Cristo /  Crédito: Didgeman (Dominio público) - Pixabay_090315

Cristo / Crédito: Didgeman (Dominio público) – Pixabay_090315

Evangelio: Lucas 4,24-30

En aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.” Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

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Reflexión:

La misión del profeta viene de una elección de Dios que le protege ante la difícil tarea de ser signo de contradicción en medio de los gentiles y Jesús sigue el destino de todos los verdaderos profetas, es signo de contradicción.

En el episodio de la sinagoga de Nazareth, entre los suyos, Jesús anuncia su misión no sólo a los judíos y la presentación de la misión de Jesús en medio de los suyos provoca una reacción contraria a él.

Y es que al profeta no se le aplaude porque no habla para agradar, sino para iluminar desde la voluntad de Dios. Por eso nosotros tendríamos que preguntarnos si somos también como Cristo, ¿puede un cristiano pasar desapercibido en medio de los suyos?

Si su misión es la de Cristo, ¿por qué entonces también no es signo de contradicción como él? La misión profética del cristiano se realiza como en Cristo, con palabras y obras. Las palabras tienen que anunciar la salvación de Dios y las obras evidentemente tienen su punto culminante en el amor que es el mayor de los carismas.

Por eso nosotros en nuestro mundo actual tendríamos que ser también como Cristo, profetas del evangelio, la verdad. Anunciarlo con nuestras palabras y por supuesto, hacerlo presente con nuestras obras, con el testimonio de nuestra vida, especialmente, con el testimonio de nuestra caridad.

Que este evangelio pues nos recuerde nuestra vocación de ser Cristo en el mundo, de ser otros cristos, de tal manera que como Jesús busquemos transformarlo desde lo más profundo, convertirlo a Dios y llevarlo siempre.

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