Benedicto XVI: Viaje Apostólico a Chipre 2010

 
Homilìa de la Misa en ocasión de la entrega del Instrumentum Laboris del Sínodo de los Obispos de Medio Oriente: Celebrada en el Pabellón de Deportes Elefteria de Nicosia

Queridos hermanos y hermanas en Cristo

Saludo con alegr√≠a a los patriarcas y obispos de las distintas comunidades eclesiales de Medio Oriente que han venido a Chipre para esta ocasi√≥n y agradezco especialmente a Su Excelencia Youssef Soueif, Arzobispo Maronita de Chipre, por las palabras que me ha dirigido al comienzo de la Misa. Tambi√©n saludo c√°lidamente a su Beatitud Cris√≥stomo II. Perm√≠tanme decir lo contento que estoy por celebrar esta Eucarist√≠a en compa√Ī√≠a de tantos fieles de Chipre, una tierra bendecida por los trabajos apost√≥licos de San Pablo y San Bernab√©. Os saludo c√°lidamente y os agradezco vuestra hospitalidad as√≠ como la generosa bienvenida que me han dado. Extiendo un saludo particular a las comunidades de Filipinas, Sri Lanka y dem√°s comunidades inmigrantes que forman la poblaci√≥n cat√≥lica de esta isla. Rezo para que vuestra presencia aqu√≠ enriquezca la vida y el culto de las parroquias a las que pertenecen, y que ustedes a cambio reciban el sustento del legado cristiano antiguo de la tierra que han hecho su hogar.

Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Corpus Christi, el nombre dado a esta fiesta en Occidente, es usado en la tradici√≥n de la Iglesia para designar tres diferentes realidades: el cuerpo f√≠sico de Jes√ļs, nacido de la Virgen Mar√≠a, su cuerpo eucar√≠stico, el pan del cielo que nos nutre en este gran sacramento, y su cuerpo eclesial, la Iglesia. Al reflexionar en estos diferentes aspectos del Corpus Christi, llegamos a un entendimiento m√°s profundo del misterio de comuni√≥n que une a quienes pertenecen a la Iglesia. Todos los que se alimentan del cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucarist√≠a son "reunidos en la unidad del Esp√≠ritu Santo" (Plegaria Eucar√≠stica II) para formar el pueblo santo de Dios. As√≠ como el Esp√≠ritu Santo act√ļa en cada celebraci√≥n de la Misa para un doble prop√≥sito: santificar los dones del pan y del vino, para que se conviertan en al cuerpo y la sangre de Cristo, y para llenar a todos los que son nutridos con estos dones santos, para que sean un solo cuerpo, un solo esp√≠ritu en Cristo.

San Agust√≠n expresa este proceso magn√≠ficamente (cf. Serm√≥n 272). √Čl nos recuerda que el pan no es fabricado a partir de un solo grano, sino de un gran n√ļmero. Antes de que todos estos granos se conviertan en pan, deben ser molidos. As√≠ hace alusi√≥n al exorcismo al que los catec√ļmenos deben someterse antes de su bautismo. Cada uno de nosotros que pertenece a la Iglesia necesita salir del mundo cerrado de su individualidad e aceptar el "compa√Īerismo" de otros, que "parten el pan" con nosotros. Ya no debemos pensar m√°s como "yo" sino como "nosotros". Esta es la raz√≥n por la que todos los d√≠as, rezamos a "nuestro" Padre, por "nuestro" pan cotidiano. Derribar las barreras entre nosotros y nuestro pr√≥jimo es una necesidad anterior para entrar en la vida divina a la que somos llamados. Necesitamos ser liberados de todo lo que nos enferma y nos a√≠sla: en miedo y la desconfianza en la relaci√≥n de t√ļ a t√ļ con otros, la avidez y el ego√≠smo, la falta de voluntad para correr el riesgo de la vulnerabilidad a la que nos exponemos cuando nos abrimos al amor.

