"Situación y perspectivas de la Familia y la Vida en América"

Encuentro


Conclusiones:

La pastoral de la familia en América


Los Presidentes o Delegados de las Conferencias Episcopales de todo el Continente de América nos hemos reunido en la ciudad de Santo Domingo del 1 al 5 de septiembre de 2002. Una vez escuchadas las ponencias de Su Eminencia el Cardenal Giovanni Battista Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos, del Señor Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, del Presidente del CELAM, Mons. Jorge Enrique Jiménez y teniendo en cuenta los informes de las Conferencias Episcopales de América y un detallado estudio sobre las legislaciones en los diversos Parlamentos, ofrecemos las presentes conclusiones para orientar y fortalecer la Pastoral Familiar de nuestros países. Estas conclusiones suponen el texto de la Declaración de Santo Domingo, que será entregada a los Jefes de Estado, Parlamentos, etc.

Al iniciar el tercer Milenio, las crisis económicas, sociales y políticas que afectan a nuestros países ocupan las primeras páginas de los medios de comunicación social y expresan angustias e incertidumbre de millones de familias. Esta dolorosa situación puede conducir al olvido de otra crisis más grave que en silencio penetra las mentes e incide en la misma esencia de matrimonio y de la familia, creando una perniciosa pseudo-cultura. Nos referimos a una crisis moral que compromete esa célula básica de la sociedad que es la familia.

Los gobiernos y los organismos financieros internacionales buscan fórmulas para superar la crisis económica. Con mayor razón la Iglesia tiene el hermoso y difícil desafío de inspirar una cultura de la vida y de la familia trabajando así por la regeneración moral de la sociedad. El camino es muy difícil, pero la Iglesia cuenta con la riqueza del Evangelio y con la fuerza del Espíritu presente como alma de la Iglesia y que actúa en el interior de cada persona y de cada nación en la variedad de las culturas de nuestros pueblos.

Una realidad que interpela a los pastores

No hay valor más querido de nuestros pueblos que la familia. La gran mayoría de los jóvenes y de los adultos, lo muestran diferentes indagaciones, quieren gozar de una familia estable y rica en valores, de un hogar colmado de confianza, de comprensión y de apoyo mutuo: de una familia bendecida por Dios.

Sin embargo es muy grande el número de niños que nacen fuera del matrimonio, las uniones que nunca se afianzan, los novios que no contraen el sacramento, muy frecuentes las tensiones en los hogares; los niños son víctimas del abandono o de maltratos, con olvido de sus derechos, de diversos modos conculcados. Cada vez se vuelven más frecuentes las rupturas conyugales. El término "pareja", que asume una significación ambigua, tiende a sustituir al "matrimonio". La donación humana, total, fiel, exclusiva y fecunda (Enc. Humanae vitae, n. 9), se sustituye por un compromiso ad tempus caprichoso, en donde el compromiso serio, permanente, se vuelve relativo, marginal y cambiante. El egoísmo reemplaza al amor y el individualismo a la solidaridad.

Las situaciones de extrema pobreza, las migraciones del campo a las grandes ciudades y la de nuestros países al extranjero, agudizan los problemas, ya que conducen a un aumento de las familias incompletas y agravan la situación de pobreza.

Antes las crisis eran intrafamiliares. Hoy comprobamos una fría concertación anti-vida y anti-familia, que pretende desmontar la institución estable del matrimonio como si fuera algo perjudicial a la realización personal y a la libertad. Así se perturba la comprensión que tiene el hombre de sí mismo, de su modo de ser, de amar y de relacionarse con los demás. Los seres humanos que carecen de una adecuada experiencia familiar sufren a menudo de una razón no lúcida, sino invadida de confusión, una voluntad debilitada y una afectividad capturada por nuevos ídolos. No es, pues, extraña una aguda confusión moral que se manifiesta en el relativismo y la ambigüedad del lenguaje.

