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Meditaciones de Mons. Gianfranco Ravasi

Prefecto de la Biblioteca-Pinacoteca Ambrosiana de Milán

Presentación

Al final de una mañana primaveral de un año entre el 30 y el 33 de nuestra era, por una calle de Jerusalén —que en los siglos sucesivos llevaría el emblemático nombre de «Vía dolorosa»— avanzaba un pequeño cortejo: un condenado a muerte, escoltado por una patrulla del ejército romano, caminaba sosteniendo el patibulum, es decir, el brazo transversal de la cruz cuyo palo vertical ya estaba plantado allá arriba, entre las piedras de un pequeño promontorio rocoso llamado en arameo Gólgota y en latín Calvario, o sea, «Cráneo».

Esta era la última etapa de una historia conocida por todos, en cuyo centro destaca la figura de Jesucristo, el hombre crucificado y humillado y el Señor resucitado y glorioso. Era una historia que había comenzado en la tenebrosa oscuridad de la noche anterior, bajo las ramas de los olivos de un campo denominado Getsemaní, es decir, «molino de aceitunas». Una historia que se había desarrollado de modo acelerado también en los palacios del poder religioso y político, y que había desembocado en una condena a muerte. Sin embargo, la tumba, ofrecida generosamente por un hombre rico llamado José de Arimatea, no sería el último capítulo de la historia de ese condenado, como había sucedido en los casos de muchos otros cuerpos martirizados en el cruel suplicio de la crucifixión, destinado por los Romanos al castigo de los revolucionarios y de los esclavos.

En efecto, habría una etapa ulterior, sorprendente e inesperada: aquel condenado, Jesús de Nazaret, revelaría de modo fulgurante otra naturaleza suya oculta bajo el perfil concreto de su rostro y de su cuerpo de hombre, la de ser el Hijo de Dios. La cruz y el sepulcro no fueron el último capítulo de aquella historia, sino que lo fue la luz de su resurrección y de su gloria. Como cantaría pocos años después el apóstol Pablo, Aquel que se había despojado de su poder, volviéndose impotente y débil como los hombres y humillándose hasta esa muerte infame por crucifixión, había sido exaltado por el Padre divino que lo había constituido Señor de la tierra y del cielo, de la historia y de la eternidad (cf. Filipenses 2, 6-11).

Durante siglos los cristianos han querido recorrer de nuevo las etapas de este Vía Crucis, un itinerario orientado hacia la colina de la crucifixión, pero con la mirada puesta en la última meta, la luz pascual. Lo han hecho como peregrinos en ese misma calle de Jerusalén, pero también en sus ciudades, en sus iglesias, en sus casas. Durante siglos escritores y artistas, grandes o desconocidos, se han esforzado por hacer revivir ante los ojos asombrados y conmovidos de los fieles aquellas etapas o «estaciones», auténticas paradas para meditar a lo largo del camino hacia el Gólgota. Así han surgido imágenes poderosas y sencillas, elevadas y populares, dramáticas e ingenuas.

También en Roma bajo la guía de su Obispo, el Papa Benedicto XVI, con toda la cristiandad esparcida por el mundo unida a su Pastor universal, en cada Viernes Santo se vuelve a realizar ese viaje del espíritu tras las huellas de Jesucristo. Este año las reflexiones —mezcla de narración y meditación— destinadas a nuestra consideración y oración durante las estaciones, siguiendo la trama del relato de la Pasión según el evangelista san Lucas, nos las propone un biblista, Mons. Gianfranco Ravasi, Prefecto de la Biblioteca-Pinacoteca Ambrosiana de Milán, una institución cultural fundada hace cuatro siglos por el Cardenal Federico Borromeo, Arzobispo de esa ciudad y primo de san Carlos, una institución que hace un siglo tuvo entre sus Prefectos a Achille Ratti, el futuro Papa Pío XI.

Así pues, avancemos juntos a lo largo de este itinerario de oración, no para hacer simplemente memoria histórica de un suceso pasado y de un difunto, sino para vivir la realidad de un acontecimiento áspero y duro, pero abierto a la esperanza, a la alegría, a la salvación. Tal vez a nuestro lado caminarán también personas que aún están en fase de búsqueda, avanzando con la inquietud de sus interrogantes. Y mientras caminamos, etapa tras etapa, a lo largo de esta senda de dolor y de luz, resonarán nuevamente las vibrantes palabras del apóstol san Pablo: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ... ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Corintios 15, 54-55.57).


Oración inicial

El Santo Padre:
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

R. Amén.

Hermanos y hermanas,
ha descendido sobre Roma la sombra de la noche
como en aquella tarde sobre las casas y sobre los huertos de Jerusalén.
También nosotros ahora nos acercaremos a los olivos de Getsemaní
y comenzaremos a seguir los pasos de Jesús de Nazaret
en las últimas horas de su vida terrena.

Será un viaje en el dolor, en la soledad, en la crueldad
en el mal y en la muerte.
Pero también será un recorrido en la fe, en la esperanza y en el amor,
porque el sepulcro de la última etapa de nuestro camino
no quedará sellado para siempre.
Pasada la tiniebla,
en el alba de Pascua despuntará la luz de la alegría,
en medio del silencio resonará la palabra de vida,
a la muerte sucederá la gloria de la resurrección.

