6 de junio de 2015 7:01 am

Ex prisioneros de guerra de Bosnia alientan a sanar las heridas y alejar el odio

Por Andrea Gagliarducci

Janko Samolikovic, Aimir Omerspahic y Zdenko Suplikovic. Foto: Andreas Düren / ACI Prensa.

El Papa Francisco visita hoy Bosnia-Herzegovina, un país duramente afectado por una guerra sostenida sobre conflictos étnicos, a inicios de la década de 1990. Las víctimas mortales suman más de 97 mil, y son casi dos millones de personas las que resultaron desplazadas.

En el marco de la visita del Santo Padre, tres ex prisioneros de guerra dieron su testimonio, e hicieron un nuevo llamado a la reconciliación. Un serbio, un croata y un bosnio se sentaron juntos en una reunión organizada el 5 de junio por Cáritas, en la escuela católica de Sarajevo.

“Yo no odio a ninguna etnia, no odio a los hombres en cuanto a su categoría. Solo sé que aquello que me han hecho a mí no puede ser atribuido a un pueblo entero”, asegura Janko Samolikovic, de Visegraad (Hungría), uno de los supervivientes de los campos de prisioneros de la guerra de la ex Yugoslavia.

Janko ha hecho un recorrido de reconciliación.  Esto es lo que el Papa Francisco ha encontrado a su llegada a Sarajevo: una ciudad herida, como la cruz puesta sobre el altar que viene de un monasterio destruido durante la guerra, cuyas heridas quieren ser sanadas.

“Cuando hablamos juntos, nos damos cuenta de que nuestro sufrimiento es común”, coinciden. Entraron en el programa Pro-Futuro: soporte psicológico, elaboración del trauma rápido, y después contar su experiencia en las escuelas y donde sea necesario, para que los horrores de la guerra no se olviden.

Janko es uno de los tres. “Tenía 23 años cuando la guerra golpeó también mi país. Primero, estábamos juntos los serbios, bosnios, croatas. No habíamos tenido nunca un conflicto. Después, llegó la guerra. Me apresaron, me encerraron en un gimnasio junto a otros. Yo soy muy emotivo, pueden ustedes imaginar cómo me sentí. Tuve sensaciones que no puedo explicar, porque un ser humano no debería tener nunca estas sensaciones”. 

Me iba a dormir cada día sin saber si me despertaría al día siguiente. Nos hacían interrogatorios brutales. Nos daban de comer cada día un poco de pan y un líquido que nunca supe qué era. Nos daban 2 o 3 litros de agua para compartir entre 7.  Y tenían que dejarnos un poco cuando alguno de nosotros se desmayaba, porque a menudo nos desmayábamos. Teníamos un cubo que hacía las funciones de un baño”.

Aimir Omerspahic, de Sarajevo, relata cómo fue capturado el 2 de agosto de 1993: “Primero por la policía yugoslava, después fui entregado a la serbia. Buscaba la forma de escapar y tenía un dedo herido. Un soldado me golpeó la cabeza y me tuve que proteger con la mano. Me golpeó en el dedo herido y me recorrió un dolor atroz”.

Y siguió así, con las heridas abiertas, hasta que un médico decidió curarlo y salvarle la vida. “Era un doctor serbio, con el que después pude encontrarme de nuevo. Yo no odio a los serbios. Un serbio me salvó la vida, aunque fueran los serbios quienes me encerraron. Pero no son serbios por eso. El problema es el comportamiento individual de cada uno”.

Lo mismo dice Zdenko Suplikovic, ahora inválido en un 40 por ciento a causa de la guerra. “Estábamos los croatas y los bosnios juntos. El 24 de junio de 1993 defendíamos nuestra posición con el ejército bosnio a los lados y el ejército serbio de frente. Supimos por la radio que Bosnia y Croacia habían roto. Nos encontramos entonces en la situación más dura e increíble que pudiéramos imaginar: Pasamos de tener un enemigo a tener dos. Estábamos rodeados y solo éramos 37 hombres. Después de un día de resistencia, decidimos rendirnos”.

Fue el inicio de un largo encarcelamiento para Zdenko. “Nos obligaron a hacer trabajos forzados. Nos daban de desayuno solo 4 galletas secas y media taza pequeña de té. Para el almuerzo solo una sopa”.

Zdenko ahora está casado y tiene dos hijos. Ha realizado un camino que le lleva ahora a contar el encarcelamiento que sufrió. Afirma: “Debemos reducir el lenguaje del odio”. Y también él es símbolo de una nación herida.

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