Parábola de los labradores / Alexis Rodriguez / Captura Youtube

Parábola de los labradores / Alexis Rodriguez / Captura Youtube

Evangelio: Mateo 21,33-43.45-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?” Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.” Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.” Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

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Reflexión:

La figura de la viña no es la primera vez que el Señor la usa. El profeta Isaías en el Antiguo Testamento ya la había tomado para referirse al pueblo de Israel. Con cuánto amor Dios formó a su pueblo, con cuánto amor lo cuidó.

Cavó la viña, dice el Señor, la cuidó, quitó las piedras, la rodeó con una cerca para que no la pisen, construyó una torre para que la cuide el vigía. Todo lo que sale de Dios son obras de amor, la viña era la propiedad querida de Dios. Nosotros, los miembros de la Iglesia, somos esa viña que hemos recibido todos los amores y los cuidados de Dios.

Sin embargo, a pesar de todo esto, la viña no dio buenas uvas, sino frutos amargos. ¿Qué más podrá hacer ya el Señor por su viña?, ¿no lo ha hecho ya todo por nosotros?, ¿no nos ha confiado también sus dones, sus sacramentos, su misericordia en abundancia?, ¿no nos ha enviado también a su Hijo como hemos escuchado hoy en el evangelio?

¿Cómo hemos recibido a su hijo?, ¿con amor, con gratitud o a veces con indiferencia y con olvido?, ¿qué más podrá hacer ya Dios por nosotros que no lo haya hecho ya? Estos hombres no solo maltrataron a los primeros enviados del dueño de la viña, sino que además mataron al hijo. En el fondo porque quería apoderarse de la viña.

Esta es la vieja tentación de siempre, la misma tentación desde Adán hasta nuestros días: ser autónomos de Dios, no necesitamos de Dios, no necesitamos del dueño de la viña. Nosotros podemos solos, a mi manera, a mis tiempos, según mis planes, como a mí me parece, que no venga el dueño a molestarnos, nosotros sabemos más que él.

Estos fueron los viñadores homicidas, los corruptos. No nos corrompamos entonces nosotros. Necesitamos de Dios, busquémoslo siempre, no vivamos la vida a nuestra manera sino a la suya, dejémonos conquistar por su amor, por tantos cuidados, por tantas bondades que Dios ha tenido con nosotros.

Que así sea Jesús siempre, el centro de nuestras vidas. Recibámoslo con gratitud todos los días porque viene siempre a visitar a su viña y que así podamos dar frutos buenos, esos frutos abundantes que Dios quiere de nosotros.

Escucha y/o descarga la reflexión aquí:

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