Oremos ahora
uniendo nuestras palabras
a las de una antigua voz del Oriente cristiano.

Señor Jesús,
concédenos las lágrimas que ahora no tenemos,
para lavar nuestros pecados.
Danos el valor de suplicar tu misericordia.
En el día de tu último juicio
arranca las páginas que enumeran nuestros pecados
y haz que desparezcan.

Señor Jesús,
también a nosotros nos repites, esta tarde,
las palabras que dijiste un día a Pedro:
«Sígueme».
Obedeciendo a tu invitación
queremos seguirte, paso a paso,
por el camino de tu Pasión,
para aprender también nosotros
a pensar según Dios
y no según los hombres.
Amén.


Primera estación

Jesús en el huerto de los olivos

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 22, 39-46

Jesús salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación». Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación».

Meditación

Cuando desciende sobre Jerusalén el velo de la oscuridad, aún hoy los olivos de Getsemaní, con el susurro de sus hojas, parecen remontarnos a aquella noche de sufrimiento y de oración que vivió Jesús. Él destaca solitario, en el centro de la escena, arrodillado sobre los terrones de aquel huerto. Como cualquier persona cuando afronta la muerte, también Cristo está embargado de angustia; más aún, la palabra original que utiliza el evangelista san Lucas es «agonía», o sea, lucha. Entonces la oración de Jesús es dramática, es tensa como en un combate, y el sudor mezclado con sangre que resbala por su rostro es signo de un tormento áspero y duro.

Jesús lanza un grito hacia lo alto, hacia aquel Padre que parece misterioso y mudo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz», el cáliz del dolor y de la muerte. También uno de los grandes padres de Israel, Jacob, en una noche oscura, en las riberas de un afluente del Jordán, se había encontrado con Dios como una persona misteriosa que «estuvo luchando con él hasta rayar el alba». Orar en el tiempo de la prueba es una experiencia que conmueve el cuerpo y el alma, y también Jesús, en las tinieblas de aquella noche, «ofrece ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que puede salvarle de la muerte».

* * *

En el Cristo de Getsemaní, en lucha con la angustia, nos reconocemos a nosotros mismos cuando atravesamos la noche del dolor lacerante, de la soledad de los amigos, del silencio de Dios. Por esto, Jesús –como se ha dicho– «estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir hasta ese momento, porque él busca compañía y consuelo», como cualquier persona de la tierra que sufre. En él descubrimos también nuestro rostro, cuando está bañado en lágrimas y marcado por la desolación.

Pero la lucha de Jesús no desemboca en la tentación de la rendición desesperada, sino en la profesión de confianza en el Padre y en su misterioso designio. En esa hora amarga repite las palabras del «Padre nuestro»: «Orad para que no caigáis en tentación... No se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces aparece el ángel de la consolación, del apoyo y del consuelo, que ayuda a Jesús y nos ayuda a nosotros a seguir hasta el fin nuestro camino.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Stabat mater dolorosa,
iuxta crucem lacrimosa,
dum pendebat Filius.


Segunda estación

Jesús, traicionado por Judas, es arrestado

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 22, 47-53

Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?». Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!». Y tocando la oreja le curó. Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

Meditación

Entre los olivos de Getsemaní, en medio de la tiniebla, avanza ahora una pequeña multitud: la guía Judas, «uno de los Doce», un discípulo de Jesús. En el relato de san Lucas, Judas no pronuncia ni siquiera una palabra; es sólo una presencia gélida. Casi parece que no logra acercarse totalmente al rostro de Jesús para besarlo, porque lo detiene la única voz que resuena, la de Cristo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Son palabras tristes, pero firmes, que revelan la maraña maligna que anida en el corazón agitado y endurecido del discípulo, tal vez iluso y desengañado, y dentro de poco desesperado.

Esa traición y ese beso, a lo largo de los siglos, se han transformado en el símbolo de todas las infidelidades, de todas las apostasías, de todos los engaños. Cristo, por tanto, afronta otra prueba, la de la traición que engendra abandono y aislamiento. No es la soledad que tanto amaba, cuando se retiraba a los montes a orar; no es la soledad interior, fuente de paz y de serenidad porque con ella nos asomamos al misterio del alma y de Dios. Es, por el contrario, la experiencia dolorosa de tantas personas que también en esta hora en que nos encontramos aquí reunidos, al igual que en otros momentos del día, están solas en una habitación, ante una pared desnuda o ante un teléfono mudo, olvidados por todos por ser viejos, enfermos, extranjeros o extraños. Jesús bebe con ellos también este cáliz que contiene el veneno del abandono, de la soledad, de la hostilidad.

* * *

La escena de Getsemaní, a continuación, se vuelve a animar: al anterior cuadro solemne, íntimo y silencioso, de la oración se opone ahora, bajo los olivos, el alboroto, el tumulto e incluso la violencia. Con todo, Jesús destaca siempre en el centro como un punto firme. Es consciente de que el mal envuelve la historia humana con su sudario de prepotencia, de agresión, de brutalidad: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

Cristo no quiere que los discípulos, dispuestos a echar mano a la espada, reaccionen al mal con el mal, a la violencia con otra violencia. Está seguro de que el poder de las tinieblas –aparentemente invencible y jamás harto de triunfos– está destinado a sucumbir. En efecto, a la noche sucederá el alba, a la oscuridad la luz, a la traición el arrepentimiento, también para Judas. Por esto, a pesar de todo, es preciso seguir esperando y amando. Como Jesús mismo había enseñado en el monte de las Bienaventuranzas, para tener un mundo nuevo y diverso, es necesario «amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Cuius animam gementem,
contristatam et dolentem
pertransivit gladius.


