La de Río de Janeiro ha sido mi cuarta Jornada Mundial de la Juventud. Y ha sido un gozo bastante difícil de explicar haber tenido la bendición de escuchar al Vicario de Cristo en la tierra hablando en español, en “argentino”, con ese tono jovial que ingresa pidiendo permiso y que es casi al mismo tiempo un mandato, una exhortación constante a vivir una vida de santidad.

Lo he visto de cerca y he podido casi palpar cómo ha horadado los corazones de los casi cuatro millones de muchachos que llegaron a esa bella ciudad brasileña.

He visto muchos rostros conmovidos, llenos de lágrimas, felices de la vida, extasiados, entusiastas, plenos de energías, cargados de emociones. He visto de todo. He visto millones de jóvenes de rodillas a la orilla del mar, en silencio ante la Eucaristía. ¡Totalmente alucinante! Y he visto cómo este Papa Francisco, nuestro Santo Padre, ha dejado su huella en el alma de estos chicos que buscan una respuesta verdadera para la vida, que buscan a Dios.

Es importante decir aquí con claridad que ningún análisis o evaluación le hará justicia a todo lo que hemos visto y oído de Francisco en esta Jornada Mundial de la Juventud. Siempre nos quedaremos cortos. Tampoco es mi intención hacerlo.

Y el Papa ha hecho además, como nos tiene acostumbrados, una jugada maestra. Ha respondido de todo y para todos en el viaje de regreso a Roma. Ha hablado de los homosexuales, del lobby gay en el Vaticano, de los divorciados en nueva unión, de las mujeres, de todo un poco. Y ha hablado después de Río.

Si esta conferencia de prensa hubiera sido en el avión de ida a Brasil… los medios habrían estado concentrados en todos estos temas durante la Jornada Mundial de la Juventud. Mientras duró, los medios no reportaron nada significativo que empañara esta tremenda fiesta de la fe, de la fe en Cristo que ha sido confirmada por el Papa.

Al Papa lo vi aterrizar en el aeropuerto de Río en el avión de Alitalia. Lo vi bajar, tranquilo, sereno, contento. Lo vi bendecir a los jóvenes, hablar con ellos, lo vi abrazar al niño de nueve años que quiere ser sacerdote y que no quería soltarlo…

Pude ver al Papa también de cerca en la Catedral de Río. Con esa cercanía y profundidad a la que nos tiene acostumbrado, con la palabra justa, con el gesto preciso, con la sonrisa a flor de labios, con el corazón en la mano caminando entre los hombres y mujeres que han entregado su vida al Señor.

Ese día pude conversar con el Arzobispo de Génova y Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, el Cardenal Angelo Bagnasco, quien comentó que “ha sido una emoción muy grande, estar aquí en esta ciudad y poder compartir con el Papa. Es una emoción por ver el crecimiento de la fe”.

Creo que esa era la experiencia común de todos los que estábamos en Río. En las calles, en la playa de Copacabana, en el metro, en los buses, camino al Cristo Redentor, se respiraba ese ambiente de fe, esa alegría intensa de tantos que anhelan al Señor.

Como dije, no hay forma de hacer una evaluación sobre lo que va a significar la Jornada Mundial de la Juventud de Río para Brasil y para el mundo. Solo el tiempo nos permitirá ver esos frutos de las semillas que el Papa ha sembrado en los corazones jóvenes, en los corazones abiertos que lo esperaron en todos lados: en la calle, en la playa, en el hospital, en la favela y en su muy querida Aparecida, tierra de la Virgen Patrona del Brasil.

El Cardenal Bagnasco también me dijo que en los jóvenes que llegaron a Río ha visto “mucho entusiasmo, están llenos de amor por Jesús y por la Iglesia. Son realmente una esperanza para la Iglesia y para el mundo”.

Eso, una esperanza. Como solía decir nuestro recordado y querido Benedicto XVI. Es una esperanza fundada en algo cierto, en Cristo, la razón de nuestra esperanza, la esperanza que está por encima de toda esperanza.

Hoy se ha dado a conocer el mensaje del Papa Francisco para la Jornada Misionera Mundial que celebraremos el 20 de octubre. En este texto el Santo Padre recuerda que no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia y explica que es necesario tener coraje para confiar en el Señor.

Es necesario y urge tener coraje, tener coraje para anunciar el Evangelio a todos. Eso se me ha quedado grabado de ver y escuchar al Papa en Río.