuera mala- entonces no significaría nada su ofrecimiento en el celibato. Tal como es, el celibato vive como un signo de que el cuerpo no es sólo un objeto sino un recipiente sagrado; tiene dignidad y es capaz de ser santificado. El celibato es un sacrificio precisamente porque el cuerpo y la sexualidad son buenos.

Aun así, la mirra es para los muertos. Una piadosa tradición nos cuenta que el cuerpo de Nuestro Señor fue ungido con el mismo óleo presentado a José y a María en Belén. Cualquiera que sea su historicidad, esta tradición expresa la verdad de que la mirra de los Magos apunta al sacrificio de Cristo. Lo que nos recuerda que el celibato es también un sacrificio, el hacer morir algo. Requiere morir a uno mismo, una ofrenda que cuesta, que cala en nosotros los sacerdotes. Y de eso se trata. Requiere sacrificar el matrimonio y sus beneficios -no por una sola ocasión, sino en todos y cada uno de los momentos de la vida y ministerio del sacerdote-.

Este morir a uno mismo ha sido pasado por alto en años recientes. Tal vez el deseo de enfatizar sus dimensiones cristológica, nupcial y escatológica ha llevado a los formadores a obviar la realidad de que, aún con toda su bella teología, el celibato sigue siendo un sacrificio. Es una disciplina ascética que la teología puede elevar y dignificar, pero que no puede quitarle. Es una manera de vivir la descripción que hace el Apóstol de los ministros de Cristo: “llevamos siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús sea manifestada” (2 Corintios 4,10)

El descuido de la dimensión ascética del celibato ha privado a muchos sacerdotes de los medios tradicionales para vivirlo: oración, auto-negación, penitencia, mortificación física, etc. El más importante de estos medios, por supuesto, es la oración. La Iglesia exhorta a sus sacerdotes a  que “humilde y fervorosamente oren por” este don del Espíritu (PO, 16). Debería quedar claro que, para vivir el celibato de una manera sana, se requiere que el sacerdote ruegue diariamente por la gracia para lograrlo. Sólo un mendigo puede vivir auténticamente este carisma. Descuidar la oración en este sentido indicaría, o una actitud superficial hacia la importancia del celibato, o un autoengaño sobre las propias fuerzas.

Pero la oración es esencial para el celibato por otra razón: porque es uno de los propósitos del celibato. El sacerdote recibe este carisma no tanto para que pueda verse libre del matrimonio o la familia, o incluso libre para trabajar, sino para que pueda ser libre para orar. Elige estar solo para estar más presente ante el Señor; para interceder más libremente por su gente y contemplar las verdades que les comunicará. Mientras mejor viva el sacerdote de acuerdo con este propósito del celibato más integrará este carisma en su vida. Entre mayor sea su dedicación a la oración mayor sentido cobrará el celibato en su vida. Pero, para el sacerdote que no se esmera en crecer en la oración, el celibato se le volverá cada vez más incómodo, se sentirá cada vez más como un traje que no le queda.

De manera similar, la castidad célibe sólo crece y da fruto en el campo de la mortificación. Sólo cobra sentido cuando se vive en unión con los otros consejos evangélicos: pobreza y obediencia. Sólo es una parte de la triple renuncia a la riqueza, matrimonio e independencia. De hecho, esto se vuelve dolorosamente evidente en la medida en que los reportes que rodean al ex-cardenal McCarrick revelan no sólo la falta de castidad, sino un estilo de vida suntuoso y el abuso de poder. Como ascetismo, el celibato queda fuera de lugar y es insostenible cuando no va unido al sacrificio en otras áreas. Para un hombre rico e independiente el celibato se presenta como un absurdo. A menos que la pobreza y la obediencia se vivan más profundamente, el celibato sacerdotal aparecerá siempre como una rareza en la vida clerical.

Amistad y Celibato

Sabemos que los Magos hicieron el camino a Belén juntos. ¿Eran amigos desde antes? ¿Descubrieron juntos el significado de la estrella? ¿O la estrella los unió? Cualquiera que sea el caso, viajaron, adoraron y regresaron juntos a casa “por otro camino” (Mateo 2,12). Esto nos recuerda la importancia de la amistad para el celibato. De hecho, una de las revelaciones más depresivas de los últimos seis meses es la aparente carencia de amistad entre los clérigos. O, más bien, la falta del tipo de amistad por la cual los hombres luchan juntos en el servicio sacrificado, por la cual un hombre confronta y corrige al otro, y por la cual los hombres aspiran juntos a cosas más grandes, incluso la santidad.

Es interesante que el único párrafo que el Catecismo dedica a la amistad sea en la sección sobre la castidad. El punto es que la amistad capacita al hombre a sostener relaciones profundas que no son sexuales; y sólo ese tipo de hombre puede vivir verdaderamente el celibato. Por supuesto, la amistad no es una “solución” para el celibato. No hay una práctica o secreto para hacer fácil el celibato, porque se supone que involucra una muerte. De cualquier manera, la amistad brinda apoyo. Primero porque nos provee de amigos – de hecho, hermanos – con quienes el sacerdote comparte una misión y un propósito. Segundo, y quizá más prácticamente, porque nos provee de aquellos que nos pueden llamar a cuentas y corregirnos.

Un último pensamiento acerca de los regalos de los Magos: no fueron presentados al Niño Jesús. Fueron entregados para Él, por supuesto, pero les fueron confiados a María y a José. Lo cual es un buen recordatorio para nosotros los sacerdotes de la necesaria intercesión de María y José para ayudarnos a vivir el celibato. Estos regalos de oro, incienso y mirra nos han sido entregados a nosotros sacerdotes. Sólo será auténtico don – un carisma – cuando lo confiemos en las manos virginales de María y José.

El Padre Paul Scalia es sacerdote de la Diócesis de Arlington, Virginia.

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