Tercera meditación

Jesús es condenado por el Sanedrín

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 22, 66-71

En cuanto se hizo de día, se reunió el consejo de ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas; le hicieron venir a su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo». Él respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy». Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?».

Meditación

El sol del Viernes Santo se está asomando tras el monte de los Olivos, después de haber iluminado los valles del desierto de Judea. Los setenta y un miembros del Sanedrín, la máxima institución judía, están reunidos en semicírculo en torno a Jesús. Está a punto de iniciarse la audiencia que comprende el procedimiento acostumbrado de las asambleas judiciales: el control de la identidad, los cargos que se imputan al acusado, los testimonios. El juicio es de índole religiosa, de acuerdo con la competencia de ese tribunal, como lo demuestran también las dos preguntas capitales: «¿Eres tú el Cristo?... ¿Eres tú el Hijo de Dios?».

La respuesta de Jesús parte de una premisa casi desalentada: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis». Por consiguiente, sabe que se cierne sobre él la incomprensión, la sospecha, el equívoco. Percibe en torno a sí una fría cortina de desconfianza y de hostilidad, mucho más opresiva por haberla levantado contra él su misma comunidad religiosa y nacional. Ya el Salmista había experimentado esa desilusión: «Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad; juntos íbamos entre el bullicio por la casa de Dios».

* * *

Sin embargo, a pesar de la incomprensión, Jesús no duda en proclamar el misterio que hay en él y que desde ese momento está a punto de ser revelado como una epifanía. Recurriendo al lenguaje de las Sagradas Escrituras, se presenta como «el Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios». Es la gloria mesiánica, esperada por Israel, la que ahora se manifiesta en este condenado. Más aún, es el Hijo de Dios, que paradójicamente se presenta revestido ahora de los harapos de un imputado. La respuesta de Jesús –«Yo soy»–, a primera vista semejante a la confesión de un condenado, se transforma realmente en una profesión solemne de divinidad. En efecto, para la Biblia «Yo soy» es el nombre y el apelativo de Dios mismo.

La imputación, que producirá una sentencia de muerte, se convierte así en una revelación y llega a ser también nuestra profesión de fe en Cristo, Hijo de Dios. Ese imputado, humillado por la corte arrogante, por la sala suntuosa, por un juicio ya fallado, recuerda a todos el deber de dar testimonio de la verdad. Un testimonio que se debe dar incluso cuando es fuerte la tentación de esconderse, de resignarse, de dejarse llevar a la deriva por la opinión dominante. Como declaraba una joven judía destinada a ser asesinada en un campo de concentración, «a cada nuevo horror o crimen debemos oponer un nuevo fragmento de verdad y de bondad que hemos conquistado en nosotros mismos. Podemos sufrir, pero no debemos sucumbir».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedica
mater Unigeniti!


Cuarta estación

Jesús es negado por Pedro

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 22, 54-62

Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él». Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!». Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!». Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que este también estaba con él, pues además es galileo». Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.

Meditación

Volvamos de nuevo a la noche que habíamos dejado al entrar en la sala del primer proceso que sufrió Jesús. La oscuridad y el frío son desgarrados por las llamas de un brasero situado en el patio del palacio del Sanedrín. El personal de servicio y de custodia estira las manos hacia esa fuente de calor; los rostros están iluminados. Y he aquí que se escuchan tres voces en sucesión, tres manos apuntan hacia un rostro reconocido, el de Pedro.

La primera es una voz femenina. Es una criada del palacio que se queda mirando al discípulo y exclama: «Tú también estabas con Jesús». Luego se escucha una voz masculina: «Eres uno de ellos». Y más tarde otro hombre repite la misma acusación, al notar el acento septentrional de Pedro: «Estabas con él». A estas denuncias, casi en un crescendo desesperado de autodefensa, el apóstol no duda en jurar tres veces: «¡No conozco a Jesús! ¡No soy uno de sus discípulos! ¡No sé lo que decís!». La luz de aquel brasero penetra, por tanto, mucho más allá del rostro de Pedro; revela un alma mezquina, su fragilidad, el egoísmo, el miedo. Y, sin embargo, pocas horas antes había proclamado: «Aunque todos se escandalicen, yo no... Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré».

* * *

Sin embargo, el telón no cae sobre esta traición, como había acontecido con Judas. En efecto, en esa noche un sonido intenso desgarra el silencio de Jerusalén y sobre todo la conciencia de Pedro: el canto de un gallo. En ese preciso momento Jesús está saliendo de la sala del juicio donde ha sido condenado. San Lucas describe el cruce de las miradas de Cristo y Pedro, y lo hace usando un verbo griego que indica fijar intensamente la mirada en un rostro. Pero, como observa el evangelista, no es un hombre cualquiera el que ahora mira a otro; es «el Señor», cuyos ojos escrutan el corazón y los riñones, es decir, el secreto íntimo de un alma.