En esta nueva coyuntura, los Parlamentos de varios países pretenden olvidar y cambiar la naturaleza del matrimonio y legislar sobre la familia, poniendo en juego la misma identidad de la institución natural familiar en el recurso a un plural "las familias", en donde cabe todo y se pierde la comprensión, la identidad y la existencia del modelo de familia querido por Dios (Gen 1, 27; 2, 24; Mt 19, 4-9). Sin medir las consecuencias se vuelven frecuentes las "Recomendaciones" del Parlamento Europeo contra la familia y la vida que pueden tener también impacto en nuestros Parlamentos. Hay interpretaciones que, en algunos organismos de naciones Unidas relativizan y dificultan la misión integral de la familia. Colaboran en esta hostilidad no pocos medios de comunicación. Aumentan las causales de divorcio, quitándole toda estabilidad y espesor al contrato conyugal. Equiparan las uniones de hecho al matrimonio pues, al menos implícitamente, lo presentan como alternativa. Y en lo que se refiere a la vida, legislan con una mentalidad positivista y pragmática, recurren a despenalizar el aborto como primera etapa que, después, buscará abrir nuevas puertas, aumentando las causales, los tiempos, etc. Numerosos gobiernos propagan ampliamente las esterilizaciones masivas no terapéuticas y, en algunos casos, también a la eutanasia.

 

En las últimas décadas se ha acuñado términos ambiguos, hoy muy abundantes, tales como "genero", "derechos sexuales", "derechos reproductivos", derecho al "niño deseado", etc que se usan para defender y legalizar lo indefinible.

El secularismo, el alejamiento y el olvido de Dios, así como el "derecho a decidir" ("pro-choice"), proclaman la exclusividad de las realidades terrenas, negando toda trascendencia y toda realidad sobrenatural en una aproximación superficial desacralizando la totalidad de la vida humana. A este respecto, afirma Juan Pablo II: "El hombre de hoy vive como si Dios no existiese y por ellos se coloca a sí mismo en el puesto de Dios, se apodera del derechs del Creador de interferir en el misterio de la vida humana y esto quiere decir que aspira a decidir mediante manipulación genética en la vida del hombre y a determinar los límites de la muerte. Rechazando las leyes divinas y los principios morales atenta abiertamente contra la familia. Intenta de muchas maneras hacer callar la vos de Dios en el corazón de los hombres; quiere hacer de Dios el gran ausente de la cultura y de la conciencia de los pueblos. El misterio de la iniquidad continúa marcando la realidad de este mundo."

(Juan Pablo II, Homilía en Cracovia, 18-8-2002).

Es justo destacar que surgen cada vez más movimientos pro-vida y pro-familia más fuertes y organizados. Se forman cada vez más matrimonios y familias comprometidas con Cristo y su Evangelio en parroquias, movimientos y en escuelas católicas. Aumenta el número de jóvenes y de familias que desean vivir los principios de la fe y la moral que inspiran y animan a vivir en su plenitud el sacramento del matrimonio y la institución familiar. Esta esperanzadora realidad está iluminada por el claro Magisterio del Papa y de los Obispos, así como por las orientaciones pastorales de las Conferencias Episcopales y la permanente actividad del Pontifico Consejo para la Familia y del CELAM. La nueva evangelización del Continente es una gracia del Señor de la Vida que anima nuestra esperanza.

Amenazas contra la vida

No asistimos tan sólo a una lucha por la existencia de la familia: enfrentamos también graves amenazas contra la vida. Precisamente en la familia, la vida es recibida con gozo como un don de Dios, es amada, respetada, protegida y despierta la generosa solidaridad de los padres y los hermanos. No es de extrañar entonces, que las fuerzas que van destruyéndola como santuario de la vida y que arrebatan su valor sagrado a la maternidad, se vuelquen también contra la vida indefensa y con el uso arbitrario de la "calidad de vida", en una interpretación reductora, la vida se vuelve "enemiga", "inservible", la vida que se extingue, y también contra toda vida que exija renunciar al egoísmo y al afán desmedido de bienestar, placer y poder.

Con razón se ha descrito el siglo XX como aquel en que se logró formular la Declaración de Derechos Humanos, paso decisivo para asegurar la paz mundial y que ha permitido defender con pasión la dignidad humana y el derecho universal y fundamental a la vida (art. 3). Sin embargo no hay otro siglo que haya desencadenado tantas guerras, ni desarrollado peores armas y fármacos de exterminio, ni recurrido de modo generalizado a la violencia, ni dado muerte a tal número de seres humanos como en la masacre del aborto, como nunca antes había ocurrido en una tal magnitud, en la historia de la humanidad.