Los granos de trigo, una vez aplastados, son mezclados en la masa y cocidos. Aquí San Agustín hace referencia a la inmersión en las aguas bautismales seguida por el don sacramental del Espíritu Santo, que abraza el corazón de los fieles con el fuego del amor de Dios. Este proceso que une y transforma los granos aislados en un solo pan nos procura una imagen sugestiva de la acción unificadora del Espíritu Santo sobre los miembros de la Iglesia, realizada de manera eminente a través de la celebración de la Eucaristía. Quienes toman parte de este gran sacramento se convierten en el Cuerpo eclesial de Cristo mientras se nutren de su Cuerpo eucarístico. "Sé lo que puedes ver" dice San Agustín exhortándoles, "y recibe esto que eres".

Estas fuertes palabras nos invitan a responder generosamente al llamado a "ser Cristo" para aquellos que nos rodean. Somos su cuerpo ahora en la tierra. Para parafrasear una c√©lebre frase atribuida a Santa Teresa de √Āvila, somos los ojos con los que su compasi√≥n mira a quienes pasan necesidad, somos las manos que el tiende por bendecir y curar, somos los pies en los que se inserta para ir a hacer el bien, y somos los labios para quienes el Evangelio es proclamado. Sin embargo, es importante comprender que cuando participamos as√≠ en su obra de salud, hacemos m√°s que honrar la memoria de un h√©roe muerto prolongando lo que ha hecho: todo lo contrario, Cristo est√° vivo en nosotros, su cuerpo, la Iglesia, su pueblo sacerdotal. Al nutrirnos de √Čl en la Eucarist√≠a y al acoger el Esp√≠ritu Santo en nuestros corazones, nos convertimos verdaderamente en el Cuerpo de Cristo que hemos recibido, somos verdaderamente en comuni√≥n con √©l y los unos con los otros, y nos convertimos aut√©nticamente en sus instrumentos, dando testimonio de √©l ante el mundo.

"La multitud de los creyentes no ten√≠a sino un solo coraz√≥n y una sola alma" (Hch 4:32). En la primera comunidad cristiana, nutrida en la Mesa del Se√Īor, vemos los efectos de la acci√≥n unificadora del Esp√≠ritu Santo. Compart√≠an sus bienes en com√ļn, todas las ataduras materiales eran superadas por el amor por los hermanos. Encontraban soluciones equitativas a sus diferencias, como vemos por ejemplo en la resoluci√≥n de la disputa entre helenistas y hebreos sobre la distribuci√≥n diaria (cf Hch 6, 1-6). Como un observador comentaba en tiempo despu√©s: vean c√≥mo estos cristianos se aman unos a otros, y c√≥mo est√°n listos para morir el uno por el otro" (Tertuliano, Apolog√≠a, 39). Sin embargo su amor no se limit√≥ de ninguna manera a sus hermanos creyentes. Nunca se vieron como exclusivos, privilegiados beneficiarios del favor divino, sino que en vez de eso se vieron como mensajeros, enviados a anunciar la buena nueva de la salvaci√≥n de Cristo hasta los confines de la tierra. Y as√≠ fue que este mensaje confiado a los Ap√≥stoles por el Se√Īor Resucitado fue difundido en el Medio Oriente, y desde sus fronteras a todo el mundo.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, hoy estamos llamados, as√≠ como lo fueron ellos, a ser un coraz√≥n y un alma, para profundizar nuestra comuni√≥n con el Se√Īor y con los dem√°s, y dar testimonio de √©l ante el mundo.

Estamos llamados a superar nuestras diferencias, a traer paz y reconciliaci√≥n donde hay conflicto, a ofrecer al mundo un mensaje de esperanza. Estamos llamados a llegar a aquellos necesitados a compartir generosamente nuestros bienes terrenales con aquellos menos afortunados que nosotros. Y estamos llamados a proclamar incesantemente la muerte y resurrecci√≥n del Se√Īor, hasta su venida. A trav√©s de √Čl, con √©l y en √©l, en la unidad que es el don del Esp√≠ritu Santo para la Iglesia, honremos y demos gloria a Dios nuestro Padre celestial en compa√Ī√≠a de todos los √°ngeles y santos que cantas sus alabanzas por siempre. Am√©n.