Hijo pródigo / Dominio público - Wikipedia_070315

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Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos.” Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado””.

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Reflexión:

Leemos la parábola más hermosa del Evangelio, la parábola del Hijo Pródigo, o más bien del Padre misericordioso y hay tres personajes en esta parábola. El Padre que representa a Dios y el hijo Mayor, al Fariseo. Pero, ¿quién es el hijo menor? Es el pecador o es más bien cualquier ser humano.

Y es que el hombre busca su libertad y muchas veces piensa que Dios se la quita, así pues empieza por alejarse del Padre cuyo amor no entendió y cuya presencia se le hace pesada. Después de sacrificar esta herencia cuyo precio no conoce, se deshonra a sí mismo y se hace esclavo de otros hombres y de obras vergonzosas.

Para un judío, por ejemplo, el cerdo era el animal impuro. Pero el hijo vuelve, habiendo tomado conciencia de su esclavitud. Se convence de que Dios le reserva una suerte mejor y emprende el camino de regreso.

Al volver, descubre que el padre es muy diferente de la idea que de él se había forjado. Éste lo estaba esperando y corre a su encuentro, lo restablece en su dignidad, borrando el recuerdo de la herencia perdida y así se celebra el banquete del que Jesús habló tantas veces.

Al final de esta parábola comprendemos que Dios es Padre. Él no nos puso en la tierra para cosechar méritos y premios, sino para descubrir que somos sus hijos, pero de hecho nacimos pecadores. El pecado está inscrito en nuestro destino, es lo que llamamos pecado original. Es decir el pecado que envenena los orígenes de nuestra raza y las raíces de nuestra libertad.

Debido a esto muchas veces, la primera manifestación de nuestra libertad es una rebeldía. Dios no se sorprende de nuestras maldades pues al crearnos libres, aceptó el riesgo de que cayéramos. Él no hace suya nuestra distinción entre justos y pecadores, la cual supone que unos merecen premios y otros castigos.

Al contrario, nos acompaña a todos en nuestra experiencia del bien y del mal hasta que pueda llamarnos hijos suyos, gracias a su único Hijo que es Cristo. Éste es nuestro Dios y Padre, el que hace salir el bien del mal, el que nos crea día a día, sin que nos demos cuenta, mientras seguimos nuestros caminos. El que busca pecadores, a los que pueda llenar de sus riquezas, de todo esto no entendió nada el hijo mayor.

La figura del hombre cumplidor de corazón cerrado. Él sirve con la esperanza de ser premiado, por lo menos de ser reconocido superior a los demás, y no puede acoger a los pecadores, ni participar en la fiesta del Hijo porque en realidad no sabe amar.

Ése es en el fondo el mensaje de esta parábola, el amor, la misericordia, el perdón. Ser hijos es recibir el amor del Padre, recibir su perdón, recibir su misericordia, no cerrarnos a ella y amar también nosotros con todas las fuerzas de nuestro corazón. Que el Señor Jesús pues nos enseñe a ser verdaderos hijos de Dios.

Escucha y/o descarga la reflexión aquí:

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