En el siglo del secularismo se ha prescindido del valor sagrado de la vida y el hombre se ha declarado dueño absoluto de la existencia. Se ha querido eclipsar la paternidad de Dios sobre la vida humana y, con ello, las leyes y los caminos dados por El, que conducen a la vida y a la felicidad. El misterio de la iniquidad ha marcado la vida de los pueblos, revirtiendo el anhelo de la humanidad de tener una cultura favorable a la vida, en pro de una civilización donde crece la violencia y la muerte en las diversas formas de atentados, las guerras, el aborto y la eutanasia.

Compartimos las esperanzas de millones de jóvenes y adultos que anhelan una sociedad respetuosa de la familia y la vida, justa y solidaria, que tienda su mano hacia el prójimo, no para perjudicarle o aún darle muerte, sino para ayudarlo, sobre todo cuando es indefenso, débil, anciano o enfermo.

Por eso nunca podremos estar de acuerdo con ninguna forma de aborto, ni con las maneras inicuas, sutiles y perversas de globalizar su práctica, que destruye vidas y degrada los espíritus. Hay que detener la mundialización de la droga y de otras adicciones, que son otras tantas maneras de muerte lenta. Tenemos que llamar a la solidaridad a quienes crean o permiten condiciones de vida que precipitan en la desesperación y la angustia, así como promueven estilos inhumanos de vida. Denunciamos enérgicamente el tráfico de personas y de órganos, que causa víctimas inocentes. Rechazamos completamente la indigna imposición de fronteras e ideologías mediante el terrorismo y la guerra.

III. Reflexión

Los tiempos son especialmente propicios para la proclamación del Evangelio de la Vida y de la Familia, del que el mundo tiene hoy tanta necesidad. Nuestras sociedades son cada vez más complejas y conflictivas, con una creciente crisis de los valores de la familia y de la vida. En esta difícil situación, la Palabra de Dios nos ilumina y nos invita a la solidaridad, dándonos certeza y esperanza.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, pero no quiso que estuviera solo. Él le dio por compañera a la mujer en todo semejante a él. Así constituyó la familia a imagen del Dios que es amor, Uno y Trino. Llegada la plenitud de los tiempos, Jesús elevó a la dignidad de sacramento la unión del varón y la mujer con todas sus propiedades, entre las cuales la indisolubilidad (Mt 19, 8). "Lo que Dios ha unido" (Mt 19, 6) no puede ser separado por poder humano alguno, ya que la unión conyugal hace presente en la sociedad el amor fiel de Cristo a la Iglesia.

Hay en la Biblia diversos signos del lugar de la familia en el designio amoroso de Dios por los hombres. Así, tras el diluvio, viendo Dios que la maldad cundía en el mundo, la esperanza de la humanidad y el amor de Dios se concentran de nuevo en una familia, la de Noé.

En la etapa actual de la historia, el materialismo y el hedonismo, a manera de nuevo diluvio, se propagan por la tierra amenazando con arrasar los valores del espíritu y pretendiendo sofocar la esperanza de salvación que se expresa de modo singular, en los valores y la santidad de la familia.

De la misma manera que hace un siglo la Iglesia defendió con valentía los derechos de los trabajadores oprimidos, tenemos ahora el deber de proclamar con la misma energía el Evangelio de la Vida y de la Familia, defendiendo estos derechos fundamentales, según el plan de Dios: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mt 19, 17).

IV Recomendaciones

La familia y la vida humana, sobre todo cuando es más débil e indefensa, interpelan a la Iglesia a prestar su voz a los que no la tienen. En esto los Obispos debemos estar en primera línea, y con nosotros nuestros colaboradores más cercanos, sobre todo los sacerdotes y las mismas familias.

El servicio a la familia y a la vida pertenece a las tareas esenciales del Obispo. La pastoral familiar y la defensa de la vida constituyen un centro de la pastoral, como dimensión transversal que está presente en una pastoral orgánica de toda la pastoral diocesana y nacional. Esto exige una formación adecuada al servicio de la familia y de la vida en los seminarios y en las jornadas de agentes pastorales. La adecuada preparación de los agentes de la pastoral es una exigencia prioritaria. También requiere una especial dedicación e interés, atención, tiempo, personas y recursos. A todo esto los pastores y agentes de pastoral hemos de dar prioridad por el bien de nuestras comunidades eclesiales, de modo que la pastoral de la familia y la vida se haga palpable y real en las estructuras diocesanas. "El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el obispo. Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a este sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A él debe dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos, en las diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral de la familia. Procurará particularmente que la propia diócesis sea cada vez más una verdadera 'familia diocesana', modelo y fuente de esperanza para tantas familias que a ella pertenecen" (Familiaris consortio, n. 73).