Y de los ojos del apóstol resbalan las lágrimas del arrepentimiento. En su historia se condensan numerosas historias de infidelidad y de conversión, de debilidad y de liberación. «He llorado y he creído»: así, con estos dos únicos verbos, hace siglos, un convertido relacionará su experiencia con la de Pedro, interpretando también el sentimiento de todos los que cada día realizamos pequeñas traiciones, protegiéndonos tras justificaciones mezquinas, dejándonos arrastrar por temores viles. Pero, como sucedió al apóstol, también nosotros tenemos abierto el camino del encuentro con la mirada de Cristo, que nos hace el mismo encargo: También tú, «una vez convertido, confirma a tus hermanos».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quæ mærebat et dolebat
Pia mater, cum videbat
Nati poenas incliti.


Quinta estación

Jesús es juzgado por Pilato

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 13-25

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré». Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ese; suéltanos a Barrabás!». Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato. Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!». Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho este? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y le soltaré». Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes. Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. Soltó, pues, al que habían pedido, el que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad.

Meditación

Jesús está ahora entre las insignias imperiales, los estandartes, las águilas y las enseñas de la autoridad romana, en el interior de otro palacio del poder, el del gobernador Poncio Pilato, un nombre marginal y olvidado en la historia del imperio de Roma. Y, sin embargo, es un nombre que resuena cada domingo en todo el mundo, precisamente a causa del proceso que se está celebrando ahora: en efecto, los cristianos, en el Credo, proclaman que Cristo «fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato». Por un lado, Pilato encarna a primera vista la brutalidad represiva, hasta el punto de que san Lucas, en una página de su Evangelio, recuerda el día en que no dudó en mezclar en el templo la sangre judía con la de los animales del sacrificio. A él se une también otro poder oscuro e impalpable: la fuerza feroz de las masas, manipuladas por las estrategias de los poderes ocultos que traman en la sombra. El resultado es la decisión de indultar a un rebelde homicida, Barrabás.

Por otro lado, sin embargo, emerge un aspecto diverso de Pilato: parece representar la tradicional equidad e imparcialidad del derecho romano. En efecto, tres veces intenta proponer la absolución de Jesús por insuficiencia de pruebas, conminando al máximo la sanción disciplinaria de la flagelación. Efectivamente, en un análisis serio del proceso, la acusación no se sostenía. Por tanto, como reafirman todos los evangelistas, Pilato manifiesta cierta apertura de espíritu, una disponibilidad que sin embargo progresivamente se decolora y se apaga.

* * *

Entonces, bajo la presión de la opinión pública, Pilato encarna una actitud que parece dominar en nuestros días: la indiferencia, el desinterés, la conveniencia personal. Para vivir tranquilos y buscando el propio beneficio, no se duda en pisotear la verdad y la justicia. La inmoralidad explícita engendra al menos una turbación o una reacción; pero esta es pura amoralidad, que paraliza la conciencia, extingue el remordimiento y embota la mente. La indiferencia es la muerte lenta de la verdadera humanidad.

El resultado es la decisión final de Pilato. Como decían los antiguos latinos, una justicia hipócrita y apática es como una telaraña en la que quedan atrapados y mueren los mosquitos pero que los pájaros desgarran con la fuerza de su vuelo. Jesús, que es uno de los pequeños de la tierra, sin poder decir una palabra, es ahogado por esta red. Y como hacemos a menudo también nosotros, Pilato mira hacia otra parte, se lava las manos y aduce como álibi –según el evangelista san Juan– la eterna pregunta típica de todo escepticismo y de todo relativismo ético: «¿Qué es la verdad?».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quis est homo qui non  fleret,
matrem Christi si videret
in tanto supplicio?


Sexta estación

Jesús es azotado y coronado de espinas

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 22, 63-65

Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?». Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.

Del Evangelio según san Juan 19, 2-3

Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, rey de los judíos». Y le daban bofetadas.

Meditación

Un día, mientras caminaba por el valle del Jordán, no lejos de Jericó, Jesús se había detenido y había dirigido a los Doce unas palabras duras e indescifrables para ellos: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán...». Ahora esas palabras dejan de ser enigmáticas: en el patio del pretorio, la sede jerosolimitana del gobernador romano, comienza el lúgubre ritual de la tortura, acompañado fuera del palacio por el bullicio de la muchedumbre que espera el espectáculo del cortejo de la ejecución capital.

En ese espacio prohibido al público se realiza un gesto que se repetirá a lo largo de los siglos con mil formas sádicas y perversas, en la oscuridad de tantas celdas. Jesús no sólo es golpeado, sino también humillado. Más aún, el evangelista san Lucas, para definir esos insultos, usa el verbo «blasfemar», revelando de modo alusivo el significado profundo de ese desahogo de los guardias que se ensañan con su víctima. Pero, además de desgarrar la carne de Cristo, ultrajan su dignidad personal con una farsa macabra.

* * *

Es el evangelista san Juan quien relata ese acto sarcástico, marcado por el ritmo de un juego popular, el del rey de burla. En efecto, ahí está una corona hecha de ramitas espinosas; la púrpura real, sustituida por un manto rojo; y el saludo imperial «Ave, César». Y, sin embargo, en esa burla se puede vislumbrar un signo glorioso: sí, Jesús es humillado como rey de escarnio; pero, en realidad, él es el verdadero soberano de la historia.

