A un día del Cónclave, en que los Cardenales elegirán, iluminados por el Espíritu Santo, al sucesor de Pedro, veo muchas bienintencionadas pero confundidas críticas y augurios de católicos por el “bien de la Iglesia”.

Que el Papa debe ser tal o cual cosa, que la Iglesia deberá tomar tal o cual camino, que “hay que” corregir esto o lo otro (nótese lo impersonal).

“En la Iglesia se necesita purificación”, dicen unos, “una profunda conversión”, claman los otros.

Y no les falta razón. Pero hay un serio error de óptica en desde dónde comienza la conversión que reclaman.

¿Hay muchas cosas que corregir en la jerarquía de la Iglesia? ¡Muchísimo! ¡Siempre! Y de seguro que los Cardenales ya han reflexionado bastante sobre eso en la semana que han dedicado a las congregaciones generales.

Pero la verdadera conversión que requiere la Iglesia comienza en cada uno de nuestros corazones.

La profunda conversión y purificación debe comenzar en mí: ¿Cuánto estoy rezando? ¿Cuánto estoy participando de los Sacramentos? ¿Estoy formándome en mi fe?

Escasa ayuda para los Cardenales, para el próximo Papa y para la Iglesia toda es llover hoy con críticas, mirar la paja en el ojo ajeno.

Denunciemos el mal, siempre. Pero comencemos denunciando nuestro propio mal, aquel que habita en nuestros corazones.

Entonces, con el corazón verdaderamente convertido, con nuestra propia vida santificaremos la Iglesia.

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