Es necesario que las Conferencias Episcopales cuenten con estructuras que permitan velar y seguir estas realidades de nuestros pueblos, en el campo cultural, comunicacional, político y legislativo, contando con personas competentes que conformen un equipo asesor multidisciplinar con ascendiente en la Iglesia y en la sociedad. Además tenemos el deber de ofrecer a los constructores de la sociedad el apoyo doctrinal y humano que necesitan para su abnegado servicio al bien integral de las familias.

En esta importante tarea, el Obispo deber ser maestro y custodio de la Fe, ha de intervenir oportunamente y con autoridad frente a los errores y las concepciones contrarias a la ley de Dios o que desvían del Divino Plan sobre el matrimonio y la vida humana. Esta tarea de vigilancia le compete a él personalmente, porque dichos extravíos amenazan la verdad, ponen en riesgo la libertad y cuanto es "humano", es decir, el mismo presente y el futuro del hombre y de la mujer. De lo contrario, el rostro de la sociedad, sedienta de dignidad y humanidad, será profundamente herido y desfigurado.

Es tarea profética del Obispo buscar una convergencia entre lo que atañe a la dignidad de la persona y el bien de la familia. Así debe invitar a las familias y a la juventud a no plegarse al conformismo cultural dominante, a no dejarse vencer por una mentalidad divorcista, por una actitud egoísta y prepotente, tampoco por la indiferencia ante los más pobres, indefensos y afligidos. Con los jóvenes y las familias que viven su alianza con el Señor, hemos de ser "centinelas de la mañana", dando valientemente testimonio del amor de Dios contra corriente, anunciando en forma incansable el Evangelio de la Vida, esperanza y norma de nuestra existencia.

Es preciso alentar a nuestros organismos de educación para que ofrezcan jornadas que preparen a vivir el amor esponsal y paternal, proponiendo modelos de santidad conyugal. Hay una cadena formidable de testimonios de esposos fieles, santos. Varios son con gozo reconocidos por la Iglesia, tales como el matrimonio italiano Beltrame Quatrocchio. Será un estímulo y fuerte atractivo ver como matrimonios santos reciben el honor de los altares. Asimismo las escuelas católicas deben educar jóvenes para el verdadero sentido de la alianza matrimonial, y para la fidelidad en ella.

Es de desear que el Pontificio Consejo para la Familia pueda contar con una comisión jurídica capaz de asesorar adecuadamente en materia de políticas familiares, proyectos legislativos familiares, y en legislación sobre la vida (como en este Encuentro) de manera que se facilite el servicio de las Conferencias Episcopales a la misión de los legisladores en los respectivos países. Pedimos también al CELAM que pueda contar con un Equipo capaz de brindar servicios análogos. Es algo que deben tener también las Conferencias Episcopales, y más en este tiempo tan decisivo.

Debemos implorar intensamente al Señor para que Él construya la casa familiar en nuestros países. Para ello proponemos que las parroquias promuevan campañas de oración, particularmente el rosario en familia, de modo que la Santísima Virgen inspire nuestro amor humano y este sea conforme al plan original del Creador.

Es necesario intensificar las estrategias e iniciativas pastorales sin desalentarnos por nuestra pobreza de medios, pues más eficaz es la confianza en Dios, en la fuerza del Espíritu y en el poder de la oración. Según San Juan "lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe" (1 Jn 5,4).

En resumen, exhortamos a todos los cristianos a nivel personal, familiar, social y eclesial a coger la invitación evangélica que nos hace el Papa de "remar mar adentro" al encuentro con Jesucristo vivo, y echar las redes en la pastoral familiar para "DEJAR A DIOS SER DIOS EN NUESTRAS VIDAS".

Santo Domingo, 1 - 5 de septiembre de 2002

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