Cuando, al final, se ponga de manifiesto su realeza –como nos recuerda otro evangelista, san Mateo– él condenará a todos los torturadores y opresores, e introducirá en la gloria no sólo a las víctimas, sino también a los que hayan visitado a los que estaban en la cárcel, curado a los heridos y a los que sufren, sostenido a los hambrientos, a los sedientos y a los perseguidos. Sin embargo, el rostro que se manifestó transfigurado en el Tabor, ahora está desfigurado; el que es «el resplandor de la gloria divina» está oscurecido y humillado; como había anunciado Isaías, el Siervo mesiánico del Señor tiene la espalda surcada por los azotes, la barba arrancada de las mejillas, el rostro lleno de salivazos. En él, que es el Dios de la gloria, está presente también nuestra humanidad doliente; en él, que es el Señor de la historia, se revela la vulnerabilidad de las criaturas; en él, que es el Creador del mundo, se condensan los suspiros de dolor de todos los seres vivos.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo

Pro peccatis suae gentis
vidit Iesum in tormentis
et flagellis subditum


Séptima estación

Jesús es cargado con la Cruz

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Marcos 15, 20

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacaron fuera para crucificarle.

Meditación

En los patios del palacio imperial ha concluido la fiesta macabra; caen los harapos de aquel ridículo vestido real, y se abre de par en par el portal. Jesús camina, con sus vestidos habituales, con su túnica «sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo». Sobre sus hombros lleva el madero horizontal, destinado a acoger sus brazos cuando sea fijado sobre el palo de la crucifixión. Avanza en silencio; sus huellas sangran sobre aquella calle que aún hoy en Jerusalén lleva el nombre de «Vía dolorosa».

Ahora comienza en sentido estricto el Vía Crucis, el recorrido que también esta tarde se repite y que se dirige hacia la colina de las ejecuciones capitales, fuera de las murallas de la ciudad santa. Jesús avanza y vacila bajo ese peso y por la debilidad de su cuerpo herido. La tradición ha querido marcar simbólicamente ese itinerario con tres caídas. En ellas está la historia infinita de tantas mujeres y hombres postrados en la miseria o en el hambre: son niños endebles, ancianos extenuados, pobres debilitados, de cuyas venas ha sido chupada toda energía.

En esas caídas está también la historia de todas las personas desoladas en el alma e infelices, ignoradas por el frenesí y por la distracción de quienes pasan a su lado. En Cristo, inclinado bajo el peso de la cruz, está la humanidad enferma y débil que, como afirmaba el profeta Isaías, «postrada, habla desde la tierra; desde el polvo surge ahogada su palabra; su voz sale de la tierra como la de un fantasma, y desde el polvo su palabra suena como un murmullo».

* * *

También hoy, como entonces, en torno a Jesús que se levanta y avanza sosteniendo el madero de la cruz, se desarrolla la vida diaria de la calle, marcada por los negocios, por los escaparates rutilantes, por la búsqueda del placer. Y, sin embargo, en torno a él no sólo hay hostilidad o indiferencia. Tras sus pasos avanzan hoy también quienes han elegido seguirlo. Han escuchado la llamada que un día él hizo al pasar por los campos de Galilea: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». «Así pues, salgamos donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio». Al final de la Vía dolorosa no sólo está la colina de la muerte o el abismo del sepulcro, sino también el monte de la Ascensión gloriosa y de la luz.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quis non posset contristari
piam matrem contemplari
dolentem cum Filio?


Octava estación

Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la Cruz

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 26

Cuando llevaban a Jesús, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

Meditación

Volvía del campo, tal vez después de varias horas de trabajo. En casa lo esperaban los preparativos del día de fiesta: en efecto, al atardecer se abriría la frontera sagrada del sábado, cuando brillaran las primeras estrellas en el cielo. Simón era su nombre; era un judío oriundo de África, de Cirene, ciudad situada junto al litoral libio y en la que vivía una numerosa comunidad de la Diáspora judía. Una orden tajante de la patrulla romana que escolta a Jesús lo detiene y lo obliga a llevar durante un tramo de camino el patíbulo de aquel condenado exhausto.

Simón pasaba por allí por casualidad. No sabía que ese encuentro sería extraordinario. Como se ha escrito, «¡cuántos hombres, a lo largo de los siglos, hubieran querido estar allí, en su lugar, haber pasado por allí precisamente en ese momento! Pero ya era demasiado tarde; era él quien pasaba por allí y en el decurso de los siglos él jamás cedería su puesto a otros». Es el misterio del encuentro con Dios, que cambia repentinamente tantas vidas. Pablo, el apóstol, había sido interceptado, «aferrado y conquistado» por Cristo en el camino de Damasco. Por eso, luego tomaría de Isaías aquellas sorprendentes palabras de Dios: «Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí».

* * *

Dios está al acecho por las sendas de nuestra existencia diaria. Es él quien a veces llama a nuestra puerta, pidiendo un puesto a nuestra mesa para cenar con nosotros. Incluso un imprevisto, como el que aconteció en la vida de Simón de Cirene, puede transformarse en un don de conversión, hasta el punto de que el evangelista san Marcos citará los nombres de los hijos de ese hombre, ya cristianos, Alejandro y Rufo. De este modo, el Cireneo es el emblema del abrazo misterioso entre la gracia divina y la obra humana. En efecto, al final, el evangelista lo presenta como el discípulo que «lleva la cruz tras Jesús», siguiendo sus huellas.

Su gesto, realizado como acción forzada, se transforma idealmente en un símbolo de todos los actos de solidaridad en favor de los que sufren, de los oprimidos y de los cansados. El Cireneo representa, así, a la inmensa multitud de personas generosas, de misioneros, de samaritanos que no «dan un rodeo», sino que socorren a los desdichados, cargándolos sobre sí para sostenerlos. Sobre la cabeza y sobre los hombros de Simón, inclinados bajo el peso de la cruz, resuenan entonces las palabras de san Pablo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.


Novena estación

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 27-31

Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?».

Meditación

En aquel viernes de primavera, en el camino que llevaba al Gólgota no se agolpaban sólo los desocupados, los curiosos y la gente hostil a Jesús. En efecto, también había un grupo de mujeres, tal vez pertenecientes a una cofradía dedicada al consuelo y a la lamentación ritual por los moribundos y los condenados a muerte. Cristo, durante su vida terrena, superando convenciones y prejuicios, a menudo se había rodeado de mujeres y había conversado con ellas, escuchando sus dramas pequeños y grandes: desde la fiebre de la suegra de Pedro hasta la tragedia de la viuda de Naím, desde la prostituta que lloraba hasta el tormento interior de María Magdalena, desde el afecto de Marta y María hasta el sufrimiento de la mujer que padecía un flujo de sangre, desde la joven hija de Jairo hasta la anciana encorvada, desde la noble Juana de Cusa hasta la viuda indigente y las figuras femeninas de la muchedumbre que lo seguía.

Así pues, en torno a Jesús, hasta su última hora, se encuentran numerosas madres, hijas y hermanas. Nosotros, ahora, nos imaginamos que están también a su lado todas las mujeres humilladas y violentadas, las marginadas y sometidas a prácticas tribales indignas, las mujeres con crisis y solas ante su maternidad, las madres judías y palestinas, y las de todas las tierras en guerra, las viudas y las ancianas olvidadas por sus hijos... Es una larga lista de mujeres que testimonian ante un mundo árido y cruel el don de la ternura y de la conmoción, como hicieron por el hijo de María al final de aquella mañana de Jerusalén. Esas mujeres nos enseñan la belleza de los sentimientos: no debemos avergonzarnos de que nuestro corazón acelere sus latidos por la compasión, de que a veces resbalen las lágrimas por nuestras mejillas, de que sintamos la necesidad de una caricia y de un consuelo.

* * *

Jesús acepta los gestos de caridad de esas mujeres, como en otras ocasiones había aceptado otros gestos delicados. Pero paradójicamente ahora es él quien se interesa por los sufrimientos que afectan a esas «hijas de Jerusalén»: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos». En efecto, está a punto de estallar un incendio sobre el pueblo y sobre la ciudad santa, «un leño seco» preparado para atizar el fuego.

La mirada de Jesús se desliza hacia el futuro juicio divino sobre el mal, sobre la injusticia, sobre el odio que están alimentando ese fuego. Cristo se conmueve por el dolor que va a caer sobre esas madres cuando irrumpa en la historia la intervención justa de Dios. Pero sus estremecedoras palabras no indican un desenlace desesperado, porque su voz es la voz de los profetas, una voz que no engendra agonía y muerte, sino conversión y vida: «Buscad al Señor  y viviréis... Entonces se alegrará la doncella en el baile, los mozos y los viejos juntos, y cambiaré su duelo en regocijo, y los consolaré y alegraré de su tristeza».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Eia, mater, fons amoris,
me sentire  vim doloris
fac, ut tecum lugeam.


Décima estación

Jesús es crucificado

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 33-38

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la  izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!». Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos».

Meditación

Era sólo un promontorio rocoso denominado en arameo Gólgota, en latín Calvario, es decir, «Cráneo», tal vez por su configuración física. En aquel pico se alzan tres cruces de condenados a muerte, dos «malhechores», probablemente revolucionarios antirromanos, y Jesús. Comienzan a transcurrir las últimas horas de la vida terrena de Cristo, horas marcadas por el desgarramiento de su carne, por el descoyuntamiento de sus huesos, por la asfixia progresiva, por la desolación interior. Son las horas que atestiguan la plena fraternidad del Hijo de Dios con el hombre que sufre, agoniza y muere. Un poeta cantaba: «El ladrón de la izquierda y el ladrón de la derecha / sólo sentían los clavos en el cuenco de la mano. / Cristo, en cambio, sentía el dolor dado por la salvación / el costado atravesado, el corazón traspasado. / Era su corazón que ardía. / El corazón devorado por el amor». Sí, porque en torno a ese patíbulo parece resonar la voz de Isaías: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Él se da a sí mismo en expiación».  Los brazos abiertos de aquel cuerpo martirizado quieren abarcar todo el horizonte, abrazando a la humanidad, casi «como una gallina que recoge a su nidada bajo las alas». En efecto, esta era su misión: «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».

* * *

Bajo aquel cuerpo agonizante desfila la multitud que quiere «ver» un espectáculo macabro. Es el retrato de la superficialidad, de la curiosidad trivial, de la búsqueda de emociones fuertes. Un retrato en el que se puede identificar también a una sociedad como la nuestra, que escoge la provocación y el exceso casi como una droga para excitar a un alma ya entorpecida, a un corazón insensible, a una mente ofuscada.

Bajo aquella cruz está también la crueldad pura y dura, la de los jefes y de los soldados que no saben lo que es compasión y logran profanar incluso el sufrimiento y la muerte con el escarnio: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!». No saben que precisamente sus palabras sarcásticas y la inscripción oficial puesta sobre la cruz –«Este es el rey de los judíos»– encierran una verdad.  Ciertamente, Jesús no baja de la cruz con una acción espectacular: no quiere adhesiones serviles y fundadas en lo prodigioso, sino una fe libre y un amor auténtico. Con todo, precisamente a través de la derrota de su humillación y la impotencia de la muerte, él abre la puerta de la gloria y de la vida, revelándose como el verdadero Señor y rey de la historia y del mundo.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.


Undécima estación

Jesús promete su reino al buen ladrón

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 39-43

Uno de los malhechores colgados en la cruz le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Meditación

Transcurren los minutos de la agonía y la energía vital de Jesús crucificado se está atenuando lentamente. Sin embargo, aún tiene la fuerza para realizar un último acto de amor en favor de uno de los dos condenados a la pena capital que se encuentran a su lado en esos instantes trágicos, mientras el sol está aún en lo alto del cielo. Entre Cristo y aquel hombre tiene lugar un diálogo tenue, compuesto por dos frases esenciales.

Por un lado, está la petición del malhechor, al que la tradición llama «el buen ladrón», el convertido en la hora extrema de su vida: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». En cierto sentido, es como si aquel hombre rezara una versión personal del «Padre nuestro» y de la invocación: «Venga tu Reino». Sin embargo, hace la petición directamente a Jesús, llamándolo por su nombre, un nombre con un significado luminoso en ese instante: «El Señor salva». Luego viene el imperativo: «Acuérdate de mí». En el lenguaje de la Biblia este verbo tiene una fuerza particular, que no corresponde a nuestro pálido «recuerdo». Es una palabra de certeza y de confianza, como para decir: «Tómame a tu cargo, no me abandones, sé como el amigo que sostiene y apoya».

* * *

Por otro lado, está la respuesta de Jesús, brevísima, casi como un suspiro: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». La palabra «Paraíso», tan rara en las Escrituras, que sólo aparece otras dos veces en el Nuevo Testamento, en su significado originario evoca un jardín fértil y florido. Es una imagen fragante de aquel Reino de luz y de paz que Jesús había anunciado en su predicación, que había inaugurado con sus milagros y que dentro de poco tendrá una epifanía gloriosa en la Pascua.  Es la meta de nuestro fatigoso camino en la historia, es la plenitud de la vida, es la intimidad del abrazo con Dios. Es el último don que Cristo nos hace, precisamente a través del sacrificio de su muerte, que se abre a la gloria de la resurrección.

Nada más se dijeron en aquel día de angustia y de dolor los dos crucificados, pero esas pocas palabras pronunciadas con dificultad por sus gargantas secas resuenan aún hoy y constituyen siempre un signo de confianza y de salvación para quienes han pecado pero también han creído y esperado, aunque sea en la última frontera de la vida.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Sancta mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
cordi meo valide.


Duodécima estación

Jesús en la Cruz, la Madre y el discípulo

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Meditación

Había comenzado a desprenderse de aquel Hijo desde el día en que, a los doce años, él le había dicho que tenía otra casa y otra misión que realizar, en nombre de su Padre celestial. Sin embargo, ahora para María ha llegado el momento de la separación suprema. En esa hora está el desgarramiento de toda madre que ve alterada la lógica misma de la naturaleza, por la que son las madres quienes mueren antes que sus hijos. Pero el evangelista san Juan borra toda lágrima de aquel rostro dolorido, apaga todo grito en aquellos labios, no presenta a María postrada en tierra en medio de la desesperación.

Más aún, reina el silencio, sólo roto por una voz que baja de la cruz y del rostro torturado del Hijo agonizante. Es mucho más que un testamento familiar: es una revelación que marca un cambio radical en la vida de la Madre. Aquel desprendimiento extremo en la muerte no es estéril, sino que tiene una fecundidad inesperada, semejante a la del parto de una madre. Exactamente como había anunciado Jesús mismo pocas horas antes, en la última tarde de su existencia terrena: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo».

* * *

María vuelve a ser madre: no es casualidad que en las pocas líneas de este relato evangélico aparezca cinco veces la palabra «madre». Por consiguiente, María vuelve a ser madre y sus hijos serán todos los que son como «el discípulo amado», es decir, todos los que se acogen bajo el manto de la gracia divina salvadora y que siguen a Cristo con fe y amor.

Desde aquel instante María ya no estará sola; se convertirá en la madre de la Iglesia, un pueblo inmenso de toda lengua, pueblo y estirpe, que a lo largo de los siglos se unirá a ella en torno a la cruz de Cristo, su primogénito. Desde aquel momento también nosotros caminamos con ella por las sendas de la fe, nos encontramos con ella en la casa donde sopla el Espíritu de Pentecostés, nos sentamos a la mesa donde se parte el pan de la Eucaristía y esperamos el día en que su Hijo vuelva para llevarnos como a ella a la eternidad de su gloria.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Fac me tecum pie flere
Crucifixo condolere
donec ego vixero.


Dedimotercera estación

Jesús muere en la Cruz

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.
Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 44-47

Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Templo se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» y, dicho esto, expiró. Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo».

Meditación

Al inicio de nuestro itinerario era el velo de la noche el que envolvía a Getsemaní; ahora es la oscuridad de un eclipse la que se extiende como un sudario sobre el Gólgota. Así pues, el «poder de las tinieblas» parece dominar sobre la tierra donde Dios muere. Sí, el Hijo de Dios, por ser verdaderamente hombre y hermano nuestro, debe beber también el cáliz de la muerte, la muerte que es el carné de identidad real de todos los hijos de Adán. Así es como Cristo «se asemeja en todo a sus hermanos», se hace plenamente uno de nosotros, presente con nosotros también en la extrema agonía entre la vida y la muerte. Una agonía que tal vez se repite también en estos minutos para un hombre o una mujer aquí en Roma y en muchas otras ciudades y aldeas del mundo.

Ya no es el Dios grecorromano impasible y remoto, como un emperador relegado a los cielos dorados de su Olimpo. Ahora, en Cristo que muere se revela el Dios apasionado, enamorado de sus criaturas hasta el punto de encerrarse libremente en su frontera de dolor y de muerte. Por esto el Crucifijo es un signo humano universal de la soledad de la muerte y también de la injusticia y del mal. Pero también es un signo divino universal de esperanza para las expectativas de todo centurión, es decir, de toda persona inquieta que busca.

* * *

En efecto, incluso estando allá arriba, muriendo en aquel patíbulo, mientras su respiración de apaga, Jesús no deja de ser el Hijo de Dios. En aquel momento todos los sufrimientos y las muertes son atravesadas y poseídas por la divinidad, son impregnadas de eternidad; en ellas queda depositada una semilla de vida inmortal, brilla un rayo de luz divina.

La muerte, entonces, aun sin perder su perfil trágico, muestra un rostro inesperado, tiene los mismos ojos del Padre celestial. Por esto Jesús, en aquella hora extrema, reza con ternura: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu». A esa invocación nos unimos también nosotros a través de la voz poética y orante de una escritora: «Padre, que tus dedos también cierren mis párpados. / Tú, que eres mi Padre, vuélvete a mi también como tierna Madre, / a la cabecera de su niño que duerme. / Padre, vuélvete a mí y acógeme en tus brazos».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Vidit suum dulcem Natum
morientem desolatum,
cum emisit spiritum.


Decimocuarta estación

Jesús es colocado en el sepulcro

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Del Evangelio según san Lucas 23, 50-54

Había un hombre llamado José, miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarlo, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en el que nadie  había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y ya brillaban las luces del sábado.

Meditación

Envuelto en la sábana funeraria, el «santo sudario», el cuerpo crucificado y martirizado de Jesús se desliza lentamente de las manos compasivas y amorosas de José de Arimatea hasta el sepulcro excavado en la roca. En las horas de silencio que seguirán, Cristo será verdaderamente como todos los hombres que entran en el seno oscuro de la muerte, de la rigidez cadavérica, del fin. Y, sin embargo, en aquel crepúsculo del Viernes Santo, ya se produce un estremecimiento. El evangelista san Lucas nota que «ya brillaban las luces del sábado» en las ventanas de las casas de Jerusalén.

La vigilia de los judíos en sus habitaciones se convierte casi en el símbolo de la espera de aquellas mujeres y de aquel discípulo secreto de Jesús, José de Arimatea, y de los demás discípulos. Una espera que ahora invade con una tonalidad nueva el corazón de todos los creyentes cuando se encuentran ante un sepulcro o incluso cuando sienten que en su interior se posa la mano fría de la enfermedad o de la muerte. Es la espera de un alba diversa, el alba que dentro de pocas horas, pasado el sábado, despuntará ante nuestros ojos de discípulos de Cristo.

* * *

En aquella aurora, a lo largo del camino que lleva a las tumbas, saldrá a nuestro encuentro el ángel y nos dirá: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado». Y al volver a nuestras casas, será el Resucitado quien se situará a nuestro lado, caminando con nosotros, cruzando nuestros umbrales para ser huésped a nuestra mesa y partir con nosotros el pan. Entonces oraremos también nosotros con las palabras de fe de un pasaje de la admirable Pasión según san Mateo que convirtió en música y en canto uno de los más grandes músicos de la humanidad:

«A pesar de que mi corazón se deshace en lágrimas cuando Jesús se aleja de mí, su testamento me llena de gozo: Su Carne y su Sangre, ¡oh preciado tesoro!, llegan a mis manos... Quiero entregarte mi corazón, sumérgete en él, Salvador mío. Quiero abandonarme en tus brazos. Si el mundo es pequeño para ti, sé tú sólo para mí más que el cielo y el mundo».

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quando corpus morietur,
fac ut animæ donetur
paradisi goria. Amen.


El Santo Padre dirige su palabra a los presentes.

Al final del discurso, el Santo Padre imparte la Bendición Apostólica:


Bendición

V.  Dominus vobiscum.
R. Et cum spiritu tuo.

V. Sit nomen Domini benedictum.
R. Ex hoc nunc et usque in sæculum.

V. Adiutorium nostrum nomine Domini.
R. Qui fecit cælum et terram.

V. Benedicat vos omnipotens Deus,
 Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus.

R. Amen.

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